Cuentos | Fuga

Estaba abierto. Un luz tímida, que mostraba su piel por el único hueco por donde escapan sus ojos, marcó el camino. Detrás lo esperaba la incertidumbre. Después de algunos pasos y unas cuantas dudas, los temores se apartaron y apostaron a la huida. El pulso se agita, las baldosas se hacen más pequeñas, sólo queda correr, sin destino, hasta que el cuerpo aguante.

Por Mauro Paradiso | Ilustración: Matías Lázaro

«Tipo que flota», de Matías Lázaro

Estoy invernando. Me metí dentro del caparazón. No se ve nada de las marcas que tuve en el pasado, de las referencias. Me estoy perdiendo en una selva, no sé cómo voy a hacer para salir. Esto es un delirio, quiero perderme del todo, y borrar algunos recuerdos. Me pregunto si podría conservar una memoria selectiva. Borrar los recuerdos que intentan sacarme de este lugar, y conservar aquellos que me llevan a la nueva tierra. Quiero tener ojos sólo para el horizonte, hasta convertirme en el sol, que es el Dios que alumbra mi nuevo rumbo. Tendré un nuevo crepúsculo, lejos de mi tierra y de sus ciudadanos.

Me pregunto qué voy a hacer el día en que caminando por esta nueva selva me encuentre con algún personaje del pasado, esos jueces que no te permiten extraviarte, sin hacerte sentir la culpa por haber dejado tu tierra atrás. Pienso que lo mejor sería alegar algún tipo de discapacidad, una defensa disimulada de mi memoria selectiva. Impostar la mirada, dejar que se vean mis ojos enloquecidos, buscando un rumbo vital que los haga desistir del juicio y la condena.

Comprobarán que me perdí. No podrán resistir: en ésta, una nueva selva, sólo sobreviven los que saben caminar estando extraviados.

Me alejé de mi tierra y de sus ciudadanos porque me sentía encarcelado. El hogar es la cárcel de la escritura.

Creo que estoy en Santiago de Chile, más precisamente en el Parque O’Higgins. Me rodean unos vagabundos que están acampando, tomando tierras públicas. Crearon un jardín en el que ya circula el mate de un argentino. Vienen los medios de comunicación y nos preguntan por qué estamos aquí. Yo no lo sé, hace un par de horas que lo desconozco. Pero les hablo del derecho a tener una vivienda digna. Les convido un mate delante de las cámaras y los periodistas lo aceptan. Hay comentarios espontáneos que se filtran en el reportaje. Todos nos relajamos. También circula una caja de vino tinto. Cuando me preguntan mi nombre les digo que soy Eusebio De la Selva, un personaje que se escapó de una novela de un escritor rosarino. Los periodistas me piden que les cuente cómo fue esa fuga, y aprovecho a leer los primeros capítulos de la novela en la televisión de Chile…

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