Crónicas | Pecados ajenos - Sobre una bicicleta en la que sólo pedalean algunos pocos, avanzan los dientes de un progreso mentiroso que trae miseria en su vientre. Endulza la mirada de los que, olvidados al lado del camino, fantasean con una fiesta a la que no los van a invitar. Y la historia, empecinada en convertirse en la piedra con la que el tiempo tropieza dos veces, se interpone en el camino para repetir las heridas y demostrarnos que no hemos aprendido nada.

Sobre una bicicleta en la que sólo pedalean algunos pocos, avanzan los dientes de un progreso mentiroso que trae miseria en su vientre. Endulza la mirada de los que, olvidados al lado del camino, fantasean con una fiesta a la que no los van a invitar. Y la historia, empecinada en convertirse en la piedra con la que el tiempo tropieza dos veces, se interpone en el camino para repetir las heridas y demostrarnos que no hemos aprendido nada.

Por Ernesto David Sánchez | Especial para El Corán y el Termotanque

Pecados ajenos I

Mientras cruzo Laprida, en el aire se respira una comunión maravillosa entre el olor a perro mojado y tormenta. El cielo sostiene un reposo tenso, y la vereda parece marmolada por espejitos de agua de lluvia que dibujan edificios y nubes entre las baldosas. Una belleza traidora, como toda belleza. Si no nos preocupamos por calcular la profundidad de cada pozo, la desidia puede costarnos un pie esguinzado.

Poca gente. O mejor dicho, demasiada.

La chica de la entrada sonríe como si no hubiera un mañana. No le preocupa que los paraguas vayan dejando su transpiración por el suelo. Cada persona es bienvenida, y cuando dan sala, ella misma cierra las puertas y se nos une como una espectadora más.

«Gracias por su presencia, pese al clima. La historia que vamos a ver transcurre en el año 2001, en Argentina», dice una sombra de voz grave y oxidada, recortada por la luz de fondo que se escapa por una de las puertas del costado del escenario. Es la primera vez que un presentador me explica el contexto de la obra que voy a ver. No sé si me gusta.

Platos, cubiertos, conversaciones cruzadas. Caos. La obra empieza con una típica comida de domingo. Pasame la sal, qué rica está la salsa y cómo te fue en el trabajo. Conocemos así a los cinco primeros personajes: padre, madre, abuelo y dos hijos. Parece que están ajustados de plata. Entre risas ocasionales, la historia se va desarrollando sin grandes sorpresas. Es más bien una imagen de la cotidianeidad de una familia. El epicentro de ese mundillo es la mesa del comedor.

A medida que la historia avanza, se irán sumando los otros tres protagonistas: un ex combatiente de Malvinas con heridas de guerra, que perdió su fe en la legalidad y participa de toda actividad irregular con el objetivo de sobrevivir; un flaco de pocas luces, al que la hija de la familia se ve obligada a desposar para darle padre a un hijo ilegítimo; y un financista avocado a la especulación y la bicicleta.

A veces es un poco complejo meterse en la historia, por lo acartonados que resultan los diálogos. Ese español medio neutro que no usamos acá, y que genera una puesta extraña, que no termina de decidir si quiere ambientarse en el 2001 o en las novelas de los ‘50. Paralelo a esto, algunos de los actores parecen ser novatos, así que no es difícil aceptarlo y acostumbrarse a las gesticulaciones y los modos. Es posible que la obra haya sido diseñada a partir de ejercicios actorales y estas funciones sean una forma de ponerla a prueba. Y se nota que hay muchas ganas puestas Pecados ajenos IIen el trabajo. Pese a algunas limitaciones, da la impresión de que los actores realmente se esfuerzan por representar a sus personajes. Ese entusiasmo es una de las cosas más contagiosas de la obra. Siempre es agradable ver que hay un esfuerzo dedicado a contarte algo.

