Cuentos | Luna de provincia de Santa Fe (Partes XIII y XIV)

Las callecitas se abren paso en la tarde silenciosa, rociada con el sonido suave de los pájaros inquietos que saltan de rama en rama, despejada en la luz del sol que acalora la piedra, que roe el suelo ya curtido con los pasos de décadas de caminatas, de paseos tenues y melodiosos, de vecindades armadas en el frecuente peregrinaje, el deambular de los pueblos que tienen en esas calles sus propias venas, que van y vienen, siguiendo el rumbo de los pájaros o, en todo caso, reformulando el recorrido en el que se traza todo un mundo, el que los caminantes una y otra vez visitan e inauguran. Esos paisajes son nuevos y nunca dejan de desarrollarse.

Por Andrés Calloni

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Capítulo 13

 

1967

 

Es la fiesta patronal en el pueblo. La noche esta cálida como el abrazo de una abuela. Barla bebe una cerveza y se olvida de asesinos ausentes y mujeres muertas que se le aparecen en sueños. El olor a choripan domina un aire casi visible. Sobre el escenario, en la plaza cuadrada, un bandoneón en los brazos de un viejo de nariz roja elabora su divagar enredado hacia el corazón de todos los borrachos. Las parejas bailan su caminar cerrado. Algunos jóvenes, con los parpados bajos, relamen con la punta del zapato lustrado los talones finos de mujeres que transpiran en el verano nocturno sus espaldas de falso terciopelo. Barla baila bien y no se queda. Divisa una rubia que tiene un cuello recto y flaco como un velador. Acaba un tango y la rubia se sienta en una silla a descansar. Tiene unos treinta años y ojos feroces. Ya en la mitad del otro que transcurre, se endereza, lista para el próximo. Mira la pista con expresión tranquila y decidida, como dando a entender que lo único que busca es bailar. Barla se acerca con discreción y se pone a tiro por si presta la ocasión. Con la espalda tensa la rubia espera. Tiene un rodete perfecto que su cabello claro llena con generosidad. Silencio de orquesta. Un pibe con una camisa amarilla impecable se le acerca. Duda ante la mirada dura de la rubia que confunde relojeando la pista, disimulada. Barla lo primerea y le acerca una mano firme en petición de baile. La rubia lo mira y se la devuelve, apretando la boca. El roce entre ambas manos le sugiere alguna soledad. Le cruza un brazo en la cintura fina mientras ella lo mira con ojos que no se cierran. La orquesta comienza nuevamente. Una voz de vino rompe la melodía: “Yo soy del barrio de Tres Esquinas, viejo baluarte del arrabal, donde florecen, como glicinas, las lindas pibas de delantal.” Entra el violín y Barla puntea su zapato en el asfalto desteñido. La rubia sonríe y el policía se pierde en sus dientes de pianito nuevo. En la plaza las sombras tiemblan dibujadas por la música. Desde el pecho de la mujer sube un olor a talco y transpiración. Barla nota el principio de una erección y le acerca la nariz al cuello, mientras ella le apoya un pómulo en la cara. Bailan dos o tres piezas más, un poco ajenos de todo, presas de las melodías que acarician la noche. Se despegan un momento y Barla va por bebidas al buffet. Una mano le aprieta el brazo y lo para en seco. Es Ramallo, un poco colorado por el vino y el calor. Lo mira fijo a los ojos. El aire se electriza una vez más y Barla putea para adentro, sabiendo lo que viene.
– Lo vi –dijo mientras le sonreía con burla y satisfacción-.

Capítulo 14

1963

 

¿Qué piensa Ana Rosa cuando mira por la ventana? La presencia de la tarde es fuerte, obnubila sin más explicación que la prepotencia del sol en el cielo. Apoya la mano sobre un mueble al que le da el sol y la leve temperatura en la palma de la mano le hace imaginarse el frío del vidrio en la ventana. Oposiciones, en eso piensa Ana Rosa mirando la tarde. Esto es lo que aquello no. El afuera y el adentro, el corazón que late o no. El día o la noche. La soledad.
Es cruel el frío de las nueve de la noche que el invierno trae, sin embargo la noche no podría ser más clara. Ahora toma mates, siempre junto a la ventana. Las cosas se simplificaron: sólo quedaron los diversos modos de la sombra, lo que la luz de una luna lejana y muerta decide alumbrar. Desde detrás de unos árboles aparece la figura de un hombre con sombrero. Camina con decisión siguiendo un sendero que ella desde la ventana no ve. No puede pensar, todo sucede rápido. Se mira al espejo y sus ojos negros buscan algo en sí misma, una respuesta sin pregunta. Tocan a la puerta mientras ella se alisa la pollera con las dos manos. Traga saliva y se queda quieta, sin saber que hacer. Tocan otra vez. Acerca la cabeza a la puerta.
-¿Quién es? –Pregunta, por no tener otra cosa que decir.-
-Yo.
-Hace más de un año que te fuiste.
-Tenía que ser así. Ahora vine a verte -Un silencio de varios segundos se apropio del aire. –Ana.
-No. Ya me olvide de vos Negro, me dejaste sola. Ahora ya está. –El silencio se acentuó.
-Abrí.
-No.
-Dale.
-Hoy no. –En la voz se produjo un ligero cambio, ahora tenía cierta alegría, como si Ana Rosa lo hubiese dicho sonriendo. Pero el Negro no la veía. – Vení mañana, temprano, a las tres.
-Abrí ahora.
-No, mañana. Ándate. -Y lo vio irse por donde llegó.
Al otro día a las tres ya estaba bañado y peinado mientras doblaba detrás de los mismos árboles. Antes de tocar la puerta del patio lo pararon voces que venían desde dentro. A través de la ventana corrida vio un abrazo y un beso. Ana Rosa sonreía mientras un hombre la sostenía. Él pensó en su corazón y vio una piedra negra y caliente, humeante. No pudo decirse si el fuego se apagaba o comenzaba.

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