Lecturas | «Sirena entre los dedos», de Vanesa Gómez - Por Eva Wendel

Los pequeños detalles que pueblan una situación, los entramados más finos que agarran el cuerpo y lo estimulan, le hacen saber de su vida en el acontecimiento, la intriga misma de esas experiencias, el desafío, la posibilidad cercana del sufrimiento, el dolor, la derrota incontestable de alguna fantasía que recorrió la mente. Cerebro conmovido, masa violenta, amor y odio en el cuerpo, las historias, los relatos, un libro, asimismo.  


Vanesa Gómez nos transporta por escenas cotidianas con una fluidez increíble. Se detiene en microplanos de realidades esenciales que, para cualquier mortal, serían fácilmente olvidables con el paso del tiempo (pero ella las rescata). En el primer cuento, dos niños son los protagonistas de una historia de días de domingo en familia, al parecer, siempre de paseo al cementerio. La historia comienza el sábado con un ritual preparativo del almuerzo para el tan esperado día de visita a los muertos. La Madre (con mayúsculas) comienza a pelar frutas y la pequeña narradora nos cuenta:

«Mamá entra con el bolso repleto de bananas, manzanas, naranjas y duraznos. Se pone el pañuelo a lunares en la cabeza. Se lava las manos. Busca un táper rectangular, el cuchillo más filoso y empieza a pelar los duraznos. Nosotros nos quedamos mirándola (hipnotizados). Nuestros ojos van de la fruta, ya casi desnuda, al cuchillo. Del cuchillo a las manos perfumadas, al pañuelo, a la expresión del rostro» (Pág. 17).

Debo reconocer que cuando leí estos primeros párrafos intuí que estaba en presencia de algo no improvisado, como lamentablemente sí me tienen acostumbrada algunos textos informes (que no sería lo más terrible, si al menos la cosa tuviera algún sentido) que se encasillan dentro de lo posmoderno. Imposible, de todas formas, encasillarla a Vanesa. Tiene un estilo muy particular y los recursos literarios que utiliza los sabe manipular a la perfección. Lo mejor: no es una improvisada (repito).

Estuve viendo algunas notas en internet para llegar hasta ella, luego de leer su libro de cuentos por primera vez y de saltear el prólogo (como debe ser, si no queremos quedar pegados a las percepciones de otro que leyó el texto antes que nosotros): Vanesa cuenta en una entrevista que la mayoría de sus cuentos salen de sueños que tiene y se nota en varios casos, pero no son textos netamente oníricos, tampoco fantásticos. Insisto, para qué ubicarla dentro de uno u otro género. Lo importante es que nos involucra en sus cuentos no sólo porque en ellos destaca siempre un halo siniestro que nos genera intriga, sino porque además nos «hace ver» lo que está narrando. Levrero decía que si un escritor no lograba contar una historia mediante imágenes, era imposible que el producto resultante fuera buena literatura.

La literatura, para que sea memorable, debe ser sentida, es decir, nos debe llegar de alguna forma, provocar algo, atravesarnos. El cuento que abre este libro, intitulado «Días domingo», recorre, de principio a fin, una vivencia íntima y cotidiana, por eso los detalles sensoriales –tan bien narrados, siempre utilizando oraciones precisas y concisas: el arte del corte y la corrección– me permiten entusiasmarme como cuando vuelvo a Silvina Ocampo o a Borges. El saber que alguien quiere contar algo y tiene claro cómo hacerlo, emociona. Se nota que son textos muy laburados, que han pasado por la mano de algún maestro y de muchos amigos, que han tenido su tiempo de reposo y que han sido sacados a la luz sólo después de pulir una y otra vez el carbón.

«No se puede vivir sin azúcar» puede leerse como un cuento que roza lo onírico, con una cuota de extrañamiento, porque en realidad todo tiene una lógica interna, la lógica de una narradora adolescente que sale de su casa por la mañana en busca de una malla para ir con sus amigas de camping, cuando en cambio sus deseos son otros (desayunar en la casa de su abuela que le queda muy lejos). Entre todo esto, el camino de ida se vuelve casi un viaje a través del espejo, pero éste, con puertas y ventanas que conducen a realidades paralelas, queda fuera del tiempo y del espacio tridimensional (que pierde cada vez más sentido), al tiempo que la verticalidad y la horizontalidad toman el protagonismo, así como el café sin azúcar que un joven bastante chicato con ojos que cambian de color con cada mirada, le ofrece cuando la ve pasar.

«¿A dónde ibas?, le preguntó él, como si preguntar a dónde va uno fuese lo más común y natural del mundo para comenzar un diálogo.

A desayunar, dijo ella y no le preguntó cómo se llamaba. Como si preguntarle el nombre a un desconocido fuese lo más natural del mundo» (Pág. 30).

«Cosa de pibes» y «Debilidades» desnudan la más cruda realidad de los que pueden perderlo todo en un segundo, la vida y el honor, indistintamente. Los pibes de barrio que se enfrentan con armas de fuego por una mina y una hija odiada por su padre al punto de ser entregada en una apuesta de truco.

«¿Qué clase de hombre era capaz de odiar a un hijo?, pensaba Luisa. ¿Un bruto? ¿Un triste? ¿Un monstruo? […] ¿Qué clase de odio era el que le había nacido al irse mi madre?, pensaba Luisa. ¿Al ver repetidos en mí el rostro, la voz y hasta los gestos de ella? ¿Era posible suplantar un odio por otro? De ser posible, ¿era por eso que me odiaba?» (Pág. 37).