Ahora, en cuanto a los personajes en sí, no sé si podría encariñarme mucho con ellos. Después de un rato mirándolos, parecen ser más bien herramientas que conducen las acciones antes que personajes con personalidades propias. Sí, es verdad, se los puede diferenciar claramente, y hasta podríamos decir que cada uno de ellos está representando metafóricamente un tipo de pensamiento o sector social de esa Argentina de 2001. Pero eso es justamente el problema; están representando un pensamiento. Son el estereotipo de un estereotipo, algo que ayuda a guiar la acción, pero que les da tanta profundidad a sus personalidades como la que podría tener un plato de sopa tibio. Y realmente me gustaría llegar a quererlos. De hecho, algunos de los personajes me resultan muy interesantes y veo potencial en las situaciones, pero están tan concentrados en ser funcionales al avance de la trama, que deambulan entre la linealidad y la contradicción.

Mírenme, otra vez estoy divagando sólo en la butaca. Pero ahora que lo pienso, ¿era realmente necesario que esta historia se desarrolle en 2001? Porque, salvo por las pequeñas grabaciones de flashes periodísticos de la época que se escuchan en los intermedios entre una escena y la siguiente, podría olvidarme de la época. La fecha no parece afectar tanto a los personajes. Sus problemas son intrafamiliares, casi sin vínculo con el exterior a excepción del hecho de estar cortos de plata. Y si ese es el caso, hubo muchas etapas de la historia argentina en que las familias tenían poco dinero; hoy día, sin ir más lejos. En realidad, me da la impresión de que el contexto nacional parece ser el ancla al cuello que empuja al guión a reiterar diálogos, intentando reflexionar sobre la situación pero encorchetando a los personajes.

En fin, siguiendo estas lógicas, la obra avanza buscando un sentido coral. Cada personaje tiene algún mínimo desarrollo de situaciones sin priorizar mucho unas sobre las otras. Hasta que, pasada los dos tercios, la trama llega a su conflicto narrativo, el cual no pienso contar para no arruinarles la historia. En realidad podríamos tomarlo como un juego, y debatir cuál le parece a cada uno que es el conflicto. Supongo que si al final de la función le pregunto a las personas del público cuál fue, todas podrían señalar algo diferente. La obra abarca tantas ramificaciones sin destacar una puntualmente, que la tensión termina diluida en varios problemas simultáneos. Sin embargo, eso no quita que las situaciones sean jugosas y que se las podría exprimir mucho. Personalmente, me encantó el desenlace de una de las tramas secundarias. Para no caer en el spoiler, solamente voy a decir que es un desenlace claroscuro, pasado vuelta y vuelta por el barro de la humanidad de una forma muy simple y sincera. Aplausos para él. Si no fuese porquePecados ajenos III la trama que nos conducía a esa situación era un poco irregular, realmente me hubiese dejado un sabor amargo en la boca al salir del teatro y hubiese estado todo el viaje de vuelta reflexionando sobre la condición humana.

Y en realidad, creo que varias personas lo hicieron. Al terminar la función, el público salía comentando las vidas de los personajes. Un punkito que aparentemente estuvo sentado toda la obra atrás mío le comentaba a su novia que estaba sorprendido de lo profunda que había sido la historia; que él había pensado que iba a ser una comedia light. Y esa es la mejor crítica que puede recibir una obra: la sorpresa y el respeto de la audiencia. A fin de cuentas, si vinimos hasta acá, sorteando la lluvia y el frío, fue para eso; vinimos porque buscamos ser sorprendidos. Buscamos que se nos intente transmitir algo. Buscamos respeto. Eso es lo que nos hermana a todos debajo de este paraguas, más allá de las impresiones personales que podamos tener con cada obra. Ese es el motivo por el que nos apasionamos, debatimos y difundimos teatro local. Para que cada vez seamos más personas bajo el paraguas.

El teatro en el que vimos la obra se llama «Amigos del arte». Creo que el nombre es perfecto. En estos tiempos de tormenta y frío, más que nunca tenemos que ser amigos del arte.

Contacto

Sitio Oficial

Ficha técnica:

Escrita por Oscar Moreno y Carlos Vaccaro.
Actúan: Raquel MoyaHugo Bruschini, Álvaro Patetta, Juan Carlos Paolini, Carolina Montano, Alejandro Frezzini, Adrián Ciccero y Carlos Vaccaro
Asistente de Dirección: Mariángel Vaccaro
Dirección: Carlos Vaccaro

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