Navegando por el manso arroyo que junta (y divide) las orillas de los prejuicios con la de las expectativas, la ciudad de las calles de agua se reinventa en un presente continuo inabarcable que teje sus lazos entre el arte, la historia y la crítica social contemporánea. Ésta última muerde los ideales del capitalismo en un grito de protesta, el mercado encuadra ese grito y lo exhibe, celebra las ganancias y espera que la crítica vuelva a gritar. 


Por Regina Cellino – Especial para El Corán y el Termotanque

Cuando El Capital se convirtió en arte

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Venecia es, de manera simultánea, el escenario de dos formas de hacer turismo. Por un lado, aquel que se despliega entre las pequeñas callecitas de cemento y agua con sus góndolas, palacios e iglesias; por otro, el itinerario propio del arte. Desde el 6 de mayo al 22 de noviembre de 2015, se desarrolla nuevamente en la ciudad la 56.ª Bienal de Venecia. Exposición Internacional de Arte, cuyo curador es Okwul Enwezor.
Este año, la muestra que se extiende desde los Pabellones Centrales que se ubican en el Arsenale a los fastuosos jardines, reúne diversas formas y prácticas artísticas bajo la denominación All the World’s Futures y «adoptaráel estado de las cosas como terreno para su proyecto intenso, inquieto, exploratorio que se situará en un campo dialéctico de referencias y de disciplinas artísticas.

»La principal pregunta puesta de manifiesto en la muestra será la siguiente: ¿de qué modo los artistas, los pensadores, los escritores, los compositores, los coreógrafos, los cantantes y los músicos pueden, mediante las imágenes, los objetos, las palabras, los movimientos, las acciones, los textos y los sonidos, atraer más público que mire, escuche, responda, participe y hable con el fin de descubrir el sentido de las crisis de nuestro tiempo? […] La 56.ª Exposición Internacional de Arte ahondará en la realidad global contemporánea pensada como una situación en constante reajuste, adaptación, movilidad y desplazamiento de la forma» (Enwezor, 2015:18.Traducido).

1. Llegada

Llegué a Venecia muy temprano, apenas comenzaba a despuntar el sol tras la nubes que emergían entre la espuma de la laguna. La primera impresión fue la de una soledad inmensa, que me cubría entera. El gris de un día que recién amanecía me conmovió y me arrastró hacia el reino de la melancolía. Me subí a un vaporetto sin saber si era el conveniente. Mi hotel estaba en el Lido, escenario sublime de La muerte en Venecia, más allá de la parte central de la ciudad. Antes de arribar, tuve que hacer trasbordo en la Piazza San Marco, que a esa hora se hallaba felizmente desierta, descansando de tanto pisoteo turista. En los dos días que estuve fue la única que vez que la vi de ese modo, plácida y serena.

Como llegué demasiado temprano (a las siete de la mañana), en el hotel me permitieron dejar las valijas pero debía regresar pasado el mediodía. ¿Qué hacer? Estaba cansada y molesta porque me sentía sucia y tensionada luego de haber pasado ocho horas de viaje en colectivo que, por cierto, son tan incómodos que en un momento del trayecto desee con toda mi alma estar en el tan odiado Monticas (nunca antes había pensado que tal cosa pudiera suceder). En fin, decidí recorrer un poco la ciudad y más tarde, limpia y descansada, hacer la primera visita a la Bienal.

Bajo ningún punto de vista esta crónica tiene el fin de ser una reseña o una especie de crítica de arte. No estoy capacitada para hacerlo ni me interesa. Sólo son apuntes o fragmentos de aquello que queda tras una experiencia estética. Experiencia que se constituye más veces desde la ignorancia que del conocimiento. El después de la Bienal son estas pocas líneas que quiero compartir.

