Poesía | Movimiento - Por Juan Represión

El miedo se esparce, llena, colma y explota, estalla en cientos de partículas, da forma a los cuerpos, se junta en palabras, y las palabras, en frases, que vuelven a soltarse y volar, hasta estallar, nuevamente, aterradas, envenenadas con el espanto, reacias a pertenecerse, inútiles para escapar. Hablan de eficiencia para consolarse, citan éxitos y describen paraísos. Miran lejos, para no verse tan aterrados. 


desde allí, donde el sol calienta el cuerpo
y el frío apenas es murmullo
levantan la voz los que abrochan bien su camisa
que brindan los veintiséis de julio
por la lágrima que se multiplicó en el llanto de miles
con la sonrisa a mediaboca, saboreando el regocijo
desde allí, donde la moral se abraza con la cruz
gritan
a contramano de la tierra,
contra los pañuelos blancos
y los reencuentros
contra la memoria
desde allí, en una danza patética, comparten abrazos
celebraciones mutuas
transpiran el odio que sus bolsillos cuidan
herederos de apellidos, a veces dobles, otras no
que se perfuman en alcurnia, o peor,
que la desean y simulan pertenencia
juegan a diferenciarse,
el secreto es la distinción
está bien, pero no te acerques
los nuevos no llegan como los suyos,
el amor no es la causa, apenas será, alguna vez pero casi nunca
hay otros motivos
miserables, claro
hay un rédito que perpetúa el ocio
no como los nuestros, dicen,
hijos del bienvivir, que sonríen con dientes blancos
en fotos, dentro de marcos, sobre mesas con mantel
y hablan del miedo, que los corroe
los espanta
porque temen, sabiéndose dueños,
que haya que compartir el sol que les calienta el cuerpo
para que el frío no caiga siempre del mismo lado
y los que fueron lágrimas cuando el cáncer fue grito
tengan su espacio en la memoria
la misma que los pañuelos persiguen,
aunque los bigotes sigan poblando las calles
y las sombras del pasado se atrevan a tapar nuevos ojos
los espanta, ese miedo
que como un fantasma que susurra de noche
pincha los mitos que su ascendencia arrastra
porque en los nuevos hay sonrisas,
abrazos de piel con piel
hay mucho más de lo que suponen
y llenan las calles, pueblan las plazas
porque la alegría no conoce de perfumes
ni de apellidos
y temen,
porque se saben menos
y los otros, oscurecidos, empiezan a saberlo
entonces el temblor los desencaja
porque los asusta el movimiento.

La calle (es) de los niños | Foto: Fernando Der Meguerditchian

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