La noción del socialismo, al calor de las luchas abiertas, recobra vigencia y se vuelve indispensable reponer el debate al respecto, repensarlo y volver a establecer su configuración, discurrir entre sus implicancias y, en último término, reformularlo en un sentido autóctono, basandose en las características originarias de los pueblos, hacerlo parte de la práctica autónoma y liberadora de un pueblo concretamente enclavado en un lugar específico de la historia. Quizás estas líneas puedan contribuir en algo a esa discusión. 

Por Tulio Mandarín Ledesma

¿Hay un socialismo abstracto? ¿Puede pensarse algo tan loco y extravagante después de la existencia y el aporte teórico de Marx y los que lo siguieron? Sí, lo hay y, por lo tanto, puede pensarse absolutamente. El marxismo abstracto, que es el que degenera en el socialismo abstracto, es una deformación de todo el pensamiento marxista. Es el marxismo tomado con las pinzas del hegelianismo. Es una rareza muy particular. Es una contradicción en sí misma, en verdad, pero prolifera por todas partes y deambula en muchísimas cabezas que se identifican, desde la palabra, con el marxismo. Estos hombres de izquierda y, supuestamente, marxistas, buscan algunas máximas como para sustentar sus pensamientos y respaldar sus definiciones políticas. Son bastante estrambóticos a la hora de las declaraciones. Se basan en enunciados llamativos y contundentes. No quieren dejar pasar la oportunidad, es cierto, para demostrar su nivel de autenticidad revolucionaria y su fidelidad a las consigas del Gran Maestro. Son feligreses de una religión y, en consecuencia, interpretan al marxismo, precisamente, desde las pautas básicas de cualquier religión espiritualista. El hegelianismo es una teoría que filosofa sobre la esencia cristiana; es una doctrina que la encubre, que le da una vuelta más al cristianismo. Tomar al marxismo desde el hegelianismo, es tomar al marxismo desde el cristianismo; es, por lo tanto, tomarlo desde la espiritualidad y la especulación abstracta, en definitiva, tomarlo desde un lugar muy poco marxista.
Consiste en una práctica muy simple y reduccionista que se cristaliza a la perfección en el uso, tergiversado, de una frase del Che Guevara. ‘Revolución socialista o caricatura de revolución’. Es una frase que, así, suelta de cabos, en el aire, es sumamente errónea y hasta contradictoria. De hecho, la gran revolución triunfante en la historia universal lejos está de ser proletaria o socialista. Ninguna revolución socialista salió triunfante: no hay que confundir toma del poder con revolución socialista. Propiamente dicha, no hubo ninguna; en ninguna parte se logró instalar el socialismo, en su amplio sentido, abarcando todos los aspectos de la vieja sociedad capitalista, así como se instaló el capitalismo ocupando, sí, todos los aspectos del vetusto feudalismo después de la revolución burguesa.
A la izquierda, pretensiosa de saber, no le gusta que le indiquen cosas; no aprende de otros ejemplos: si tiene signo contrario, lo rechaza y ya. Esa es una obcecación que le costó bastante caro a lo largo del tiempo. Es un simple y estulto movimiento. Una lástima, realmente, porque en el camino caen defenestrados muchos y muy ricos conceptos y se denigra una imagen de un pensamiento fenomenal y verdaderamente revolucionario. Todo el socialismo se ve reducido al estigma por culpa de algunos necios demasiado superfluos que interpretan como el diablo, rápido y sin mucha atención, desde las categorías hegemónicas, un pensamiento frondosísimo que, justamente, lo que quiere es derrumbar esas estructuras de pensamiento vigente y reemplazarlas, y para eso, necesita que se lo piense desde sus propias categorías, cuestionando las vigentes.
