Aprovechando que existe un día para festejar algo que aún no sé qué es - Por Lucas Paulinovich

Si a usted creía que la palabra del periodista era algo confiable que le ayudaría generosamente a entender más la realidad, quizás esta nota de nuestro amigo termine de agotarles las esperanzas. Así festejamos nosotros el «Día del periodista».

Por Lucas Paulinovich

Se supone que en un día como hoy, que se celebra el día del Periodista, debería ser esto una especie de apología del oficio. Entonces debería citar al siempre bien dispuesto para las citas progres, Gabriel García Márquez, y decir que se trata del “mejor oficio del mundo”. Pero no podría rubricar esa idea, al menos tal cual está. Me vería en la necesidad de agregarle un prefijo ineludible para dotar a la frase de un sentido que la dimensione algo más acabadamente. En efecto, el resultado sería el siguiente: “El periodismo es una porquería, eso lo convierte en el mejor oficio del mundo”.
Esto me lleva a decir que los periodistas son –somos- seres verdaderamente despreciables. No gozamos de ninguna virtud extraordinaria ni ostentamos saberes acreditados que nos distingan del resto de los mortales ni tampoco hemos sido protagonistas de acontecimientos memorables que hayan modificado el curso de la historia o, por lo menos, evitado que se pase la comida.

Los periodistas somos personajes miserables: más allá de lo que sabemos –que bien difícil sería definir de qué se trata eso que decimos saber- no sabemos absolutamente nada. Un profesional del periodismo que se jacte de serlo, puede lucir sus manos en cualquier competencia con serias posibilidades de resultar vencedor, incluso sobre modelos o promotoras –éstas eventualmente deben zurcir alguna prenda que se descose inesperadamente; los periodistas ni siquiera hacemos eso-.

Podríamos sentenciar que alguien se hace periodista cuando en verdad no sabe que hacer. La profesión consiste básicamente en eso: continuar buscando algo para hacer, sin tener la necesidad de decir que uno no hace nada.

En simples palabras: un periodista es un ser empecinado en opinar sobre un montón de cosas sin saber realmente de ninguna. Para peor: es alguien desesperado por quedar bien y luego ser visto y reconocido como “el gran revelador de verdades que ha ayudado a tanta gente a vivir mejor o, o lo menos, con los ojos destapados”. ¡Puras patrañas! El periodista que anhela a quedar bien no hace periodismo. Periodismo es contar historias reales. Y las historias reales –como la vida real- tienen protagonistas mezquinos, ambiciosos y jodidamente inmundos. La nobleza no es un atributo, sino el más ruin de los defectos para leer la realidad y poder hacer una buena historia con ella. ¿A quién le importa qué tan bueno sos o cuanto aspiras a salvar al mundo? ¡Contame una buena historia!

Existe un juicio largamente difundido, un lugar común propalado a lo largo del tiempo, que asegura que el periodista es un ser holgazán que elige ese oficio justamente porque no quiere trabajar. Y nosotros, aquí, en el día del periodista, tenemos la obligación, por justicia profesional y honestidad intelectual, de estar completamente de acuerdo con esa afirmación. Ninguno de nosotros, periodistas, presenta una clara dedicación al esfuerzo. Si quisiéramos trabajar realmente, hubiéramos ido a presentarnos en alguna fábrica. Nosotros, a lo sumo, ejercitamos. El futuro de un estudiante de comunicación es convertirte en un ser inútil cuyo titulo certifica que no sabe nada mas que hablar al pedo… y a veces ni eso. Por eso es un gran oficio: permite jugar mientras uno dice que trabaja.
Pero aquí saldrán al cruce aquellos que quieran reivindicar las tareas periodísticas y hablarán de la importancia del periodismo dentro de una sociedad para fiscalizar a los gobernantes y permitir a la población mantenerse informados sobre los asuntos de su interés. Sin embargo, ¿Alguien recuerda que alguna vez el periodismo haya servido para algo parecido? ¿Informar a la población? ¿Fiscalizar al poder? ¿Acaso no vivimos enredados en una compleja trama de corporaciones que dominan los medios de comunicación y, al mismo tiempo, designan las autoridades que estarán a cargo del papelerío burocrático que implica la gestión estatal de los intereses de esas mismas corporaciones? Pero si el periodismo no es más que una acción política dentro de un contexto histórico determinado, ¿De qué control, información y otras expresiones por el estilo, hablamos?


