Cuentos | La rebelión de Ranzú Aquehé - Narrando Ha crecido en América la voluntad y es en ella donde abrevaron los espíritus de los hombres que a la hazaña de la libertad dedicaron sus días del tedio del sometimiento; ha sido Ranzú Aquehé uno de esos espíritus que en la tradición de los pueblos libres estampó su juramento y en la causa […]

Narrando

Ha crecido en América la voluntad y es en ella donde abrevaron los espíritus de los hombres que a la hazaña de la libertad dedicaron sus días del tedio del sometimiento; ha sido Ranzú Aquehé uno de esos espíritus que en la tradición de los pueblos libres estampó su juramento y en la causa de su raza engrandeció su nombre. Acaso sabemos que esto pudo ser real. 

Por Honoris de Cubillas

Vio las costas de América desde la hondura del océano cuando aún era una remota expectativa en el sueño de sus padres, que sobre esos barcos padecían los grilletes, cínicos entre los cínicos servidores del destierro y la esclavitud; 
y fue un día de sol que llegaron, en la compleja ironía que despiertan las indeliberadas acciones, a las espléndidas tierras que coronan la margen superior del lado sur del esplendente continente, 
tan vasto en su enormidad de tierras, como dotado en bellezas en cada uno de los mínimos puntos del territorio, y en ese 
donde la especulativa ambición de sus captores supo anunciar la orden de aposentarse y disponer las negras fuerzas de la servidumbre a la inspiración de la tierra y así lograr sus generosidades, las onerosas recompensas con que construirían sus imperios,

y multiplicarían fortunas,

y a los vástagos de sus siervos nuevamente harían trabajar en sus campiñas y las procuras de sus codicias supondrían mayores fortunas, 
que en nuevas formas de aprovechamiento alimento serían del ocio y la holgazanería que con unción cultivarían, mientras los esclavos las rojas líneas de la explotación sufrirían, 
y uno de esos hijos de esclavos que de otras tierras llegaron para los servicios de un colonizador tan extranjero como extranjera era su causa, 
era el bravío Ranzú Aquehé, que en la agitación de los ánimos y el odio a la condición forjó su carácter, 
y en los plantíos corrió su voz, y la enérgica proclama sorteó las desconfianzas de sus compañeros de tormentos, y aunque no sin adversidades y contrarias disposiciones, como Bankú Biohó, del que era su hijo sin que aquel sea su padre, a los esclavos soliviantó, 
y organizados y embravecidos a la Corona se rebelaron, tal como otrora se sublevó el valiente ghineano o lo mismo hiciera el atrevimiento de Gaspar Yangá, tan arrojado espíritu, 
y como aquellos una complicada redada tendió al ingenio de la infatuada Corona, que el control creyó tener mientras la intimidad de sus argucias confesadas eran por los espías cimarrones, que la información disponían a la agudeza de las estrategias de Ranzú Aquehé, 
y los esclavos doblegaron los ataques imperiales y retroceder los obligaron, devastados sus intentonas de reconquista de un pueblo que se había proclamado libre, y era tal su afirmación que fue como cuando el tesón del recordado Biohó veinte derrotas al cabo de escasos días le propinó al empellón colonial, y aquel pueblo de cimarrones, donde el hombre blanco solo tenía lugar en los atriles de las misas, fundó ante los ojos de la Cartagena tumefacta, 
oh, San Basilio de Palenque, cuna de los fervores que el cuerpo abrasan del denodado Aquehé, que avanza ahora contra las tropas invasoras de su palenque, 
y avanza bravamente tan solo asido de una lanza y un escudo y un recio grito que en cristal de blancos dientes es un mensaje de intimidante amenaza, 
y sus marcadas cejas y el tupido labio, estrado en el esfuerzo al que fue empujado por el alarido atronador, 
y su insondable ánima fundada en las voluntades que en otros tiempos aquellos otros también hubieron encontrado, llevaba mientras capitaneaba la furia de sus palenqueros, que a sus espaldas eran cientos, 
y arremetían convencidos que no ocurriría ahora lo que en 1603, y su temperamento era el mismo que el de los que de aquella devastación huyeron, y sobrevivientes como el espíritu de libertad que los contenía, 
fundaron la tierra de San Basilio, tan libre y luminosa que supo conseguir los honores del pueblo libre, y en ese año 1713 contemplaban sus ansias los hombres de Ranzú Aquehé, 
y chocaban ahora con el invasor y la batalla costaba las sangres que todas reclaman, 
y el pavor del enemigo cundió ante la fiereza de los animados negros que supieron ser sus esclavos y ahora empuñaban el arma que aterraba sus empeños, 
y como otras veces, retroceder debieron y a contemplar el crecimiento de una tierra libre debieron replegarse, 
acaso esperar durante años, acaso siglos, que la compostura de la historia volviera a convenir nuevas tiranías y que los tuviera, a ellos, otra vez a la cima.

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