Siguiendo sus cerrados mecanismos, la historia les demostró una y otra y otra vez su equivocación. No lograron ver, los izquierdistas –o falsos marxistas-, lo que se le presentaba ante los ojos. Se rehusaron, extraña paradoja, a la realidad. La negaron y se enfrascaron en mundos de fantasía en donde ellos eran los magistrales héroes que llegaban para redimir la sacrosanta causa popular. No quisieron desempeñarse en un mundo manchado por el capitalismo –algo que ellos llaman no tranzar- y, a la vez, solo en la faceta objetiva, en lo exterior, se limitaron a actuar, o a teorizar desde ese afuera al que pertenecen. Quedan afuera porque ellos mismos se dejan de lado, y a los confianzudos del poder, los que sostienen el sistema capitalista, les conviene –y mucho- que ellos caigan en esa absurda cerrilidad excluyente. Ahora bien, si lograron cambios, nadie los quería y quienes los querían, los trabajadores, no lo quisieron por el avance de los cambios hacia una sociedad diferente, sino porque querían ser patrones. No se molestaron en remover, junto con las estructuras económicas de dependencia, las otras estructuras, de pensamiento, que generaban las concepciones de dependencia humana. Una sin la otra tuvo los resultados pírricos que se tuvieron: para sostener esos cambios, debieron recurrir a mecanismos casi dictatoriales porque, en caso contrario, las masas se rebelaban en contra de ellos, porque eran vistos como hombres que querían nivelar para abajo. Solo algunos comprendieron el mensaje, pero no está seguro que hayan logrado despojarse de las categorías de pensamiento propias del capitalismo reinante. ¿De quién es la culpa? De las vanguardias que eso favorecieron, que se cortaron solas y no esperaron el arrastre de las masas. La concepción vanguardista conlleva esos males: son unos pocos que avanzan creyendo que las multitudes lo siguen; avanzan con buena causa, logrando cosas importantes, pero que, cuando giran la cabeza y miran para atrás, nadie hay y, es más, los que podrían seguirlo, se pasan a otros bandos. Las vanguardias, por acción parcial y por apresuradas, terminan por quedarse solas, se alejan de las masas.
‘Revolución socialista o caricatura de revolución’ usado como ellos lo usan, en primer lugar, niega el concepto de revolución. Revolución es cambio radical: sacar algo que está para colocar algo completamente diferente, contrario. Si la revolución es socialista, hay un solo cambio que hacer. Un cambio único, lo que nos habla de la existencia de una sola opción correcta, una verdad absoluta en posesión de algunos. La verdad es la que estos socialistas sostienen. No hay otras chances. Su método es un método científico, absolutamente infalible, absolutamente confiable. Si no es eso, el cambio no es cambio, es mentira, una caricatura. Por otro lado, con esa frase en el vacío, lo que hacen es tomar al socialismo como un sujeto absoluto; recaen en la abstracción. El socialismo, idea pura, es la única verdad, lo único que existe y, por lo tanto, todo lo demás es pura apariencia, caricatura. La revolución consiste en hacer encarnar al socialismo, a esa idea pura y absoluta, en la materialidad aparente. Sacar de ella todo lo que es pura apariencia errónea y encajar el socialismo. Esa aclamada revolución sería sacarle todo lo que tenga de impura la materialidad, de apariencia, para que quede, al fin, el ser perfecto, el socialismo. En fin, bajo esta frase, el socialismo, es un espíritu, y la revolución socialista, una especulación abstracta. ¿Por qué? Porque si el único cambio es hacia el socialismo, el socialismo es el cambio en sí, la sustancia. El movimiento consiste en abstraer el socialismo de la realidad, absolutizarlo, y de él desprender, después, toda la realidad.
‘Revolución socialista o caricatura de revolución’ tiene muy buena e indulgente voluntad, pero es socialismo abstracto, que no surge de la materialidad. Es un socialismo espiritualista. Aunque se proponga actuar en la materialidad, ya que esa materialidad, es una materialidad abstracta, apariencia, resultado de una abstracción, extraída de ella; no es real, porque solo la idea de socialismo es real, es lo real. Por eso hay que limpiar esa materialidad sucia de todos los obstáculos que no dejan expresar al ser perfecto, a la idea pura, en definitiva, al socialismo.
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