La imaginación y el arte tomaron el mando esta vez. Empuñan sus armas y salen a disputar el territorio a contramano de los destinos ineludibles que firman para tantos un camino de exclusión y desamparo. Los cuerpos, que reniegan de la docilidad que las instituciones les vuelcan, renacen desde su rebeldía para desafiar al futuro y desnudar las miserias que corroen la piel. Los pibes están pillos y sacuden contra el verdugueo al que la cotidianidad los invita. Las categorías se renuevan, el suelo empezó a moverse… otra vez.

Texto: Herminda Azcuénaga de Puchet | Fotografía: Juliana Faggi

Texto y fotografía publicadas en el segundo número de nuestra Revista de Literatura y Artes.

Los hechos se alinean o coinciden –se contagian– y dan lugar al momento histórico: el 8 de mayo se conmemora el Día Nacional contra la Violencia Institucional, y en ese marco se lanzó la Campaña Nacional contra la Violencia Institucional; por esos días, Vanesa Orieta se presentaba en la justicia para dar su testimonio sobre el acoso, las torturas y desaparición de su hermano, Luciano Arruga; a las pocas horas, César González presentó en la Feria del Libro su tercera obra, Retórica al suspiro de queja. Tres acontecimientos signados por un mismo denominador: la violencia operada desde las fuerzas del estado sobre la marginalidad. La pobreza como factor de castigo.

La Campaña Nacional contra la Violencia institucional es la materialización de un proceso de resistencias que tuvo en las organizaciones barriales y en la movilización de las familias de los barrios humildes su impulso fundamental. El estado reconoce la miseria que engendró y asume la incapacidad de intervenir en una institución (la policía) que es la única que se heredó intacta de la dictadura. El milico, brazo represor de un sector de la sociedad que gestionó el golpe de estado antipopular, se desplazó a una nueva figura, encarnada en los policías que, desde el control del delito, gestionaron la seguridad a fuerza de arbitrariedades y represión sobre los nuevos enemigos internos. El milico de hoy es la renovación de la estructura represiva comandada por el milico de ayer: de la seguridad nacional, que exigía el mando militar para el combate político, a la seguridad ciudadana, que por el contrario, requiere de la garantía de fuerzas civiles para conservar la concordia moral en el marco del sistema democrático.Fotografía: Juliana Faggi

La denuncia de los embates policiales (más de cuatro mil muertos y 218 desaparecidos en democracia) tuvo en el arte un foco de resistencia: ante la indiferencia de los partidos políticos formales que se fueron gestando en la democracia, los artistas expresaron la realidad de persecución y atropellos que se vivía en las zonas de miseria cada vez más creciente.

La poesía y los márgenes

El poeta revolucionario, ligado a las organizaciones políticas y militantes que enfrentaban los regímenes dictatoriales y buscaban reconquistar el campo de la belleza y la creación para las mayorías proscriptas, deriva en el poeta carcelario, el pibe pobre encerrado, también despojado de todas las instancias de la vida, excluido, que asume (se reapropia) del arte para hacer una explosión en el orden legal que lo descarta de nacimiento. Hay una línea de transición, quizás, entre Miguel Ángel Bustos y Cesar González. Sólo que ahora los muertos quedaron vivos. Surgen desde la marginalidad, desde los márgenes a los que fueron expulsados: se los echó del sistema educativo institucional, del empleo formal, de los medios de entrenamiento que se crearon, del universo de consumo, de la representación en los productos culturales difundidos por los grandes medios de comunicación. Nunca tuvieron lugar, y el arte es una forma de irrupción, como lo es también la violencia.

En el aislamiento de las celdas, César González se encontró con Operación Masacre. Literatura e historia política entrelazadas, hechas carne en esos cuerpos sobrevivientes en el basural de José León Suarez. En ese momento inaugural (que es uno: en el basural y en la celda) la poesía de los resistentes abre una ranura en la historia: arte y violencia son dos de las grafías con que irrumpen los personajes corridos de la escena de la democracia representativa. El arte marginal, por eso, también es una incomodidad: en su sola gestación se halla la denuncia de las condiciones de opresión y condena social. Eran anónimos y por eso, vulnerables al terror de las fuerzas de seguridad. Pero ahora escriben, y están.

Cordero suelto en palabras

La salida del tercer libro de César González confirma una novedad (una incomodidad) en la escena de la literatura nacional. Antes había publicado La venganza del cordero atado (2010) y Crónica de una libertad condicional (2011). La alusión ricotera –frecuente en sus textos, además del título– no es casual: antes habían sido los Redondos los que funcionaron como sinónimo de guarida para los sectores que comenzaban a padecer la operatoria represiva del estado democrático y la indiferencia institucional, entre amnistías y obediencias debidas, volcada toda la maquinaria a la administración de los negocios que la vida legalizada permitía continuar sin molestias. El aguante desde el rock era, justamente, esa interferencia disruptiva en la sociedad de farándulas y empresarios estrellas. César González, un poeta nacido desde la cárcel, una víctima del aparato represivo que da forma a su voz particular, se inscribe entre las expresiones que circulan desde un plano orgánico: es el cuerpo violentado que crea desde la miseria. Que otra vez incomoda.

