Crónicas | Cuentos Borgeanos en Pugliese - El cuerpo desacostumbrado se embota en el ocio y con él los sentidos. En el titubeo del debo quedarme o debo irme (la mano imprecisa en el picaporte acusa el desasosiego de salir solo), caminar preparándose a que no pase nada extraordinario, que finalmente suceda, y que el contraste con lo que fuimos, apenas dos horas antes, nos patee la cabeza y dispare la creatividad para escribir lo que sigue.

El cuerpo desacostumbrado se embota en el ocio y con él los sentidos. En el titubeo del debo quedarme o debo irme (la mano imprecisa en el picaporte acusa el desasosiego de salir solo), caminar preparándose a que no pase nada extraordinario, que finalmente suceda, y que el contraste con lo que fuimos, apenas dos horas antes, nos patee la cabeza y dispare la creatividad para escribir lo que sigue.

Por Nahuel Rey | Especial para El Corán y el Termotanque11109328_792880100819491_6659547417904390578_n

Cuentos Borgeanos estaba anunciado a las 21.30. Afectado por un sábado de abulia y abandono y esperando que cumplan con el protocolo del rock, llegué a eso de las 23 en muy mal estado, solo y con sueño. En la puerta no había nadie y al final de la escalera la chica de las entradas me miró con indiferencia y me dejó pasar.

Ya conocía el lugar. Sabía que iba a encontrar refugio en el enorme subsuelo, que la oscuridad me apañaría y me haría sentir uno más. Pero los reflectores estaban fuertes y las imágenes de San Pugliese –tan pop, tan Andy Warhol– parecían sobresalir, marcando que no había más de cien personas entre las cuales era imposible disipar la soledad.

Me pedí un vaso grande de fernet y me senté para acompasarme con un público de silla y mesita. Dos mujeres embarazadas, una adolescente histérica acompañada por su madre, una parejita que reivindicaba estéticamente al punk melódico y veinteañeras con cara de no querer coger con nadie. El resto era la conocida masa de gente indistinta con la que compartís el 141 a la salida del laburo o que te cruzás en La Gallega un sábado a la mañana.

¿Qué sé de Cuentos Borgeanos? En 2005 yo portaba un mp3 de esos horrendos, con forma de tampón gigante. Y entre la serie de discos cuidadosamente seleccionados estaba Misantropía (2004), el primer cd de ellos. Y no podría argumentar por qué. Era disonante al resto de la música que portaba el tampón. Tenía temas felices, letras vagas, riffs juguetones. No servía para sufrir, para alimentar al adolescente oscuro y atormentado que veía en Cobain a un Cristo Grunge Resucitado. Años después, mi primera novia, una colorada de tetas grandes y espíritu melanco, me sumó en un nuevo reproductor temas de Felicidades (2007), el segundo cd de Cuentos Borgeanos. El formato era aún más pop, casi bailable, y las letras parecían agotarse en «amor, corazón, dolor, sueños y tu voz». Y, sin embargo, pasaron los años (y dejé a mi primera novia y a la que vino después, fui dejado por la tercera, con la cuarta lo declaramos empate y la quinta duerme tranquila, mientras escribo sabiendo que la amo y que hay café) y tengo, en la tarjeta de memoria de los auriculares, la misma selección de temas que circuló durante diez años en diferentes aparatos. Y recién ahora empiezo a darme cuenta por qué.

¿Qué se de Abril Sosa, frontman de Cuentos Borgeanos? En el baño de mi primer departamento en Rosario descubrí lo mucho que se puede leer cagando. Nací y crecí rodeado de mujeres que hacían del baño un santuario. Les urgía estar en el baño. Era de ellas y reclamarlo era saber que iniciaba algo en lo cual siempre salía perdiendo. Pero en mi primer departamento tenía tiempo, estaba solo y me dedicaba a leer detalladamente las Rolling Stones, La García, las Madhouse, las Soy Rock. Conocía a Abril de ahí, de leer cagando. Estudiaba sus respuestas en una entrevista a Catupecu Machu y me generaban cierta fascinación sus rasgos andróginos, su mirada de nena triste y, sobre todo, sus dientes separados. Lo vi de camisa y corbatín en los videos de «Mírame» y «Océano» (Misantropía, 2004) y rodeado de globos en Felicidades (2007). Me caía bien. Y no sabía por qué.