Durante mi viaje (escribo desde el retorno), he visto hasta el hartazgo museos, monumentos, cuadros y obras de artistas principalmente europeos y fui feliz al poder acercarme a todo aquello con lo que había soñado, pero cuando pisé la Bienal quedé fascinada con algunas de las propuestas de los artistas latinoamericanos, tal vez porque fui testigo de que cierta problemática social latinoamericana estaba del otro lado mundo a la par de los grandes nombres. Sólo me referiré a aquellos de los que pude volver a escribir treinta días después y aún permanecen intactos en mi memoria: Oscar Murillo y el pabellón dedicado a Brasil, en el que se encuentran las obras de Antonio Manuel, Berna Reale y André Komatsu.

Murillo nació en 1988 en Colombia, en el seno de una familia de obreros, pero desde los siete vive en Londres. Podemos encontrar la práctica artística de Murillo en los dos lugares destinados a la muestra (en el Arsenale y en los jardines) y contiene una dimensión perfomativa. De las obras presentadas en la Bienal, se desprende el análisis reflexivo sobre los diferentes tipos de trabajo en diversos contextos culturales. En la entrada del pabellón central de los jardines cuelgan largas telas negras, sucias y con polvo acumulado, que pertenecen al taller del artista y quieren significar el largo proceso creativo de Murillo, quien concibe su método como un proceso de «trabajar por trabajar», concepto que sintetiza la transmutación del trabajo manual en un producto artístico. Asimismo, estas telas contrarrestan la majestuosidad de la fachada neoclásica sobre la que fue colocada.

En el otro ámbito de la Bienal ­—Arsenale—, está exhibido el proyecto Frecuencias (2013), que el artista colombiano dirige junto a la socióloga Clara Dublanc. Dicha exposición está conformada por lienzos pintados por niños de diversas partes del mundo, a quienes previamente les fueron entregados en blanco para que dibujen libremente sobre ellos las actividades cotidianas que realizan. En la muestra, los lienzos intervenidos por los chicos son presentados arriba de bancos de escuela con el fin de recrear el ambiente escolar, y al mismo tiempo, el artista presenta el proceso creativo y crítico de los estudiantes.

Quedé perpleja (con cierto gozo en el rostro) mirando las zapatillas sucias y rotas que colgaban delante del pabellón de arte destinado a los artistas brasileros. Más tarde leí que se trataba de la obra de Komatsu, El estado de las cosas 2 (Tres poderes). El asombro que me causaron esas zapatillas vino a contrarrestar la indiferencia con la que observo diariamente las mismas —y las otras—en las esquinas de mi ciudad (indicio metonímico que se repite en tantas del país, y tal vez, de Latinoamérica).

El título de la exposición de Brasil, So much that it doesn´t fit here (la traducción sería «Hay tanto que no encaja aquí»), fue extraído de un cartel de protesta, lucido en las calles de las principales ciudades de ese país durante las huelgas de junio de 2013. Los responsables del diseño del pabellón, el curador Luiz Camillo Osorio y el curador asistente Cauê Alves, presentan los trabajos de tres artistas: Antonio Manuel, Berna Reale y André Komatsu. El primero pertenece a la generación de brasileños que comenzaron su carrera artística durante la resistencia a la dictadura de los años sesenta y setenta. La obra de Manuel, Occupations/Discoveries, apunta a confrontar con el espacio arquitectónico y se apropia de las imágenes que aparecen en los medios de comunicación sobre diferentes problemáticas sociales para reasignarle un significado por fuera del contexto. «El gesto de Antonio Manuel de abrir un agujero en la pared es un gesto de declaración política, que parece decir que no hay paredes que puedan detener la libertad de producción creativa. En cierto modo, se trata de una metáfora para el artista en la sociedad contemporánea, donde existen muchas restricciones, tanto internas como externas, especialmente en un país como Brasil, donde las desigualdades, divisiones sociales y conflictos políticos siguen sucediendo», dijo Osorio, el curador de este pabellón.