El arte actúa como un espacio de acción múltiple: es un artista interdisciplinario, que encuentra en el arte una herramienta de expresión auténtica y, por lo tanto, libre de cualquiera de las categorizaciones que se le impusieron a su ejercicio. Es el acto creativo lo que importa. No hay ramas o géneros o disciplinas, hay formas de decir, modos de expresión que pueden superponerse y combinarse para dar lugar a nuevas formas, absolutamente singulares.

 La relación con el arte se traba en esa clandestinidad: comenzó filtrando los primeros textos de la revista ¿Todo piola?, que fundó estando preso, a través de las visitas o dictándolas por teléfono, para esquivar los controles y castigos policiales. Las publicaciones institucionales, en las que los presos no tienen participación en la definición del contenido y en las que deben decir lo esperable, contrastan con una publicación basada en la alternatividad desde el seno mismo del sistema carcelario.

Una ruptura desde el interior, que jaquea la consolidación misma de ese régimen de encierro que lo tuvo entre sus víctimas y, a la vez, una reafirmación como sujeto vivo, capaz de pensar, sentir y crear: las cárceles de la inquisición encerraron a Galileo Galilei obligándolo a traficar sus textos, que sentarían las bases de la lógica racional en un mundo inundado de oscuridad sombría; cuatro siglos más tarde, el capitalismo semicolonial en pleno vigor encierra en sus cárceles los desechos sociales que no se incorporan al régimen de trabajo resignado que les propone como modo de vida y único destino. Y desde esa oscuridad nuevamente sombría, el condenado cuela sus textos que desafían al dogma, que como antes mostraron que la razón podía erigirse sobre una fe acechada por la autoridad eclesiástica, ese cuerpo desvalido, criado en la hostilidad y el desamparo de las villas y las cárceles, podía seguir sintiendo y expresándose a pesar de los tormentos sistemáticos que se le aplicaron, decidido a no morir.Fotografía: Juliana Faggi

La estética de la fealdad

Los pobres son fuerza de trabajo bruta, inservible: roban, y su robo atenta contra la propiedad privada, sostén del modo de producción; su transgresión a las normas implica un costo para la productividad, a diferencia de otras formas de robo legitimadas, precisamente, en su aporte sumatorio a la producción. Son negros (espacios vitales obscurecidos) que pertenecen a otra cultura, son lo otro, que necesita ser abordado desde la tecnología de dominio de la civilización urbana/portuaria. Su disyuntiva es clara: explotación laboral o cárcel. Su humanidad recibe reconocimiento en tanto y en cuanto se reinserten en el marco de condiciones necesarias y compren lo que deban comprar.

La voz poética de Cesar González es la que inaugura una nueva estética de la fealdad: la manifestación creativa de las consecuencias que el sistema capitalista, con su consumo despiadado y su reparto de categorías y jerarquías, permisos y licencias, fue engendrando en su propio seno, amontonándolo en agujeros de podredumbre y degradación. La fantasía de la universalidad democrática, el paraíso del mercado (donde quien desea, consigue) se derrumban ante la atroz realidad de la palabra viviente.

Si la posesión de bienes modula el tono y el volumen, es incomprensible que uno de los que no tiene nada (ni siquiera identidad, vuelto un número de un penal) conserve todavía un hilo de su voz. Si la literatura fue despojada de las clases populares, exiliada a círculos de elite a donde no llegan las masas trabajadoras, ¿cómo es posible que alguien escriba desde el último escalón, incluso por debajo de aquellos que tienen sólo el sonido de su fuerza trabajando? ¿Cómo se crea desde esa nada? ¿De dónde surgen esos que reclaman el derecho al arte que les han quitado? ¿Quién puede explicar semejante malestar?

Es una voz que surge ante el poder de la institución, que aporta sus asistentes y educadores para reencauzar esos seres que, por causa del crimen y el delito, perdieron lo que los liga a la condición humana. Una voz poética que nace desde el último rincón donde se suponen ahogadas todas las voces. Los presos no tienen palabras, sólo brutalidad, y ahora uno de ellos habla y escribe poesía. No sólo denuncia, inventa belleza en su creación desde la miseria. El saber de los profesionales que visitan las cárceles procurando acompañamiento y «reinserción» puesto en crisis ante la emergencia de un fenómeno incontenible: la rebelión de la poesía. Un preso que se dice a sí mismo: ¿cómo después de haberse curtido entre tanta violencia todavía puede hablar? ¿De dónde sale esa creación? ¿Acaso no le habían arrancado toda la virtud?

El arte, entonces, queda entendido como ese gesto de resistencia, como esa expresión incontenible de la vida rodeada de muerte, no reconoce fronteras ni criterios rigurosos para su manifestación: estalla como el impulso vital que lo lleva. Y destapa una contradicción en el arte formalizado-institucionalizado, y desarticula, sobretodo, la solidez de las bibliotecas configuradas.


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