Un gaucho anda por la frontera. No tiene origen, porque lo perdió al abandonarlo. Se puso al frente de los otros, amenazó a los suyos. Enfrentó al invasor, y sembró el pánico entre los que esperaban un orden autónomo pero subordinado, el orden de sus intereses, de su privilegio interno. Es polvareda, son caballada, paisanos y campesinos armados. Otro nombre que trae muerte, pero también vida. Es un fantasma, de los que recorren el silencio de la historia. Además, se puede hacer palabra. 

Por Estefanía Bianco

«A nada temo, porque he jurado defender la Independencia de 
América, y sellarla con mi sangre. Todos estamos dispuestos a 
morir primero, que sufrir por segunda vez una dominación odiosa, 
tiránica y execrable»

Se le iba la vida por una herida que se tornaba irreversible. Diez días le costo morir. Una bala mundana… ni la impotencia, ni su incansable lucha contra las fuerzas realistas, ni la ambición de la oligarquía salteña, ni la desolación de saberse solo; o quizá todo eso, en una bala.

Güemes, patriota argentino

17 de junio de 1821. Martín Miguel de Güemes muere.

La historia que conocemos (o la que intuimos), nos habla de un jefe militar poco convencional, rodeado de gauchos e indios, que oficia de dique de contención contra el avance realista sobre la frontera norte de un territorio en desgaje. En un intento de complejizar esta visión parcial y sin desmerecer su capacidad de liderazgo indiscutido ni la unicidad de su personalidad, éste podría ser un buen momento para desmitificar héroes e ir más allá del individuo; utilizar su historia y figura para analizar un proceso que ciertamente encarna, del que es a la vez hijo y creador. Güemes expresa la complejidad política, económica y social de la época, en la que el grito independentista –primero subterráneo, luego desenfrenado– comenzaba a trastocar las instituciones coloniales, a alterar las redes de intercambio de una economía basada principalmente en el comercio.

Los años subsiguientes a la Revolución de Mayo están marcados por guerras internas y externas. Los ejércitos realistas situados en el Alto Perú representan una amenaza constante para el norte de un territorio que aún no se define con claridad. Salta es punto de avances y retrocesos, de conquistas realistas seguidas de contraofensivas y resistencia de las fuerzas patrióticas. Los escenarios tiemblan, los actores emergen. Posiblemente 1814 sea un año clave para entender la construcción del hombre y del mito. Los realistas ocupan la ciudad de Salta carentes de recursos y adeptos, por lo que inician el saqueo de ganado de la población residente principalmente en el Valle de Lerma. Un levantamiento armado de campesinos, arrendatarios, pequeños y medianos propietarios, recupera la ciudad. Güemes será quien encauce y comande esta fuerza incipiente devenida en milicia irregular: los Infernales.

Se vislumbra cómo los vestigios de las instituciones coloniales, en parte reformuladas, no bastarían para contener el ruidoso enjambre de actores diversos en movimiento. Las antiguas formas de legitimación del poder empezaban a trastocarse (¿acaso la Revolución de Mayo no es síntoma y causal de ello?), creándose híbridos entre nuevos y viejos mecanismos. Si bien Güemes es nombrado gobernador en 1815 por la élite que compone el cabildo –y por ende, asentado en las estructuras formales y tradicionales de poder–, su legitimidad no proviene únicamente de allí. Para malestar y condicionamiento de esas mismas élites, Güemes supo construir y canalizar el apoyo del pueblo: ese sujeto que se va politizando al calor de las guerras revolucionarias.

Campesinos, pequeños propietarios, arrendatarios, indios; un grupo heterogéneo encerrado en la denominación de «gauchos», componían sus leales milicias irregulares. No sólo congregados por el carisma del líder, ni la sed independentista que corría por estos suelos. Además de esos componentes, fueros militares y posibilidad de cierto ascenso social, eran beneficios derivados de ser Infernal. Aquí se desdibuja la caricatura de pueblo ignorante y pasivo, arrastrado de las narices por la barbarie de caudillos autoritarios. Si bien no podemos hablar de organización plena, programática; creer que «el pueblo» carece de coherencia, intereses y reclamos propios es negar obstinadamente parte constitutiva de la historia, y en ello autocondenarse a una ceguera reduccionista.

La autonomía que le proveía la movilización insurreccional preocupaba al Directorio en Buenos Aires, que frente al temor de lidiar con un nuevo Artigas en el norte, modeló una relación tensa y de continua negociación con el caudillo. El ahogamiento económico, en parte inducido y en parte inevitable, fue uno de los artilugios que implementaron para mantenerlo bajo control. La fragmentación de la Intendencia de Salta del Tucumán, puede leerse en esta clave (quitándole los recursos fiscales provenientes de Tucumán).

Pero principalmente inquietaba a la élite salteña, que veía cómo cercenaba lentamente su capacidad de gobierno, a la par de los disgustos económicos que una guerra de recursos demasiado prolongada comenzaba a generarle. Güemes expresaba las tensiones sociales existentes a la vez que las contenía; y su guerra gaucha para defender la frontera era eficiente. Se había convertido en un mal necesario, que sutilmente ganaba terreno.

Frente a un escenario incierto, en plena construcción, la ambigüedad de decisión y acción es una constante. Así, las élites provinciales oscilan entre un compromiso con la causa revolucionaria (seducidas principalmente por la apertura de nuevas oportunidades mercantiles) y una negativa a seguir contribuyendo con recursos para alimentar la odisea. La guerra deglutía no sólo su patrimonio, sino también los significantes, las jerarquías sociales y el andamiaje político sobre el que asentaban su poder. La capacidad de adaptabilidad de cada quien configura perfiles patrióticos o conspirativos.

Entre 1819 y 1820 se agudizan las tensiones: la dificultad para abastecer a las milicias hace que Güemes, recientemente reelecto gobernador, establezca con crudeza empréstitos forzosos a los vecinos acaudalados. La guerra desangra. El acoso realista no cesa, a lo que se suman conflictos bélicos con Tucumán que se sabían inminentes. En 1820, el poder central raquítico y moribundo finalmente cae. La unidad peligra, y Güemes lo sabe. Integra el núcleo de figuras que a lo largo del período intentan reunir un Congreso que dictamine una Constitución, anhelos que tendrán que esperar para efectivizarse.

«Martín Miguel de Güemes», por Pablo Ducrós Hicken

El panorama es desolador. En mayo de 1821 los miembros del cabildo de Salta se pronuncian contra Güemes destituyéndolo del cargo. El pueblo presiona, se agolpa en la puerta del recinto exigiendo la inmediata restitución. Se ha vuelto intocable, condimento que paradójicamente lo aproxima a su inexorable final.

Una emboscada realista irrumpe en la noche del 7 de junio de 1821. Los vecinos acaudalados, asqueados del caudillo, ofrecen información certera y deciden entregar la ciudad. Güemes descansa en casa de su hermana, Macacha, clarividente quizá del desenlace que lo acecha. Sale a su encuentro, lo enfrenta, una bala lo hiere. Su hemofilia le recuerda que es mortal y no le perdona tamaño descuido.

Diez días le costó morir. Sus gauchos lo lloran, la impotencia desgarra. Pero se saben distintos… ya no son el puñado disperso de antaño, vulnerable a las inclemencias de la incertidumbre y la injusticia. Ese grupo heterogéneo devenido en fuerza indestructible, volverá a Salta con un objetivo claro: su liberación.

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