Cuentos | Pequeña prosa del nacimiento del amor

Como de una cueva, que de lo invisible del espacio se abre, surge una forma que, en la mente que la percibe, erige la noción de hermosura; esa masa espléndida dibuja movimientos en el vacío que la envuelve: ya nada hay en su derredor, cautivo todo a su refulgencia, incapaces, los objetos y los seres, de superponerse a ese cuerpo volátil que colma lo existente. Ante ello, unos ojos miran, gozan y, discretos, sellan su secreto pacto de servidumbre. 

Texto: Agustín Peanovich | Foto: AV Fotografía


Fue generar una puerta hacia otra dimensión: coloqué un espejo frente a una imagen natural fija y detrás posé
concentrado, con fuerza agudizando los ojos, enlazado de una Pequeña prosalucidez compuesta por memoria, pasión, Logos y amor; se elevó entrambos entes «la mujer». Provenía de un compás triste, erigida con sutileza incomprensible, acompañaba la marea de izquierda a derecha. Mantenía una sonrisa inclemente como si las facciones le pesaran, aguardaba dentro de su rostro algo que iba a sustanciarse poniendo en funcionamiento el lagrimal, y sin querer, apenas una lágrima representaba la angustia que ahora gasta mis pensamientos. Siento el amor circundante, el aire entreverándose indómito por las fisuras de mi cuerpo. No sólo monopolizaba la jerarquía de la belleza, de la pelvis a los pies, o su cara, es un mismo símbolo. Me forzó a ignorar el universo, los temas con la nada, también del tiempo. Mis manos acapararon las majestuosas curvas, en ese espacio el amor se volvía en sí como un constante retorno hacia ella. Me vedó con sus profusas y confusas acciones el destino de saberme que he inquietado, al menos, la superficie de su pálida piel.
Me propuse esbozar en mi mente que ella había fantaseado alimentarnos de una conexión viciosa propagando la destrucción plural y ser uno dentro de uno transmitiendo el amor sublime, etéreo, de la vida por un cordón umbilical. Evadí el juego perverso, no recreé una gota recorriendo la acacia espinosa sino el asombro y la dulzura con que sus antecesores la concibieron. Ella no disimiló algún síntoma que evidencie la prueba del amor puro, ni percibió la metamorfosis interna que elude las leyes del tiempo. Me detendré a contemplarla hasta mi muerte, observaré la ausencia inmóvil y crearé escenas para vivir el indicio paralizado sobre el mismo síndrome de esclavizar la felicidad a la par.

Relacionadas