Cuentos | Alacranes - Hay recovecos de los que no se puede salir. Se entra por un agujero y se los traspasa infinitamente, uno y otro, hasta dar con una nueva abertura, un fondo negro y travieso, otra vez la soledad y la incertidumbre, otra vez esa misma necesidad de trasladarse. Hay que escapar, de algo, de lo que sea. Es necesario salir, nadie consultó cuando iban a entrar. Las alimañas están adentro, pero también vienen de afuera.

Hay recovecos de los que no se puede salir. Se entra por un agujero y se los traspasa infinitamente, uno y otro, hasta dar con una nueva abertura, un fondo negro y travieso, otra vez la soledad y la incertidumbre, otra vez esa misma necesidad de trasladarse. Hay que escapar, de algo, de lo que sea. Es necesario salir, nadie consultó cuándo iban a entrar.

Por Joaquín Yañez

Marisa fumaba con Pablito en brazos. El chico estaba molesto por el cansancio, lloraba y rompía las pelotas, no quedó más remedio que alzarlo, por el bien de los dos.
Iba y venía echando humo, pensando que ese cubo de ladrillos huecos no tenía suficiente ventilación, Sergio podría haberle hecho unos respiraderos más.
Ya hacía cuatro días que estaban aislados ahí, sin señal de celular, sin energía eléctrica, racionando los bidones de a
gua potable. Todavía le duraba el enojo del primer día.
―Dame una semana.―, dijo él mientras vaciaba unas bolsas del Coto.― Se calma la bronca, vengo, y nos piramos a lo de mi vieja, o con el Tute… o después vemos.
―¿Qué voy a hacer acá una semana? Vos, loco… vos sos cualquiera, me dejás con Pablito, ¿qué mierda tenés en la cabeza, loco?― Se calló un momento para esquivar el llanto.― ¿Qué voy a hacer en este rancho de mierda? Seguro era un peladero de ustedes.
―No, Mari, ¿qué decís peladero, boluda? Esto lo hice yo por si se armaba el quilombo, nadie sabe que lo tengo. Dame una semana, ma, en serio.
―El nene este come, Sergio
―Ahí están las latitas de todo, ma, no te enojés, una semana y vengo.
―¿Y si no venís?
Sergio salió en la moto para el barrio, iba a buscar a los pibes, ponerle la plata al comisario, y negociar que los dejaran rajarse vivos: él, Marisa y Pablito salían vivos de la ciudad, sin un peso pero vivos.
Cruzó los dos kilómetros de campo que tenía antes de la ruta, a paso de hombre porque le desconfiaba al terreno. Después perfiló hacia la ciudad pensando en el tiempo, que a nadie le alcanza para arreglar un moco así. Por las dudas se besó el Gauchito que llevaba tatuado en el antebrazo.
Estaba parada sobre un cajón de cervezas vacío, sostenía el nene con la izquierda y fumaba con la derecha, tirando el humo por la grieta que había quedado en un pedazo de techo, una fisura pequeña por la que, sin embargo, se filtraba toda la luz que pudieran necesitar.
Entonces descubrió los alacranes. Los vio y pegó un chillido que hubiera preferido no dar, un grito de minita. Pensó que en el medio del campo, con el calor y la humedad, debía haber millones de esos, y una picadura al Pablito se lo mataba antes de llegar a la ruta.
Eran tres, rosaditos, casi transparentes, casi tiernos, «qué bicho hijo de puta», murmuró Marisa. Dejó el nene en el colchón y los aplastó con la ojota.
Pateó los cadáveres por un hueco que había hecho Sergio para filtrar el agua hacia el campo. Agarró un trapo y anuló el desagüe, total, si necesitaba lavar llevaba el bidón afuera y lavaba, tampoco estaba presa.
Pablito se había bajado del colchón y lloraba junto a ella. Lo alzó, lo apoyó nuevamente en el colchón, y simuló un reto.
Sergio cortó por el campo apenas vio las lucecitas del barrio. Cruzó tranquilo el pasaje 1825. Recién dos cuadras antes de llegar a la vía tuvo miedo, pensó en volver, agarrar su familia y tratar de pirarse, pero era imposible: sin plata, sin un contacto… estaría muerto o en cana antes de llegar al primer peaje. Así que encaró nomás, como aguantando la respiración, dándose coraje por si le tocaba morirse, pero no pasó nada. Se tomó un momento para dejarle a la imagen del gaucho un cigarro prendido y unas monedas; todo lo que tenía.
Se llegó al bar de Matienzo, uno de los pocos lugares donde podían parar de aquel lado de la vía, tocó unos bocinazos con la moto en marcha, no tuvo respuesta y salió a todo trapo, convencido de que el caño de escape de la Suzuki dos tiempos ya había despertado al mundo entero.
Cuatro días van recién, pensó Marisa, faltan tres, este chico tomando leche de latitas se me va a enfermar ¿qué hago tres días? No le importa un carajo nada… para qué se embarcó así, con qué necesidad.


Se sentó junto a su hijo y le dio el pecho hasta quedarse dormida.
Soñó con un pastizal enorme: caminaba sola a la hora de la siesta, asustadísima, entre yuyos de más de un metro de altura. No tenía al bebé; eso hacía en el campo: estaba buscando al nene que se le había perdido, de ahí la angustia. De pronto sintió que pisaba sobre algo duro, se agachó para ver y descubrió una estatua de tamaño real de San la Muerte; la figura sostenía a Pablito en brazos. Se despertó de un salto, buscó en la cartera una vela negra, la prendió, y volvió a dormir.
Sergio cruzó nuevamente la vía, convencido de que era boleta. Esta vez no frenó en el pequeño santuario.
Pasó por lo del Toro, probó con la bocina y nada, fantaseó con saltar el tejido, pero lo aterraba bajarse de la moto. «Estoy cocido», se dijo.
Pablito se despertó cerca de las siete de la mañana, le pegó un par de cachetazos a Marisa, que no sintió nada, y se bajó del colchón. Por un hueco entre las paredes y las chapas caía un rayo de luz, justo sobre el trapo anti-alacranes. El bebé, curioso o tentando por la desgracia, se acercó al lugar.
Bajó de la moto por primera vez en la casa del Edu. Gritó, aplaudió, y dijo «La concha de su madre» en voz alta. En ese momento un auto dobló la esquina, él no se enteró porque estaba espiando por la cerradura. Para cuando la luz lo avivó de lo que pasaba ya era tarde, no supo qué hacer, así que no hizo nada: mostró las palmas, nada más. Después cayó seco.
Marisa se despertó por el sonido de unas cotorras barranqueras. Cuando vio que Pablo jugaba con las rejillas pegó un grito que opacó a las loritas y casi mata al pibe de un infarto. Rompieron los dos en llanto. Corrió a alzarlo, le revisó las manos, los brazos, y lo desnudó para comprobar en cada ropita que no se le hubieran subido. Cuando estuvo segura prendió otra vela negra y, con esa misma llama, un cigarrillo más. «Dos días», se dijo, y vació el humo de los pulmones.

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  1. norbertous

    Hermoso relato.

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