Además, todo lo bello que guardaba en sí el periodismo, esas mismas corporaciones se han encargado de arruinarlo. Desde el momento en que el objeto del periodismo fue la noticia, el periodismo pasó a ser una asquerosa y aburrida estratagema de poder. Esos personajes que hoy festejan el día del periodismo (y otros muchos, más ingenuos, que continúan replicando esas prácticas infaustas creyendo estar contribuyendo al enriquecimiento de la profesión y realizando un servicio civil) han hecho denodados esfuerzos por desprender el periodismo de la literatura, al punto de llegar a concebirlos como dos esferas diferenciadas. ¿Desde cuando un texto periodístico es más o menos literario? ¿No es eso una muestra de la decadencia? La noticia es la tecnificación absurda de un campo indefiniblemente diverso, amplio y multivalente. Parcializar el saber es costumbre de la tecnificación represora: es una forma de regimentar el conocimiento, estableciendo qué conoce cada disciplina, cómo debe abordarse, mediante qué herramientas, siguiendo cuáles métodos, etc.
Es decir: es la forma que la esclavitud puede asumir en el campo intelectual. En definitiva, el informativista –dejemos, por favor, de decirle periodistas a esos monigotes que repiten “noticias” sin ningún tipo de comprensión y contextualización histórica, como si los datos fueran datos en sí mismos, provenientes de la naturaleza- es un esclavo intelectual. Como aquel que cree conocer porque repite perfectamente lo que dice un libro o se sabe de punta a punta las diferentes escuelas de pensamiento sobre un determinado tema. Los eruditos nos quieren avergonzar por gozar de una obra sin saber la trayectoria de su autor o por desconocer la corriente en la que se inscribe, lo que es como si un ginecólogo se burlara porque gozáramos del sexo sin identificar las partes interiores de la vagina.

El poder de ese periodismo reside en el prejuicio de que es mejor estar informado, tanto como el prestigio de los intelectuales se solventa en la idea de que la inteligencia es un atributo superior a la estupidez. Ni modo: no existe ninguna evidencia irrefutable que nos invite a valorar la inteligencia por encima de la estupidez… de hecho, es probable que los estúpidos vivan mucho más felizmente que los inteligentes.

Del mismo modo sucede con el valor de la información: nada nos indica que sea más provechoso y se pueda actuar de un modo más satisfactoria estando informado que no estándolo. Incluso, es probable que aquel que no esté informado pueda tener un acercamiento mucho más crítico y librado de preconceptos sobre un episodio que aquel que ha asimilado todas las noticias que sobre él se fueron dando.

Pero las escuelas –es decir, las academias y los medios de comunicación; en otros términos: los principales medios de producción de significados- nos insisten con que pensemos que debemos estar informados, debemos ser eruditos, debemos conocer todas y cada una de las corrientes de pensamiento, las escuelas artísticas, etc., etc., etc. Aunque nunca nos dicen bien para qué debemos saber estas cosas y luego resultemos ser unos idiotas inconexos que no pueden cuestionar absolutamente nada y el máximo rigor crítico que podamos permitirnos sea repetir lo que algún teórico dijo en alguna época y sin tener la menor idea sobre qué.

Es decir: es éste un buen día para interrogarnos: ¿Por qué carajo seguimos engañándonos nosotros mismos y engañando a las personas diciendo que el nuestro es un oficio de alta jerarquía e indispensable para el funcionamiento social? Estoy completamente seguro que nada peor sucedería en el mundo sin el periodismo.

La apuesta es a construir algo mejor. Lograr que el periodismo se vuelva a amigar con al literatura. Que su objeto vuelvan a ser las historias. Que el motivo sea claro y definible: el de ejecutar la difusión de una historia para lograr conformar una opinión “favorable a” o en “contra de” algo identificado. Que el periodismo se sustente en la curiosidad: qué pregunte e investigue por definición, y no que la investigación sea un desprendimiento del oficio, como si pudiera haber algún tipo de periodismo que no consista en la investigación.

El fundamento del periodismo es la curiosidad, la cual solo existe en tanto y en cuanto el periodista se interese –le interese- en la historia particular. Si no hay interés, no hay historia. O la hay, pero mirada desde un lugar superfluo, es decir: desde las limitaciones del interés del periodista que, como no le importa, no escarba más allá, no averigua más, no busca otro punto de vista (más original, más crítico, más irreverente, más humorístico, más colorido) desde donde construir esa historia.