Berna Reale y André Komatsu son dos artistas jóvenes cuyas carreras comenzaron apenas entrado el siglo XXI. Con ambos asistimos a la misma audacia en el uso del cuerpo y la arquitectura. Reale expone a través de la proyecciónAmericano, su cuerpo solitario recorriendo las prisiones con una antorcha en la mano y, a la vez, naturaliza la sensación de la vida aprisionada de nuestras ciudades. «Todos los trabajos presentados en el Pabellón lidian con metáforas poéticas, fuertes y simbólicas, sobre estas divisiones, estos conflictos en Brasil, y también con la libertad de los artistas y cómo estos pueden representar un horizonte diferente, una actitud diferente para transformar la sociedad y el futuro», puntualiza Osorio.

Ahora bien, muchas preguntas chocan incesantemente en mi cabeza –y todavía no encuentro respuestas claras, solamente las dejo escritas para que alguien si quiere las tome y las de vueltas, las tache, las revierta, las use–: ¿Qué pasa cuando el arte se apropia de lo social? ¿El contexto desde donde fueron extraídas (¿profanadas?) esas zapatillas queda repuesto para el espectador (ajeno a la realidad latinoamericana) que las mira o sólo asiste a la contemplación de un par de ruines zapatillas colgadas? ¿Debemos celebrar el arte social que se exhibe aureático en la Bienal? Esas zapatillas colgadas me conmovieron en el sentido de que provocaron en mí la reflexión sobre el arte en general. Por supuesto que no es una novedad que los artistas no puedan abstraerse de su contexto inmediato de creación, siempre está, aún sin nombrarlo, pero no logro discernir si este elemento indicial, esa señal de existencia del presente de la realidad política, social y económica latinoamericana, es puro indicio de algo que está pero no conocemos o es un signo que manifiesta contigüidad con lo representado en su totalidad, es decir, con el estado de las cosas: la pobreza, el narcotráfico, las favelas, las falta de políticas sociales claras, es decir, el mundo real.

3. Karl Marx, el artista

Sí, señor, señora, señorita, leyó bien, no es un seudónimo, es la misma persona que usted ya conoce. Karl Marx, el sociólogo autor del Manifiesto comunista, forma parte de la rúbrica de artistas de la Bienal. Asombrada quedé, como seguramente usted al leer estas líneas, cuando ojeando el catálogo de la muestra, saltó a mi vista este nombre y la descripción de la obra que se exponía: El Capital. A continuación transcribo sólo algunos fragmentos del cuadernillo de la Bienal: «Karl Marx, el crítico más incisivo del capitalismo, transformó de manera irrevocable la percepción del género humano sobre los mecanismos de explotación inventados por sí mismo» (2015:118).

¿Cómo se introduce El capital como obra de arte? Debo decir que atraviesa toda la Bienal, pero se hace presente específicamente en la lectura en inglés que de él hacen dos actores, una chica y un chico, todos los días durante siete meses. Al mismo tiempo que leen sobre un escenario, dos monitores proyectan en uno el texto en inglés y en otro, en alemán.

Es decir, el libro que Marx escribió para denunciar la explotación atroz del capitalismo y proponer la revolución de la clase proletaria devino performance en Venecia. Si bien, como justifica Enwezor, el capital es un proceso que se extiende desde los negocios de la bolsa a las favelas, y, agregaría yo, en las mismas zapatillas colgadas e incluso en la misma Bienal, es algo para pensar el porqué de la inclusión de El Capital como obra de arte con carácter performativo.

De hecho, creo que este libro es profanado en lo que concierne a su performatividad revolucionaria y transformado en un objeto de culto lejano y alejado de los mortales. Ni siquiera lo podemos asir, porque estamos condenados a escucharlo todos los días como si fuera una melodía que no nos toca, el perfecto telón de fondo de la muestra.

Los hilos capitalistas se han mostrado sin metáfora con su presencia más cruel: convirtieron a Marx en artista. Así, sin más, un domingo por la noche tomé un autobús que me llevaría luego de trece horas a Praga, en donde las ruinas del comunismo se ocultan entre los castillos de oro. No bastó un muro para matar a Marx, sino una muestra de arte.

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