García Lorca afirmó que la poesía «no necesita adeptos, sino amantes»que ataquen la quietud y la endulcen, la recorran y la desvistan en todo momento. La música sabe engatusar y conoce el camino. Se juntaron, sabiéndose parte una de la otra, en esta producción que para algunos hace bailar a las letras, mientras que otros dicen que en verdad le habla a los acordes. 

Por Ernesto David Sánchez | Especial para El Corán y el Termotanque

Horneros I

Por fin llego a mi casa con algo de tiempo para mí. Semana larga y pesada. Prendo el ventilador y cierro puertas y ventanas. Mi única compañía es un vaso de agua con hielo. Dejo encendidas sólo las luces tenues para que nada me distraiga, y empiezo a escuchar Instrucciones para armar un nido. De repente, vuelvo a estar en el exterior.

Un chico camina las terrazas de las casas vecinas en una tarde de verano, mientras busca a su gato negro. Los tanques de agua y las pinturas impermeables de los techos se me dibujan como si la vida fuese una película de Jean-Pierre Jeunet. Cada hilo de este mundo es tejido por la voz del locutor, mientras los paisajes sonoros me van acunando. Después se suma la música.

Instrucciones para armar un nido es un disco de matices. Una apuesta que trata de verle la poesía a la rutina; sensibiliza el ojo y nos invita a hacer el ejercicio de preguntarnos qué sentimos cuando caminamos por las baldosas de la vereda. Volver a enamorarnos de un mundo que está ahí, pero en el que estuvimos muy ocupados para pararnos a mirarlo con calma.

Prosa, poesía, sonidos e instrumentos. Cada elemento sonoro es buscado a partir de lo que se quiere contar. No es un disco de temas, es un disco de historias. Con diferentes colores, narradores, estilos, espacios sonoros y sensaciones. Es folclore urbano.

Suena raro hablar de esto en una época digitalizada, cuando los espacios físicos parecen desdibujarse en el ciberespacio impersonal y abstracto. Pero Horneros es un grupo que quiere remarcar que cuando respiro, estoy acá. Supongo que no suena muy profundo, pero a veces las cosas esenciales se pierden de vista. Cuando respiro, estoy realmente acá. Cuando hablo, estoy. Cuando siento el suelo, también. Y cuando escribo, canto, diseño, pinto, amo. El entorno deja algo en mí, y yo dejo algo mío cuando hago. Eso es lo que entiendo cuando digo «folclore». También es una creación colectiva apoyada en la tradición, es verdad. Pero en esencia, es la necesidad de las personas de expresarse en un mundo concreto, reconociéndose parte de ese mundo.  La chacarera cordobesa no es igual a la horneros doschacarera santiagueña, porque la santiagueña remarca los agudos del aire del llano que te silba en los oídos y los gritos se alzan de la garganta, pero la cordobesa te canta los golpes graves que te retumban en el pecho con la tierra de las montañas y las voces profundas de sus provincianos.

Entonces, ¿cuál es el sonido de nuestro barrio? ¿Y del caminito de árboles? ¿Qué música me transporta al colectivo de las cinco de la mañana cuando vuelvo a mi casa después de una noche con amigos? ¿Qué sonidos y palabras dibujan las caras dormidas y despintadas de esas chicas con camperas de esquimal y piernas al aire?

Eso es lo que buscan los Horneros. Deconstruir nuestra casa y volver a armarla, disfrutando el color de cada una de estas piezas de Lego con las que se arma el mundo. Las palabras son tan importantes como las pausas. El nido se hace ramita por ramita, con mayor o menor pericia, pero al final del proceso no va a importar tanto si tenemos algo bien o mal hecho. Va a ser algo sinceramente nuestro.

ernestodavidsanchez@gmail.com

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