Poesía | El jardín de los jazmines grises - Una eterna sustancia, que cobra la forma de una voz, y también la de un canto o la de una inmarcesible fuerza, permanece silente e inconsulta ante el arresto del rigor y la costumbre externa. Son los descuidos de sus custodios los que entendemos como expresión pura, y en ellos encontramos lo placentero. A eso, […]

Una eterna sustancia, que cobra la forma de una voz, y también la de un canto o la de una inmarcesible fuerza, permanece silente e inconsulta ante el arresto del rigor y la costumbre externa. Son los descuidos de sus custodios los que entendemos como expresión pura, y en ellos encontramos lo placentero. A eso, quizás, se dedican las líneas de nuestro compañero. 

Hubo un canto ahogado de palomas y ya no cantan;
hubo, también, la pestilencia del silencio
y un ruido que exaspera.

Es el cielo y es la tierra, es todo lo que rodea.
Es la sucia esencia que nos declaran.

Cae y se derrama, hiriente salpica
su sabor maligno, goce pleno de fe.
Su escupitajo que no es de blanca saliva:
es la vestimenta de un tiempo perdido,
herido o malogrado, hundido o reprimido.

Y en el fondo algo espera;
y en el fondo se refugia y entre alaridos grita;
y se ve azotado por sus propios artificios.

Sufriente y apenado, resiste, aunque tiembla,
es demasiado el estupor que lo condensa;
es demasiado el frio que lo congela,
es demasiado el olvido que lo aqueja.
Pero el jardín de los jazmines grises, ahí está.
Su mirada oculta, sus ojos, brillan despacio:
ha padecido miles de infortunios,
ha lamentado miles de agravios,
pero está ahí, pese a todo,
igual espera.
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