En una charla post-sexual, una simpatizante de TUPAC me comentó que lo escuchó en vivo cuando fue a Bariloche. «Es un boludo, un creído, pateó un vaso y lo rompió; soberbio, pedante, un forro el chabón». Eso, más la película de Piroyansky Abril en New York, me desenamoraron.  Me llevaron a pensar en Abril Sosa como un personaje ready-made, un careta de Palermo con olor a plástico que se sustenta en un discurso porteño de eses sostenidas y aires de auto-superación.

11046823_757882754319226_1773344914612454443_nY, con todo eso en la cabeza, se apagaron las luces de Pugliese, el escenario se prendió de un rojo intenso y apareció Abril, el de verdad. Todo de negro. Zapatitos, chupines, poncho, lentes y pelo hacia atrás. Solo con la guitarra. Y empezó a cantar algo suave, como si lo estuviera contando, tranquilo, con un rasgueo parsimónico. Andrógino, con la provocación de una mirada que mezcla tristeza y seducción, y con inflexiones de una voz que se quiebra, que se lamenta, pero que al mismo tiempo es limpia y profunda. La música invadió el lugar. Pasamos de estar solos a estar a solas, con Abril.

El formato banda se armó con «Animales» (Postales, 2014) que sonó fuerte, con la potencia de la pérdida y el desamor. Por momentos el tema tenía ecos de Cerati, pero la manía adolescente que sacudía a Abril, la voz que constantemente escapaba al fonema ideal que caracteriza a Soda Stereo, y el despliegue desprolijo y atormentado que poseía a la banda, tendían a escapar a las repetitivas huellas del rock nacional. La dupla frontman-guitarrista me recordó a Almost Famous. Si Sosa te conectaba desde la excitación y el dramatismo histriónico, German Parise –en la viola– portaba cierto misterio, cierta oscuridad, como de haber matado a alguien en un callejón y haber salido impune pero atormentado.

Con «Marzo» (Misantropía, 2004) Cuentos invitó a volver a lo más down del beat punk y mostró que pese a las idas y vueltas de una banda que es constantemente incipiente, hay una decisión de fondo que se reafirma, que atraviesa años de producción sonora. Abril se extasía, habla del amor y la pasión de compartir canciones. «La Duda» y el cu-cu-cu de «Arquetipo», el fueron pasos sin dar, fueron besos sin mí de «Esto es amor» y la melodía acelerada al estilo Panic at the Disco de «La Espera» expresaron lo que fueron a hacer a Pugliese: abrir Postales desde la impronta que da el saturday night live y ofrecer fórmulas indefinidas para gozar estúpidamente de la cotidianidad que perdimos.11008052_757375174369984_1056637980623344921_n

Después de hacer sonar un «Felicidades» riffeado, radial, de difusión masiva y un «Té Verde» (Felicidades, 2007) que enamora hasta a una virgen frígida recién salida del Sagrado Corazón, Abril me miró fijo y exclamó: «¿Vos te vas a quedar sentado?». «Tengo que escribir», le dije, sintiéndome un boludo. «Vos vas a terminar acá adelante», interpeló. Sabía que me tenía, que me había conectado con lo que estaba pasando, que en una hora sentado en Pugliese, con dos fernet y una docena de canciones me había transformado. Es como si hubiese olfateado las versiones prejuiciosas que arrastraba previas al encuentro y se hubiese tomado el trabajo de reconquistarme, mostrándome que algo de lo que hace tiene que ver conmigo. Me paré adelante; sonrió. Y mientras sonaba «Romanticotico», fue mi mejor amigo.

«Océano» y «Mírame» (Misantropía, 2014) cerraron la noche, con Abril bajando del escenario, armando una ronda, cantando sobre dos sillas, buscando las marcas en el público, poniéndome el micrófono en la boca y recordándome que yo cantaba «Mírame» con mi hermana, que de alguna manera ese tema ficcionaba nuestras lagunas familiares.

Diez años escuchando un rejunte artesanal de Cuentos Borgeanos. Y ahora entiendo por qué. Musicalmente suenan fuerte, potentes, de una eterna juventud, pero combinada con ciertos pasajes melódicos que recuerdan a lo peor de la adolescencia, a la angustia de padres divorciados y trabajos mal pagos. Y las letras están viciadas de fómulas vagas para el amor, de salidas extrañas para atravesar duelos y ser parte del dolor. Son la respuesta inmediata ante lo que no tiene solución. Son de sábado a la noche, para salir contento, borracho y con ganas de hacer el amor.


Todas las imágenes pertenecen a la cuenta oficial de Facebook de la banda

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