Crónicas | Lisandro Aristimuño y los Azules Turquesa - Los segundos que anteceden a la explosión, vestidos de quietud, vuelcan en el aire la sospecha de un futuro incandescente que promete nuevos estallidos. En ese vértigo, surcados por el calor de la luz que regala su voz, nos quedamos congelados en un movimiento que intenta acompañar la obra sin empañar el paisaje con la torpeza de nuestros pasos.

Los segundos que anteceden a la explosión, vestidos de quietud, vuelcan en el aire la sospecha de un futuro incandescente que promete nuevos estallidos. En ese vértigo, surcados por el calor de la luz que regala su voz, nos quedamos congelados en un movimiento que intenta acompañar la obra sin empañar el paisaje con la torpeza de nuestros pasos. 


Texto Ernesto David Sánchez – Foto: Marianela Cinalli | Especial para El Corán y el Termotanque

Crónica de un Calavera1

La noche del Calavera empieza el día anterior. Traicionado por el etílico, se marea y entrecierra los ojos por una fracción de segundo que durará horas. Come algo, respira con dificultad y sin darse cuenta, el sol se le esconde por segunda vez en el día.

El Calavera se arrastra hasta el punto de reunión; hoy es la noche que él y sus amigos esperan desde principio de año. Hoy toca Aristimuño.

Tumbado en un rincón, casi no participa del ritual. Escucha las canciones con los ojos cerrados y declina con gruñidos amables la invitación a seguir escabiando. Nadie le ofrece llevarlo a su casa, porque todos saben que la presencia en el recital no es un gusto; es un deber. Por sobre todo, el Calavera cuenta con la invitación de un amigo periodista, que consiguió dos entradas para cubrir el evento desde el sector VIP del Club Brown.

Mas sobre la hora, el grupo arriba al lugar. Como de costumbre, entre las personas que esperan en la cola se pueden enumerar más de veinte tipos con un luqueado muy parecido al de Lisandro. Mientras el grupo se suma a la fila del sector popular, el Calavera y su amigo se ubican en la cola de «gente importante» y esperan pacientemente los treinta minutos que les toma llegar hasta la puerta. La mujer de la recepción toma sus nombres mientras el olor a champagne colorea el pórtico. «Perdón, pero prensa sólo tiene una entrada».

No hay discusión que valga. En un acto de generosidad, el Calavera abraza a su amigo y sale a la calle antes de que la situación se vuelva más tensa. En la luna una hornalla al mínimo sabe entrar y volar, mientras el Calavera se aleja torpemente, esquivando la luz de los postes.

Crónica de un mal amigo

–¿Cómo que no son dos entradas?

–No, prensa es una sola. Disculpame.–, dice la flaca de la puerta. Trágico malentendido.

Así arrancan las grandes noches. Miro a mi amigo a la cara y lo veo que se guarda la amargura al lado de la grandeza y el orgullo. Me da un abrazo y se va, antes de que la discusión ponga en riesgo mi entrada al recital. Me cago en todo, loco. Es como si el universo tuviese una balanza gigante que no para nunca de equipararte las de cal con las de arena.

Con la boca amarga de culpa salgo al patio del VIP. Esquivo asqueado las copas de champagne y me pierdo entre las personas de la popular. Voy a tratar de estar lo más cerca posible del escenario. A mi alrededor hay personas de todas las edades. Creo que el público de Aristimuño cuenta con las chicas más lindas de la ciudad. O es eso, o es que ya me caen bien solamente por estar acá.

2En medio de la oscuridad, Los Azules Turquesa arrancan a masticarnos el cerebro. El sabor amargo se va apagando de a poco; no puede existir el dolor con esta música. ¡La que te estás perdiendo, hermano! Cada día suenan mejor.

Las luces corren el velo negro y Lisandro Aristimuño empieza a cantar. ¿Lo ves? Es ese flacucho híper tranquilo que pasa desapercibido hasta que abre la boca y toca la guitarra, y a vos se te empiezan a revolucionar las vísceras. Por si no lo escuchaste, te tiro rápido una punta: todo Rosario debería estar acá. ¿Cómo te explico sin que suene exagerado? Melodía, armonía, voces, letras,  instrumentos, sintetizadores; luces sobre el escenario y sobre el público. Cada elemento está pulido obsesivamente. Cada canción crea un nuevo clima sonoro y visual. Todo se va hilando en forma orgánica, hasta formar un universo paralelo, del que terminamos participando todos: el Aristimundo, como lo bautizó Fabi Cantilo (que dicho sea de paso, el comentario siempre me pareció una boludez, pero tenía toda la razón). Es un mundo anfibio, recreado escénicamente con tanto buen gusto que da miedo.

Me pierdo en un plano inconsciente, acunado por la música. No tengo muchos más recuerdos. Sólo sé que soy feliz.

Crónica de una cuerda de crin de caballo para arco de violín

Aire soplo niebla red. Fricción turquesa
infinito
celo mesura endiablada santidad y machimbre. Secreto. Sed.
Cromatismo exhalación; renacer en lobofobia. Trama telaraña
cábala calina
incesto insolación; sofocar
lago alud sístole y diástole río idilio quiebre sacrificio.
Perecer.

Crónica de un beso

La partícula de Higgs reinicia el mundo con la coalición de dos bocas. Escupido de conciencia, el beso mira a su alrededor. Es el procarionte originario que contempla ese charco azul tungsteno que se extiende sobre un piso oceánico de cabezas. Es Adán y es Eva. Juro que este es el único momento de amor verdadero en la historia de la humanidad. Y sólo existe acariciado por la seda en la voz de la chelista.3

Crónica de una silueta proyectada

La luz del spot cruza el espacio con una potencia titánica. Un cuerpo se atraviesa y nace el recorte perfecto de una silueta flacucha que bailotea en el éter. La luz llega hasta la pared contraria al escenario, dejando un camino tan visible que parece un túnel de amarillo fosforescente. Al final, el cuerpo de Lisandro Aristimuño baila duendísticamente con una viola en las manos.

El recorte amarillento de la silueta va mutando hacia los verdes y finalmente hacia los azules, mientras el sonido crea un mantra de loopers de voz y guitarra de doce cuerdas.

Crónica de una entrada-papel

Al salir del cajón de la boletería, lo último que la entrada logra vislumbrar es la manicura roja de las uñas esculpidas. La entrada-papel agradece cada segundo de roce con esos dedos de leche, hasta que un patova la secuestra y le quiebra una extremidad antes de ser devuelta a su dueña.

La chica entra al Brown y guarda la entrada en su bolsillo trasero, entre su cuerpo y la billetera. La entrada-papel se acurruca en posición fetal abrazando la curvosidad magnificente. Cuando la música empieza a sonar, el hechizo se completa. La transpiración por el baile y la fricción contra esa piel ajustada irán desintegrando lentamente a la entrada-papel, que se entrega sumisa a los placeres lentos de la muerte. Breve e intensa. Así debe ser la vida.

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Contacto

Lisandro Aristimuño
Club Brown

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