La idea de la manipulación de las subjetividades es la forma que el sincretismo elige para aludir al ejercicio del poder por parte de los aparatos de producción y reproducción de sentidos y significados sociales. La reducción comete la omisión de las tramas complejas que integran las diferentes consolidaciones de poder que se van dando con el desarrollo mismo de las relaciones sociales en todas sus instancias, desde las relaciones atómicas hasta las estructuras globales. 

Por Furibundo Contreras

Los medios de producción de significados, efectivamente, producen significados. Esto quiere decir que le da un cierto valor a determinadas palabras y generan conceptos o moldes conceptuales que se utilizan subsiguientemente en el desarrollo común de las inteligencias. Esa producción y difusión, sin embargo, no genera una imposición de los sentidos, ni siquiera una transmisión amigable o una sugestión implícita, mediante esotéricas fórmulas que subrepticiamente conquistan las mentes de los consumidores de esos medios.
La formulación de significados está dada por la costumbre. Esos medios despliegan una ‘forma de pensar’, una serie de categorías y procedimientos intelectuales, a través de proposiciones que tienden a atender al plano de lo superficial, aquellos que llamaríamos la opinión. El sentido común generado a fuerza de acostumbramiento por esos medios consiste en observar qué se piensa y desde ahí motivar la diversidad. Son profundamente democráticos en ese aspecto, ya que no privan a nadie de tener ‘pensamiento crítico’ sino que, es más, momentáneamente estimulan directamente ese ‘pensamiento crítico’.
No es problema, además de ser difícilmente concebible que procuren y desarrollen otra cosa. Ellos mismos están inmersos en esa lógica supina, esa esfera de opinión en donde lo importante son los matices del pensamiento, sus rasgos visibles, en última instancia, las doctrinas formuladas y no, por el contrario, los ‘procesos de producción’ intelectual, los mecanismos racionales mediante los cuales se llegan a tales o cuales proposiciones lógicas.

Una frase, sea cual sea, es el producto de un proceso de pensamiento, un determinado desarrollo de producción intelectual en donde se aplican categorías y esquemas conceptuales, sin obviar, por supuesto, la capa fundacional de presupuestos y el alto contenido mítico que se cuela, si no directamente, parasitando esas ideas en progresiva formación, para constituir representaciones simbólicas que dan cuenta de un hecho de la realidad. Esta afirmación ‘dar cuenta de la realidad’ no tiene porqué inflarse a los términos absolutos; el pensamiento del hombre, concreto, uno y él mismo, es la figuración lógica de los hechos de la realidad, la forma en que se los re-presenta en su mente asociados a otros hechos creando estados de cosas que permiten, continuando el ejercicio de razonamiento, pensar en una praxis.

Ese es el punto de contacto entre la actividad lógica y la empírica, entre el pensamiento y la práctica que van unidos indivorciablemente. Esos medios de producción de significado lo que hacen es ‘sembrar’ herramientas, proponer determinadas afirmaciones que se utilizan como modelos para posteriormente desempeñar el pensamiento. El permanente contacto con ‘tipos de pensamiento’ hace a una modalidad, crea el hábito y la corriente de la convención tácita empuja a las formas preconcebidas. Es el hecho de que su acción sea por acostumbramiento lo que permite una rebelión, el margen de maniobra individual para ser capaz de detectar los clichés y las frases hechas o revelar un determinado procedimiento racional y así comprender su nivel de coherencia o incoherencia con ciertas representaciones simbólicas, compartidas comunitariamente, que hacen al sostenimiento de un sistema preciso.Reflejos de una Pasíón |Pintura: Emendez

