Hay un pedido, una exigencia, una condición; una necesidad se impone, hay que esquivar los baches, sostenerse arriba, no caer. Odiar el bajón, no atenderlo, negarlo. Toda angustia es un detenimiento y lo importante es fluir. Nada de crítica, ningún pesimismo, tampoco la novedad, nada que revuelva, convulsione, agite. El imperativo de la alegría crece y nadie tiene derecho a cuestionar, todos mansos, simulando.

Por Joaquín Ficcardi / Ilustraciones: Agostina De Mileto

Estamos siendo empujados a lo insaciable, a la abundancia, a desear siempre más; nos regimos por un imperativo hedonista que nos conduce a un plus de goce, experimentando un ideal de felicidad sostenido en el placer constante. En todo momento, ya sea con amigos, en pareja o en soledad, se nos exige un estado eufórico, por doquier nos indican: ¡sean felices y disfruten! No nos permiten estar mal, sentirnos tristes o en conflicto con nosotros mismos; fuimos adquiriendo el hábito de erradicar cualquier emoción displacentera, creyendo que en la vida sólo se incorpora bienaventuranza.

Qué tiene de malo que las elecciones traigan consigo un posible dolor, esto no significa que tengamos que existir padeciendo sino Escondite, por Agostina Ercolique los infortunios, los tropiezos, el desamor,  también forman parte de la vida.  Y el desafío, que no todos se atreven a realizar, es el de conciliarnos con la mixtura, con la multiplicidad, con el dilema angustiante que, al mismo tiempo, resulta la condición de un cambio singular, del surgimiento de nuevos posibles, allí reside el acto mágico.

¿Por qué la obsesión cultural de eliminar lo negativo? En Líneas de fuga Félix Guattari expresa: «Las personas están tan perdidas, tan turbadas por la desterritorialización de los engranajes sociales, de los espacios y de los tiempos, que, como a bestias asustadas, el poder siente la necesidad de calmarlas, de ponerles música suave en los ascensores, de hacerlos desfilar y canalizarlos  en un continuum de espacios modelados por las técnicas del design» (74-75)[1]

Me es llamativo el detalle de la música en el ascensor porque se advierte cómo los espacios están montados estratégicamente para serenar la voluntad expresiva de los individuos. Hemos construido un complejo hombre unidimensional en el que la libido es economizada en función de los simulacros que las mismas instituciones producen. Toda la energía oprimida, la que no se permite expulsar por cuestiones superyoicas, debe sublimarse a zonas receptivas que contengan la dinámica nerviosa de los flujos; de lo contrario cada cuerpo sería una bomba de tiempo a punto de estallar, dando inicio a una explosión en cadena que arrase con las formas ilusorias de lo social.

Seguimos pensando, de forma un tanto ingenua, que el objeto puede subsanar la intensidad angustiante, como si la sensación de que algo no encajara, empiria amarga y de textura áspera, tuviera que ver con lo material.

[1] Líneas de fuga. Equipamientos de poder y fachadas políticas. Ed. Cactus  2013

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