Todos nosotros estamos condenados a la eterna repetición de cosas sin el menor sentido. La mayoría de nosotros no somos capaces de traspasar la capa más obvia y vomitiva de la cosas, fundamentalmente, porque somos incapaces de superar nuestra insobornable cobardía. Solo unos pocos gozan de la genialidad de poder decir las cosas que nosotros ni por asomo observamos. Y ellos logran verlo porque han logrado quitarse de encima casi todas las pútridas detenciones que nuestra jodida cultura occidental nos impone infatigablemente. No es una simple rebeldía lo que se necesita. No es un acto de voluntad. Nuestro designio inmortal es vivir parloteando cosas sin el menor interés y que en nada se salen de lo más ordinariamente corriente y vulgar. Eso es el periodismo: prendan la TV, la radio o tomen un diario o revista cualquiera… ¡Maldito y genial Hunter Thompson!

Hoy tenemos periodistas que no hacen periodismo. Tenemos comentaristas e informativistas. Y preguntadores con poca curiosidad, indiferentes, ignorantes, idiotas. O imbéciles que se asustan con un dedo elevado y salen a hacer denuncias como si estuvieran realmente perseguidos cuando no son más que una parte de una ingente madeja de poderes encontrados e intereses económicos en juego. Y, lamentablemente, esto lo digo con el mayor de los respetos: imaginen ustedes si quitáramos la consigna del respeto por el otro de estas líneas.
¿Acaso el periodismo no es actuación? ¿O los periodistas no asumen un personaje, no interpretan un papel ante las cámaras, frente a los micrófonos, en las jodidas páginas de los diarios y revistas en donde escriben? No hacemos otra cosa que tomar una pose ante otros para contar algo que se supone que debe interesarles y en caso que no les interese, intentaremos por todos nuestros medios retóricos hacerles entender que están perdiéndose de saber algo absolutamente valiosísimo sin lo cual sus días transcurrirán amargamente y nunca dejarán de ser esos zopencos que se dejan engañar tan fácil como un perro bobo con un pedazo de carne fresca.

En eso consiste, básicamente, dar noticias y hacer circular la información. Nada de eso importa demasiado, a menos que los sepamos contar y nos atrevamos a decirlo tal cual lo vemos y no de acuerdo a lo que recomiendan decir. Y para eso hace falta despojarse de prejuicios y mesuras de conciencia, que son el primer acto de censura. El no tener nada novedoso o atrevido que decir es la principal censura que nos afecta.

Es una gran ficción. El problema es otro: ¿por qué diablos la mayoría de los periodistas eligen interpretar esos personajes de “buena conciencia” y siempre tan bien hablados, que merecen los respetos del público? Bueno, la respuesta no es tan difícil: precisamente el público eso consume, porque también parten del tonto prejuicio de que la seriedad de un personaje hace más fiable su palabra. Pero los engaños siguen germinando como yuyos en los descampados. Cada uno de nosotros lo sabe, cada uno de nosotros –por más optimistas que quisiéramos ser- sabemos que en el fondo no demasiado cambia.
Entonces, considero que el periodista debe ser aquel que diga aquello que el resto de los mortales no se atreve a decir. Ese es su papel y no mirar a la cámara seriamente, sonreír cuando hay que sonreír, impostar la voz, fruncir el seño, ponerse solemne, etc., etc., etc. ¿Para qué? Si todos lo sabemos. ¿Qué molesto y patético dispositivo se activa en todos nosotros que nos hace adoptar en público esa hipócrita circunspección insospechada en nuestros arrestos privados? ¿Es necesario seguir alimentando tanta basura? Y, para colmo, cuando surgen exponentes que se atreven a la espontaneidad y la más sincera y atrevida desfachatez, ese inmenso ejército de temerosos sin sentido del humor señala con sus dedos y crucifica.

El periodismo, hoy, es un campo casi inexplorado. Bien nutrida esta la pastoral, pero no tiene nada que ver con el periodismo. O el voluntarismo que cree cambiar el mundo cuando solo se trata de una serie de denuncias en voz baja que en nada modifican la forma en que los poderosos del mundo disfrutan de sus Martinis mientras recorren el mundo en yates inmensos que se apostan en las playas del caribe. La denuncia es elogiable, pero no es necesario creerse un mártir o un héroe por hacerlo. Es una simple vocación, no mucho más. Tanto como ser un paje servil de los intereses del patrón. El periodismo, quizás, sea otra cosa. Lo practican algunos destacados en algunas partes. No mucho más. En la Argentina estamos bastante jodidos. Hay posibilidad de algo mejor: pero para eso es necesario saber desde dónde partimos, esto es: de un oficio que consiste en no ser ningún oficio.

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