Hay quien pensó la libertad como el supremo ejercicio de la conciencia; otro la ideó según las potencias de los cuerpos, o un cierto grado de estupor en las vísceras o una tensión espontánea e incitante de los músculos; también la creyeron registro de un designio precedente, de una mano maestra comprensiva. Un tercero, finalmente, pudo considerarla sólo como la soberanía de las expresiones que albergan las vidas, o en la suerte, por qué no, de un texto.

Por Joaquín Ficcardi

El cuerpo báquico, al estar recorrido por fuerzas primarias e instintivas, por los excesos y la pasión, transita la vida como si fuera un extenso paseo dinámico y desfigurado, en el que procura liberarse de las morales heredadas y obligadas a obedecer, y desea reconquistar la soberanía de la expansión corporal. La obediencia ha sido lo que mejor se ha ejercitado en todos los tiempos, hacedora de conciencias formales y risueñas que declinan todo tipo de irrupción ante los mandatos supremos. Cuando el cuerpo se manifiesta insurrecto del camino por circular, cae sobre él una inmensa red disciplinaria con fines punitivos que dificultan las nuevas formas de vida insinuadas, por no cumplir con los requisitos de la ideología dominante.
Ser disímil en un mundo de homólogos duele, magulla, debido a que el resto experimenta vivencias apolíneas y hace notar al anormal descarriado. Este cuerpo, ávido de rebeldía, trata de abstraerse del colectivo social todo lo posible sin perder un completo contacto con el resto, los cuales constituyen al propio cuerpo.
Por ello, se descentraliza de la masa para ubicarse en la periferia, al límite del conjunto, buscando un vacío para territorializar. Se expresa al borde de la máquina neurótica, que normativiza todo a su paso, y propone nuevas dimensiones que le permitan desplazarse hacia horizontes inéditos. Fuera del límite se encuentra el vacío y, en él, la creación de un nuevo territorio. No recuerdo si fue Deleuze quien dijo: «somos máquinas de guerra en busca de una nueva territorialidad».
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Los cuerpos, al estar inmersos en una gigantesca prisión, son carne de cañón para las voces vigentes, que imponen modelos, fijan cánones y distribuyen roles [1]. Existe una industria de conciencias que elabora cuerpos espejados, donde lo aprehendido se refleja de forma pasiva y heterónoma. Cada cuerpo funciona de una determinada manera; la meta es producir sujetos culpables, neuróticos y obsecuentes. Por ello, para querer situarse en la vereda de enfrente es menester dirigir y mantener un buen porcentaje de energía en el rechazo. Esta praxis laboriosa, muro de lo impetuoso, tiene que estar más intacta que nunca, de lo contrario, la capacidad singular de hablar será silenciada. Y no seremos otra cosa más que cuerpos momificados y aglutinados que fluyen hacia valores anodinos con la vehemente creencia de que los impulsos pertenecen a sí mismos. La capacidad de hablar es algo muy importante de lo que no nos podemos privar, mediante la palabra se construye y se le da un sentido a la realidad. Es por ello que existe un combate por el lenguaje con propósitos sojuzgantes, es decir, lograr silenciar las diferentes voces corporales para facilitar su dirigencia y conducir a las masas sedientas de información hacia una realidad homogénea. Existe una importancia estratégica de construir una civilización de habladores pero sin palabras, de atribuirle un dueño al signo y así jerarquizar al lenguaje porque ser hablado por una lengua intrusa equivale al suicidio del pensamiento. «Resistir es crear»[2], nos dice Deleuze, no dejarse embestir por los discursos imperantes que ficcionan al cuerpo. Es necesario reconquistar el acto singular de significación para escapar de la unidimensionalidad discursiva que cierta clase hegemónica pretende construir. La resistencia es, entonces, autodestrucción ontológica que vacía y aliviana al cuerpo de culpa y castigo. Es la propuesta de una revolución permanente en la que los individuos, cada vez que escojan hacia dónde potenciar sus voluntades, lo hagan con fogosidad y no cual «camello en el desierto»[3].

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¿Cómo definir a un cuerpo? O, mejor aún, ¿por qué definirlo? ¿Qué sucede con aquellos cuerpos desencajados? Varios de ellos aspiran a fugarse de la doctrina taxonómica, que clasifica y ordena los elementos del conjunto, y en consecuencia pasan a considerarse intrusos. Al denominado intruso hay que aislarlo, excluirlo, porque lo que presenta es una existencia potencial y pujante, vivencias que no se subyugan, por completo, a las políticas de organización, sino que se experimentan en tanto modos. Le dan primacía a los pensamientos, dialogan con sí mismos, escuchan lo que tienen para decirse. Desean sosegar el bullicio cotidiano para que las voces del pensamiento se revelen. Por ello, ciertos cuerpos idealizan y construyen una extensa maquinaria persecutoria para todos aquellos que anhelan expresarse al borde de las figuras y que ponen en evidencia las certezas de las formas. Obviamente, la huida se vuelve ardua y compleja, pues el cuerpo anárquico también es un cuerpo temeroso del cambio, de lo nuevo, de la incertidumbre. Pero el ímpetu de ausentarse de lo seguro y lo conocido, que tanto daño hace, lo impulsa a buscar y a recobrar lo que le pertenece y le había sido arrebatado: la singularidad autónoma de poder negar lo establecido.

 

[1] Véase: FOUCAULT, M. (1975, *1976) «Disciplina: Los cuerpos dóciles» en Vigilar y castigar. México: Siglo Veintiuno.

 

[2] BOUTANGE, P. A. (1988) El abecedario de Gilles Deleuze. [Documental en línea] Disponible en Youtube Consultado el 15/03/15.

 

[3] Véase: NIETZCHE, F. (1883, *1991) «Primera parte: Los discursos de Zaratustra. De las tres transformaciones», en Así hablo Zaratustra. Introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascual. Buenos Aires: Alianza editorial.      

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