Cuentos | Idiosincrasia - «¿Hay crisis en el solsticio?», se preguntó Paráclito en la Magra Tragedia que escribió Mutu. Concluyó, el personaje, que no puede entrometerse la linealidad en aquello que no se parece a ninguna de las semblanzas que los hombres pergeñan: es, sin embargo, perfectamente natural y contemporáneo, está vivo junto a ellos, pero no lo pueden abordar. Algunos lo articularon con metafísicas, otros, en cambio, se dejaron aturdir por el asombro. Tanto unos como los otros afirmaron oler algo.

«¿Hay crisis en el solsticio?», se preguntó Paráclito en la Magra Tragedia que escribió Mutu. Concluyó, el personaje, que no puede entrometerse la linealidad en aquello que no se parece a ninguna de las semblanzas que los hombres pergeñan: es, sin embargo, perfectamente natural y contemporáneo, está vivo junto a ellos, pero no lo pueden abordar. Algunos lo articularon con metafísicas, otros, en cambio, se dejaron aturdir por el asombro. Tanto unos como los otros afirmaron oler algo.  

Por Berbabé De Vinsenci

Los períodos de crisis son el regreso irremediable al pasado: una patología –diría yo– de la parálisis.
La primera oración (‘los períodos de crisis…’) es descomunalmente indefinida y abstracta, ya que puede atribuírsela a una crisis histórica –como la Gran Depresión de 1929– o a la crisis sentimental de un hombre o una mujer; por ejemplo, la filofobia.
La segunda oración (‘descomunalmente indefinida…’) renuncia a su condición de abstracción para volverse exclusivamente platónica; es decir: quien escribe, mediante el juego de ideas, procura eludir su propia crisis.
II 
Cuando era una regordeta infanta, y ni los vellos se me habían manifestado en el pubis, mi madre, por el año 1957, acostumbraba a comerse la carne cruda; minuciosamente con los dedos –si se trataba sobre todo de carne picada– forjaba una bolita y desesperada, como si alguien le fuese a quitar la presa, se la engullía: una tras otra mecánicamente hasta atragantarse. Al reprenderla ponía los ojos bermejos y penetrantes como un demonio, vociferando que comer carne cruda –al igual que tantos otros– era un hábito heredado de su progenitor.
En nuestros días a la carne, como al oro, sólo tiene acceso una minoría: el mediano productor que engorda vacunos, imagínese, se ha olvidado qué sabor tiene un costillar.
III 
Los períodos de crisis son el regreso irremediable al pasado…
¿Cómo advertir el síntoma de la crisis? El médico a quien primero me dirigí me formuló que aquel tipo de síntoma no era asunto suyo y que no obstante debía acudir –si verdaderamente quería informarme de la crisis– a un economista. El economista, por otro lado, lacónico me indicó ‘inflación’ y ‘devaluación’ y que posiblemente como tercer síntoma podía incluirse al economista de turno.
–En caso de tener síntomas corporales: taquicardia, dolores de cabeza, etcétera –arguyó– pese a las impericias y al lucro de los economistas, debe volver al médico.
Efectivamente, pensé, aquellos que recíprocamente se recomiendan son los únicos que pueden deleitarse con carne.
¡Cada encuentro costaba un almuerzo!
IV
La inflación, queridos lectores, no es un término estrictamente económico sino rigurosamente del sentido común; por poner un caso: si el puchero escasea, la panza, mes a mes, se infla por la desnutrición.
 
Hace pocos días, exactamente tres, mi madre falleció: según la autopsia la carne cruda le generó en su organismo parásitos –conocidos como anisaki– que, poco a poco, la fueron consumiendo; incluso en vida hacia décadas, pese a sus trastornos mentales, que estaba muerta.
Recuerdo: nos sentábamos expuestas a los rayos ultravioletas y –molestas por los moscardones– comíamos nuestra ración de carne cruda; mientras advertíamos, encandiladas por la insuficiente fuerza del sol, apagarse la tarde y a los vecinos, en sus quehaceres domésticos, dándonos risotadas.
–No le hagas caso, a tu abuelo le hacían lo mismo– comentaba ella.
VI 
Del día que mi madre murió –hace ya unos veinte años– he vivido, un poco menos, enfrentándome a la patológica congoja. Actualmente paso los atardeceres sola, en el mismo sitio que solíamos acurrucarnos, a veces con un banquito otras tiesa en el suelo. La inflación incrementó. La devaluación el doble. El puchero –de un mes a otro– alcanzó la misma cotización que el oro y a la mayoría, en el pueblo, se les ha dado por comer, día y noche, arroz. Todo me es indiferente. Antes de morir mi madre me encomendó –puesto que sería una traición a la estirpe– que no dejara de comer carne cruda. Fui fiel a su pedido.
De chica, sumida en el histerismo, había aprendido a comerme las uñas; de más grande, en la pubertad, las cutículas. Actualmente, con cuarenta años –sin haber aún padecido la menopausia– con un bisturí me he acostumbrado a cortarme las nalgas: que es la fracción más carnuda y grasienta del cuerpo; y de allí, periódicamente, almuerzo mi carne cruda: cumpliendo de este modo con el pedido de mi madre. Luego sollozando, ya que no he logrando superar el duelo, me dirijo a atrás al patio y sin escrúpulos defeco sobre la tierra –arriba de su tumba– para que sepa que siempre la recuerdo.

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