«Círculos rectos» me hizo acordar a The visit, la última película de terror psicológico de Shyamalan, en la que los abuelos están locos de remate. Lo interesante es que la película es posterior al cuento de Vanesa, así que chapeau por eso. (Usted puede leer el cuento y luego mirar la película. En ese orden). Al parecer, como bien señala Alma Maritano en el prólogo, los personajes (en casi todas los relatos) oscilan entre niños y viejos, como dos polos de experiencias mágicas que le dan todo el sentido a la locura. Maritano dice: «lo esperpéntico se une apretadamente a la inocencia o a la ternura y la ignorancia opera como un equivalente de pureza» (Pág. 14). En este cuento, la protagonista va a visitar a sus abuelos a Los Nonos, Córdoba, donde viven, y al ver al abuelo solo, dice: « ¿La abuela?, le pregunté. Está acá adentro, dijo señalando hacia la casa, no le vayas a abrir la puerta que se volvió loca y quiere matar».

«Mejores amigas» tiene un pasaje impecable en el que la protagonista, otra vez una niña pequeña, va con su madre en bicicleta, rumbo a la casa de la curandera del barrio, y cuando entran a la habitación donde la mujer le curará el empacho, la descripción (plano detalle) del recinto es de una calidad suprema. Me tomo el atrevimiento de copiarlo entero, porque lo merece.

«La salita es oscura. Hay, frente a mí, en la pared, un cuadro torcido con la fotografía amarillenta de un hombre vestido de militar. Si me acerco puedo ver los bichitos de la humedad caminando sobre la cara, sobre los bigotes del ¿padre hermano esposo? de doña Negrita. En la otra pared hay un cuadro de Jesucristo. Una estatuilla de la Virgen me mira sobre la mesita redonda: está rodeada de otras imágenes de ángeles y estampillas de santos. Un rosario cuelga sobre el cuello de la Virgen y se enrosca en su cuerpo. Veo la canasta de mimbre con algunos billetes y monedas. Algunos perros viejos ladran despaciosamente, sin ganas. Ladran por ladrar nomás, por ser perros (para recordar que lo son)» (Pág. 48 y 49).

«La cortada» le mete un suspenso bárbaro. La protagonista y Tincho, un amigo del barrio, abandonan el truco para ir a tirarle piedras al tren. En medio, el hermano celoso que les prohíbe pasar por la cortada del Coño. Obviamente, ella no le hace caso, por el contrario, desafía a Coño y lo arrastra a Tincho a una aventura en bicicleta que se convierte en un sufrimiento. El ritmo y la tensión que le pone al relato te llevan a sentir el pedaleo, la agitación y hasta el olor a mierda, pis y vino del camino.

Los finales de cuentos, por lo general, son pasajeros, como si nada terminara allí, el efecto está siempre antes, en el proceso, como la vida misma. «Arañas» debe ser el único que tiene un final contundente, con tremenda justicia, ya que transitarlo pone a cualquiera los pelos de punta.

«Vigilia» es terrible. Una penetración profunda de los miedos más voraces de los seres humanos, como el sentir que hay algo o alguien que nos acecha y nos impiden verlo. Elvia tiene un marido detestable al que le molesta todo, incluso que prenda la luz del velador en medio de esa espantosa oscuridad y el miedo a lo desconocido. Teme por su pequeño, lo va a buscar a la cuna y lo pone sobre su cuerpo. Espera. Hasta que la «cosa» le roza la cara y ahí se pudre todo. No voy a contar más, pero sí voy a decir que una mujer empoderada puede ser muy peligrosa. Atenti.

«Sirena entre los dedos», de Vanesa Gómez

En los textos de Vanesa lo fascinante y lo perplejo se unen, dando lugar a algo inclasificable, pero muy interesante. Tiene la enorme capacidad, además, de convertirse en narradores masculinos como en «Un balde de agua», «La reina de la fiesta del llanto» y «El flete».

La alegoría que se abre camino en «Jugar a ser clavo» es escandalosa. Ni una palabra más, empápese. Ese cuento es imprescindible para este libro.

Finalmente, «Sirena entre los dedos», el cuento que le da vida a los diecinueve relatos que contiene este libro de tapa boscosa, borrosa y verde, es la frutillita del postre. Porque vuelve al origen, no sólo por el mito, sino más aún por el encuentro de lleno con lo emocional, el quid de la cuestión. Varios son los relatos que hablan de historias de amores raros, amores intensos hasta lo absurdo, ese que realmente nos interesa a las chicas no chetas, a las que somos bastantes heavy y re jodidas.

«El hombremujer se sienta sobre tus piernas, me mira. ¿Te lo cojés, querida?, me pregunta. Yo sonrío, estúpidamente, y respondo, lo nuestro es un amor platónico. ¡Pla-tó-ni-co!, grita el hombremujer (que para colmo parece ser culto). ¿No serás torta vos?, dice. La gente ríe. Vos reís. Yo río. No, le digo con la cabeza. Y mientras el hombremujer te acaricia, se acomoda entre tus piernas y te habla al oído, yo no puedo evitar sonreír, estúpidamente, y volver una y otra vez a ese momento, cuando nos recostamos en el piso, contra una gran puerta, y vos me acariciabas la cara, el pelo y me acomodabas la tirita del corpiño. Cuando yo te acariciaba el pelo y reconocía desde aquella vez, y para siempre, el olor de tu cuerpo» (Pág. 121).

Sólo me queda decir que me alegro por este encuentro, por la intensidad de su curso, y también por las sirenas que, como a Ulises, lograron encandilar a Vanesa, pero no le impidieron seguir con su viaje.

 

Gómez, Vanesa: Sirena entre los dedos, Río ancho ediciones, Rosario: 2013.

 

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