Crónicas | Expedición Chaco - Los destinos y sus conjeturas se entrecruzan en un tablero al que le sobran fichas para adivinar el futuro, que nunca aparece como se supone. Desde esa incongruencia, en la que los prejuicios inflan el pecho, un chorro de tinta marcó el papel y enumeró las desventuras que atacan y resignifican al cuerpo. La lógica responde a otros circuitos que como el caos, esperan ser descifrados para descubrir el horizonte.

Los destinos y sus conjeturas se entrecruzan en un tablero al que le sobran fichas para adivinar el futuro, que nunca aparece como se supone. Desde esa incongruencia, en la que los prejuicios inflan el pecho, un chorro de tinta marcó el papel y enumeró las desventuras que atacan y resignifican al cuerpo. La lógica responde a otros circuitos que como el caos, esperan ser descifrados para descubrir el horizonte.  

Por Nacho Estepario | Especial para El Corán y el Termotanque

Siempre garpó decir que vengo del Chaco. Estepario II

Cuando arribé a esta urbe portuaria y cosmopolita de Mónica Fein, del Monumento falocrático, la cultura bohemia y el narcotráfico, los anfitriones locales recibieron mi oleada migratoria golondrina consolándome y asistiéndome psicoterapéuticamente con una frase sacada de un libro de autoayuda prostibulario: «Con esa tonada, ¡las minitas que vas a levantar en La Fluvial!». La entonaban con la elocuencia de oradores TEDx en formación de líderes emprendedores, gurús de academia en el arte de la seducción, o capacitadores perfectamente invencibles de Nu Skin o Herbalife.

Pero no, se quedaron cortos, la ventaja sería aun mayor: la caridad. Luz en bolsones de Cáritas, ropaparadar, y caricia misericordiosa en la mejilla al son de «Tan lindo y de Chaco…». La gente me escuchaba y ya me sacaba la ficha de que estornudaba chagas, que a mi padre allá lo cagarían a palos por Qom, y que el agua que tomaba era sólo de las botellitas que nos llevaba Patricia Sosa al Impenetrable. «Pobrecito, civilicémoslo», rezaban.  Eso, porque las minitas de La Fluvial nunca se levantaron; «Hablás como los obreros de la construcción», fue el piropo más próximo al chape que me propició una vez una vieja arquitecta adinerada y compasiva que negreaba a los paraguas en el hormigón.

Pero sobreviví. Porque soy rubio. Y porque sudé mi frente para ello. El darwinismo en esta jungla de concreto y smog me obligó al mimetismo cultural y al snobismo camaleónico. Esa fue mi sobrevivencia. Hoy vivo para contarlo. ¡Hoy soy todo un chaqueño rosarinizado! Los rosarinos me civilizaron y soy su trofeo en la vitrina del orgullo. ¡Gané! Cañones de papelitos. Guido Kaczka gritando. Anamá Ferreira saltando en bolas.

Pero todos bien sabemos que el viaje a Bariloche, el olor a auto nuevo y la mensualidad de tus viejos, alguna vez se terminan. Todo, hasta Mirtha y Fayt, esconde una fecha de vencimiento en el dorso. Y años de laburo en aculturación se iban al carajo ahora que me tocaba volver al Chaco.

Siempre supe que la única forma en que regresaría sería en un ataúd, pero había olvidado que a uno le queda todavía algo de moral para pasar Las Fiestas en su cuna de origen. Nobleza obliga a retornar.

Allí fui. Tomé el escudo antes que la espada. Homero me creaba versos épicos de fondo. John Williams, de Indiana Jones: mi banda sonora. Preparado un Kame Hame Ha, listo un Avada Kedavra. Steve Irwin luchando contra yararás y yacarés: mi amuleto. La llanura idiosincrática me esperaba.

Y si alguna vez me autoerotizaba y chapeaba frente a los demás con mis valores nobles de pueblerino provinciano, hoy, que me había vuelto agnóstico y misántropo, ergo, chico malo, y con una acidez estomacal casi-casi cancerígena corroída por la yerba, ese espíritu religioso y comunitario de chico bueno con el mate bajo el brazo  ya no existía más. Así que regresaba totalmente en bolas, desprovisto de toda asimilación originaria para simular mascar Medievo con el rebaño.

Es que mi problema de allá es la cosmovisión, el paradigma cultural, la idiosincrasia, el ethos, el acervo, la semantización moral. Pavada de problema. Soy el típico resentido al que toda la vida en su pueblo del Chaco Austral, socialmente le aplicaron Vigilar y Castigar para que no fuera puto, para que no se drogara, para que se recibiera pronto; el título enmarcado, el laburo en las Torres Dolfines, el terrenito en Funes, la misa del domingo, la familia de rubios de Maru Botana (o menos que mantener, como Valeria Mazza), una casa de publicidad de detergente y el labrador dorado. Exitismo yuppie, para que volviera al pueblo en Hilux a las Bodas de Plata del Colegio Secundario a ventilar lo bien que le fue.

Y ahora me tocaba volver. Sin nada de eso. Entonces me pongo a despotricar sobre esa sociedad anquilosada, amesetada, y almidonada. Formadora de corderos obsecuentes a una gramilla maniquea de un bien y un mal que ni siquiera existen. Que determina destinos oriundos a espada y cruz, fraguados en el lomo y en la conciencia –respectivamente–.  Escupo bilis armando mi valija contra aquella hegemonía opresora falocrática, heteronormativa, cisexual, binominal, homolesbobitransfóbica, patriarcal y capitalista. Me tomo un Rivotril, me enciendo un faso de índica, y bajo un cambio.

Y entonces recuerdo que hice banda de terapia, maratones de psicoanalistas, bocha de psicofármacos, revoluciones de diván, hasta lograr resignificar mi reproche al pueblo, y reconvertirlo en una herramienta de lucha. Dialéctica Nacho Estepariohegeliana: tesis de cosmovisión pelotuda/antítesis de indignación combativa/síntesis de militancia mesiánica; y Mascherano sentenciándome: «Hoy te convertís en héroe».

Al speech lo tenía armado como molotov: legalizar el aborto, explicar que la OMS hace banda que sacó a los putos de la lista de enfermos, que la marihuana no es paco que se inyecta en el párpado en un negociado en que Lilita denuncia a Aníbal Fernández, que el amor libre no es promiscuidad ni HIV, que no «hay que matar a los negros», que la Iglesia ya fue, que la eutanasia no es tan mala después de todo, que no nos comamos el verso de que contamina pero da de comer, y que Macri no.

Pero en el momento en que bajé del colectivo luego de doce horas de viaje y pisé el pueblo, una ráfaga de calor en llamarada infernal, como si la hubiera dirigido Michael Bay, me envolvió en lava fulgurante carbonizando toda mi aura que venía positiva, desacomodando todos mis chacras, y reverberándome el hipotálamo en una heavy incineración a lo Auschwitz o Biblioteca de Alejandría.

Y así fue cómo en una fracción de segundo, vi sacudir todo ápice y vestigio que quedaba de mi epopeya ideológica, un gomerazo de sensación térmica bajaba todo mi vuelo de paladín guerrillero helénico. Anhelando una nueva era geológica de glaciación, sólo quería Split a 16º. Y que la revolución espere.

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