Manifiesto Contra | La razón apropiada (Parte I)

 

La razón se dispone a cercenarnos mediante sus complejos mecanismo reguladores, estableciendo normativas y disponiendo un orden determinado que se nos exige cumplir desde nuestras intimidades. Esa asunción interna de sus prescripciones es el principal despojo que se nos hace.

Por Furibundo Contreras

Fanatizado por una turba de placeres tarados, el hombre moderno vive anestesiándose. No se permite gozar libremente; es una llama que se avergüenza de su intenso calor; pero, por más que le echen litros de agua, la candente crepitación está en él, lo define, y eso es inevitable.
La razón pudorosa se pasó sus buenos años diagramando las formas para apresar al placer. La cultura occidental está edificada con esa sólida argamasa de renunciamiento y resignación- el conocimiento hace de las suyas para regimentar un campo que se caracteriza por la libertad, y en esa libertad encuentra su razón de ser. Desnaturaliza las pasiones incorporándolas al soporífero discurso de las ciencias. Un manto de rigurosa solemnidad se tiende sobre lo más burbujeante y vivo del ser humano, logrando contenerlo de la forma más taimadamente tremenda: encauzando los estallidos pasionales por ríos apaciguados, utilizándolos a su favor.
La racionalidad abstracta de Occidente domestica las intensidades humanas sin colocarles ninguna restricción demasiado alevosa: simplemente las incorpora a su propia esfera, las normativiza, las carga con el aburrimiento consanguíneo de las disciplinas y, en definitiva, transforma las regiones más placenteras del hombre, aquellos lugares que son fuente de creativa libertad, en una sofisticada máquina de poder y limitación. El originario renunciamiento judeo-cristiano se trafica en una ceremoniosa galantería de altivez científica, dónde las espesas salsas del saber revisten al placer de seriedades falsas, quitándole toda su voluptuosidad. La inteligencia abstracta acobarda al cuerpo y lo espanta, persiguiéndolo hasta su terminante encierro, aislado del mundo.Es la anestesia de los sentidos que, en un universo acentuado por los ritmos del mercado capitalista, ensoberbecido con los ofrecimientos de la especulación, se reemplaza amargamente por ficcionalidades que fingen despertar el deseo. Sin embargo, las prácticas más estimulantes, las delicias más conmovedoramente fruitivas del hombre, contienen un trasfondo pecaminoso, al menos de cierta peligrosidad o una estética del mal gusto, una sanción moral que se justifica, precisamente, en aquellos discursos racionales del saber.

La sexualidad y el arte culinario, como pináculos del máximo placer, son desviados y adormecidos mediante una pedante reglamentación aparentemente científica, consejos instructores, no siempre vinculantes, no siempre opresivos, pero sí, de alguna manera, decisivamente influyentes; esas delectaciones humanas se ven organizadas según ciertas necesidades de producción económica, de auto-abastecimiento del sistema. Una única necesidad de producción, en donde se ponen todos los esfuerzos del conocimiento, asume el rol de juez que legaliza las acciones y auspicia ciertas prácticas.
Los hombres de ciencia lo desdibujaron todo, aunque, para ser sinceros, son ellos meros resultados, emergentes de un desenvolvimiento sistémico, consecuencia del desarrollo de las relaciones sociales. Su aporte es, asimismo, especial. Envalentonados, creyeron ver que el hombre abstracto, des-territorializado, podía acercarse, con su blanca mente conocedora, a las cosas en su estado más puro y, así, mediante su contemplación imparcial y precisa, describir objetivamente la realidad, de modo tal que pueda formular unas cuantas leyes para una mayor eficiencia.El disfrute, en todo caso, quedaría subordinado a ese imperativo categórico de producción. Esa es la esencia misma del matrimonio, la pareja burguesa, con sus distintivos remilgos y refinamientos tradicionales, más o menos laxas, que no es otra cosa que la legalización y, por lo tanto, la aceptación callada, de la hipocresía y el adulterio que generan y convalidan el orden burgués. Esa ficción garante se recubre con la aliviadora mitología de la fidelidad y del magro romanticismo que de ella se desprende.

Todo orden concreto, riguroso, necesita de un armado teórico consolador, justificador de tales rigideces, la fantasía de la fidelidad como corolario del amor eterno y las promesas divinales de perduración intachable, compromiso contractual, etc., es la contracara perfecta a la estructuración apática de la función jurídica-legal, el complemento plástico ideal y, por lo demás, absolutamente necesario.

En esa conformación, de base racional abstracta, queda perdido el hombre, como ser concreto, material, cuerpo existente, sustituido por una entidad especulativa que permite tales manipulaciones. Solo el cuerpo es la puerta al conocimiento y es a través de los sentidos como el hombre experimenta y se refina. Es el cuerpo el ingreso del mundo y, por cierto, el más maravilloso instrumento para la expresión humana. Eso es el hombre, sin más: un cuerpo, que no se opone a la mente, a lo espiritual, sino que es uno en sí mismo; un cuerpo que siente y piensa, al mismo tiempo; un cuerpo que vive.
Esa racionalidad abstracta, vanidosa, desaprensiva y fatalmente necia, en vez de desarrollar los vericuetos de la pasión en vista de lograr un punto satisfactorio de salubridad pulsional; sin tener presente en ningún momento la vehemencia gozosa que bulle en los interiores, se empeño pertinazmente en criticarla tontamente y buscar las diferentes formas de fabricar mecanismos represivos, que funcionen con mayor o menos evidencia.
Que las cuerdas del detenimiento se caigan y se suelten las humanas pasiones para fluir, entonces, en una expansiva expresión vital, olvidando antiguos frenos y, en definitiva, socavando los cimiento más íntimamente asimilados de la estructura social, se presenta hoy como una utopía bastante lejana con la cual, pese a todo, es lindo y entretenido, por un momento breve, ponerse a soñar.

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