Cuentos | 25 Minutos - Por Alessandro Gado

Horacio vivía solamente 25 minutos por día. El resto era un sencillo piloto automático. Dormía exactamente ocho horas, trabajaba otras diez y las seis restantes las pasaba en su casa esperando acostarse.

Pero dentro de las diez horas laborales, había unos sencillos y hermosos 25 minutos que lo hacían feliz.
Su oficina no era ni distinta, ni especial. No tenía una ventana grande con vista al lago, ni a la ciudad, ni a nada. Su oficina tenía un separador a frente de sus ojos y dos más a cada lado. Notas de quehaceres diarios decoraban el lugar, con una foto de su perro muerto desde hacía más de dos años.
Todo el día era una horrible repetición monocorde de las mismas tareas y al mismo tiempo, todos los días tenían sentido solamente durante 25 minutos.
Sucedía que Horacio tenía un refugio, un lugar sagrado. Donde era quién quería ser, donde verdaderamente estaba sólo, feliz y contento, como quién no quiere la cosa.Cumplía al pie de la letra su trabajo solamente para poder escaparse a ese paraíso terrenal que estaba a unas noventa y siete baldosas de granito de su escritorio. Sí, las había contado. Pero no solamente eso, sino que además sabía cuanto era el máximo de tiempo que podía llegar a tardar hasta su preciado lugar.

Entre las baldosas quince y veintitrés estaba el pesado de García, que siempre preguntaba la misma pelotudez… el saludo cordial que solamente se hace para simular interés por alguien que, verdaderamente, te importa tres carajos.Tomando la regla de un paso por baldosa, doce pasos más adelante estaba Mónica Tschutter, una mina divina, que nunca en la re puta vida lo había mirado. Horacio pasaba por ahí una vez al día, rogando ser visto, pero nunca pasaba absolutamente nada… “Algún día la voy a saludar”, siempre se prometía lo mismo, y ya iban cinco años del mismo laburo, en el mismo lugar, en las mismas baldosas.

Sin embargo el tipo seguía adelante con su meta siempre firme. Sabía que con viento a favor, en menos de una vuelta de la aguja minutera estaría tranquilo. Soñaba con su sitio, lo imaginaba siempre desde que entraba a la empresa… y una vez que estaba en su casa pensaba en volver allí mañana.

A tan sólo cuatro metros de Mónica estaba Juárez, Aníbal Juárez. Otro más pelotudo que Horacio… callado, inútil, y tartamudo. Horacio caminaba rápido cuando pasaba por allí porque sabía que hablar con ese sujeto llevaría más del tiempo permitido para su viaje.

Dobló hacia la derecha. Quedaban apenas unas treinta y pico de baldosas… allí estaba, la puerta a su lugar sagrado. Un sitio donde nadie había entrado con él, y era esa soledad la que le proporcionaba la seguridad necesaria para poder ser realmente Horacio y no ese personaje nefasto que se desangraba frente a una computadora.

Estaba tan cerca de encontrar la paz… pero una mano impertinente le tocó la espalda. Una mano que no entiende de respeto, que no entiende de tolerancia, que no entiende.

-Monterrey, escuchame, necesito que me prepares los informes del último mes y los lleves a mi oficina urgente… ¿puede ser?Su jefe le hablaba fijamente, clavándole los ojos en sus pupilas dilatadas ya de la transpiración y el nerviosismo.

No podía contestar, solamente miraba por encima del hombro de su superior la puerta de su descanso… tenía sus sentidos apuntados al picaporte que lo llevaba a su tranquilidad… sus 25 minutos de tranquilidad.
El jefe por su parte intentaba hacerlo reaccionar sin logro alguno. Horacio solamente miraba la manija de la puerta.La sorpresa mayor llegó cuando un atrevido irrespetuoso irrumpió la entrada a su lugar sagrado. Monterrey veía como un sujeto de saco azul ingresaba sin problemas al escape de su insoportable vida.

Dejó atrás a su jefe, y comenzó a caminar pero no llegó a detener al intruso. La puerta estaba otra vez cerrada, pero ahora desde adentro.

Golpeó, pateó y gritó, pero nadie salió a socorrerlo. La puerta no se abrió. Horacio comenzó a temblar, transpiraba lágrimas de ira y vergüenza… lentamente sentía como las partes interiores de su cuerpo se desprendían de él hasta quedar absolutamente vacío…

Horacio Monterrey se había cagado encima.

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