Cuentos | Cuaderno de recuerdos de Melaño (Parte I) - Narrando Roberto Melaño, hipocondríaco pensador, supuso una secreta lógica en los acontecimientos universales y, en esa sospecha conspiranoide, creyó integrar un conjunto de historias que resumieran las inquietudes que lo alarmaban y, tal vez, aquellas otras disposiciones por las cuales nunca se digno en trabajar. Aquí algunos patetismos que Melaño creyó consignar en historias, aunque […]

Narrando

Roberto Melaño, hipocondríaco pensador, supuso una secreta lógica en los acontecimientos universales y, en esa sospecha conspiranoide, creyó integrar un conjunto de historias que resumieran las inquietudes que lo alarmaban y, tal vez, aquellas otras disposiciones por las cuales nunca se digno en trabajar. Aquí algunos patetismos que Melaño creyó consignar en historias, aunque el patetismo fue el de su misma intentona literaria. 

Por Brusco Marechal

Las finezas del arte



Los sibaritas eran un pueblo de alta cultura que les gustaba vivir la buena vida.

Los crotones y etruscos envidiaban esas formas libres de vida y sucesivamente los invitaban a la guerra: los sibaritas, a falta de coraje, utilizaban su inteligencia para vencer una y otra vez a sus rivales, mucho más corajudos que inteligentes.

Después de cada victoria, los sibaritas se daban una gran fiesta donde el único derecho que no existía era el derecho a impedir.

Cuentan que los crotones y etruscos, cansados de las victorias sibaritas pero más cansadas de los festejos deliberados, en la próxima batalla dejaron de lado las armas y, tomando unas flautas, se pusieron a tocar: los caballos sibaritas comenzaron a bailar, tirando al suelo a los jinetes que fueron implacablemente degollados.

Así, los bárbaros crotones y etruscos, utilizando las artes, supieron ganar su primera batallar.


El crimen del amor

Raimundo Williams, integrante de la Guerrilla Revolucionaria, era un hombre cabal, amante de las mujeres y un seductor nato. Los homosexuales no le parecían nada gratos, pero tenía sentido de la justicia.

En cierta ocasión, una voz corrió y el ejército completo se enteró de las tendencias homosexuales de uno de los integrantes: Julio Cristal era un valiente combatiente que estaba enamorado de su mejor amigo a quien le escribía, de tanto en tanto, alguna carta de amor.

Esas cartas fueron descubiertas y puestas a la consideración del Consejo de Disciplina que decidió, sin titubeos, la pena de muerte de ese traidor y desviado.

Raimundo Williams se negó y lo miraron raro: no podía tolerar que alguien tuviera que morir por sus gustos sexuales y se negaba con pasión a aceptar la valentía como sinónimo de hombría.

Unas horas previas a la ejecución se presentó frugalmente ante los integrantes del Consejo y dijo:

-Este hombre no debe morir. Mátenme a mí.-

Julio Cristal por homosexualidad y Raimundo Williams por desacato, fueron fusilados a la madrugada: los historiadores que se ocuparon de esa guerrilla comentaron que, con ese episodio, perdieron la guerra.

El enamoradizo

Le decían enamoradizo. Él no sabía bien porqué: miles de poetas sensinoblones habían querido definirlo y tampoco pudieron.

Lo aceptaba y no le molestaba y hasta le caía simpático. Lo cierto es que galardonaba la belleza femenina.

Lo hacía como se merece: de lejos y evitando corromper los instintos primitivos.

Sabía cómo ponerle control al incontrolable salvajismo que bulle en los adentros del amante contenido.

Era un sol que evitaba quemar con sus rayos, una luz fragrante que no quería encandilar: el las miraba y pensaba, las seguía con sus ojos y, de tanto en tanto, algunas palabras, dulces arrumacos, le regalaba.

Eso era y en eso consistía, artística tarea de agraciarse y agraciar.

De reojo, con sutil disimulo, las miraba, como si el soslayo dijera más que cientos de versos frontales. Como si la intriga el trabajo simplificara.

Y él recorría el cuerpo de las damas y las imagina suyas y las besaba y acariciaba y amaba despreocupadamente.

No importaba nada entonces: ni el mundo ni las miradas ni las historias de cada uno ni los pecados del pasado. Nada.

Él amaba y amaba en silencio, como debía.

Pero ya esa mujer marchaba, seguía su camino y entre el gentío se perdía y venía otra, y el hombre, para enamorarse, dispuesto otra vez estaba.

Enamoradizo le decían, él no sabía por qué: poco le importaba.

Morir por amor

Dicen, las lenguas pesadas, que de amor ya nadie muere. Evidentemente quienes gustan de esos rumores, desconocen la acongojante historia de Américo Flores.

Él hombre, una tarde lluviosa, fue a decirle a una mujer que la amaba. Tardó cinco lustros en convencerse: se conocieron en la adolescencia, eran dos pícaros quinceañeros que, una noche como cualquiera, tímidamente se besaron. Después ella se fue con sus amigos, pero él, quedó por siempre pegado a sus labios.

Américo llegó, aquella tarde, embebido en lluvia, con el rostro expectante. Tocó la puerta y espero que ella abriera.

-Buenas tardes- le dijo –soy Américo, ¿me recordás?-

Ella asintió sin mucho espamento y, con un simple gesto, lo invitó a continuar.

-He pasado todos estos años callando- soltó, con dudas, Américo –pero ya no lo tolero: vine a decirte que te amo y que vuelvas conmigo-

Él imaginó miles de noches aquella situación: se vio abrazado a aquella mujer y se vio fundiéndose en un beso interminable. También se vio rendido de regreso, luego de una frustrante negación.

Sin embargo, jamás imaginó la que sucedió: ella, indiferente, mantuvo la mirada unos segundos y, casi sin mueca alguna, cerró la puerta sin contestar.

Esa misma tarde lluviosa, con el rostro en un charco de lágrimas, atravesado al medio por un filoso silencio, Américo Flores murió por amor.

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