La transmisión de un tipo de lenguaje, implica la constitución de un contexto significante, una serie de reglas para el uso correcto del lenguaje y, por lo tanto, para la formulación del pensamiento. Quién no repara críticamente, se ve envuelto en ese sentido común que se comparte desde los puntos hegemónicos de difusión de significados y, ejerciendo el libre pensamiento, contribuye a fortalecer los focos principales de ese contexto de significación, aporta de manera inconsciente al endurecimiento de las categorías y los conceptos fijados sin ser si quiera sopesados mínimamente, como una cuestión de decoro. El acto de habla es un impulso que no repara en sus implicancias; las enunciaciones se pretenden libres de consecuencias, como si ellas mismas no tuvieran una serie de afirmaciones o negaciones que le son lógicamente correspondientes al formularse en un contexto dado. El sujeto del lenguaje, quien enuncia, expresión lógica de una intención profunda no siempre sabida, no es capaz de saber qué está diciendo, cuando no dice algo que carece por completo de sentido.
Los medios de producción de significados, en conclusión, son productores por su carácter hegemónico; sencillamente, por el hecho de poseer más fuerza y ser capaces de que su voz se escuche más fuerte y en mayor cantidad de lugares. No se trata de un acto de dominación plenamente consciente, en donde los sujetos dominantes se abstraen de la situación y ejercen su dominación desde un espacio exterior, impermeable a los efectos de esa misma dominación. Ellos están tan imbuidos en los procedimientos lógicos como lo están sus consumidores; están presos de la opinión tanto como lo está el sentido común.
Poder y palabra

El ejercicio del poder mediante la palabra, cuando se comparte un mismo plano de jerarquía, necesita de una serie de acreditaciones, convalidaciones que permitan quebrar la simetría, interrumpir la igualdad exigida por esa homogeneidad de situación y, por lo tanto, establecer un criterio de diferencia, una ventaja a favor propio que permita la imposición del poder de un modo más sencillo, dado que ahora está previamente comprobado. La aparición espontánea del poder de la palabra en el plano de igualdad es sumamente controvertida ya que el desafío es permanente y en la insistencia de la medición de fuerzas, la tozudez impide el reconocimiento de la superioridad opuesta. Es la misma igualdad la que impide divisar la superioridad, menospreciando los rasgos distintivos, quitándole importancia a aspectos sobresalientes del otro que no se quieren ni se puede reconocer y, en efecto, dimensionando de manera amarrete la figura del otro. Esa igualdad de plano es un aliciente para el débil que le permite sentirse un par y corroborar su ficticia igualdad en una estática que le queda cómodo. Mientras no se propicie la oportunidad para fracturar esa continuidad simétrica falseada, en tanto no haya una ocasión para demostrar la superioridad real de uno, el poder mediante el uso de la palabra permanece obstaculizado, detenido ante el criterio de la igualdad inicial.

Un ejemplo concreto es la discusión entre dos alumnos. Uno puede saber más que el otro, poseer argumentos más sólidos y esgrimirlos de manera mucho más confiables, sin embargo, la propia condición de alumnos que comparten, lo que los ubica en una posición de igualdad, instituye un principio de homogeneidad entre las partes, una regulación intermedia, partiendo las fuerzas de antemano e impide el reconocimiento de la superioridad del otro por parte del más débil: siempre va a sospechar de los conocimientos de su compañero, desde el momento en que éste todavía no demostró oficialmente su valor y capacidad; no puede entregarse así porque sí, sencillamente, a la voluntad de su compañero, a la fuerza de sus razones, sino que va a impartir la máxima resistencia, del modo en que pueda, hasta que se compruebe la superioridad del otro o se revele su absoluta falsedad. Siempre que intuya que el otro es algo más poderoso, va intentar por todos los medios prolongar el periodo de paridad, procurando retrasar el momento de la evaluación, donde sabe, su compañero cristalizará su fortaleza. Solo cuando el otro manifieste esa superioridad en instancias evaluadoras, desplegando sus conocimientos y recibiendo la aprobación de una instancia autorizada, una figura reconocida por todos, el alumno vencido podrá reconocer su inferioridad, aún cuando el orgullo salga lastimado y la asunción acarre esfuerzos espantosos.
Únicamente las credenciales tuercen la firmeza de una vanidad atrevida. El atrevimiento se desmorona cuando ante los ojos no posa un igual sino alguien visiblemente superior. Es entonces cuando la vanidad se recluye y deja paso a la aceptación del dominio, que siempre es forzada y con aspiraciones de transitoriedad, esperando en algún momento poder restablecer una fuerza suficiente para pelear por el trono.
  • irmairibarne

    Nacemos a un mundo de lenguaje. Ya hemos sido hablados antes de nacer. Usamos ese lenguaje como si fuera propio pero es de Otro.Es de cada Uno la posbilidad de singularizarnos.,de "Decir" a palabra plena lo que deseamos o seguir en el bla bla bla de la palabra vacia.
    Que buen espacio. Los felicito.

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