Crónicas | Agentes del desquicio - La historia nunca es lineal, sino que retuerce su curso para multiplicarse después en las lecturas que aquellos que la cuentan. Nuestro cronista viajó al pasado, más precisamente a Junio del '73, y se encontró con los bigotes, las miradas y las armas que pintaron la época. Reparó en los detalles. Comparó el relato con lo leído en los libros. Trazó el curso de los hechos y comprobó lo que sabía: la repetición, a veces, es inevitable.

La historia nunca es lineal, sino que retuerce su curso para multiplicarse después en las lecturas que aquellos que la cuentan. Nuestro cronista viajó al pasado, más precisamente a Junio del ’73, y se encontró con los bigotes, las miradas y las armas que pintaron la época. Reparó en los detalles. Comparó el relato con lo leído en los libros. Trazó el curso de los hechos y comprobó lo que sabía: la repetición, a veces, es inevitable. 

Por Ernesto David Sánchez | Especial para El Corán y el Termotanque

Agentes del Desquicio I

Tu especialidad es la Torta de Manzana. Nadie te hace sombra en eso. Tu esposa la hace con naranjas porque la manzana se le quema; y harina integral, porque es más sana y siempre hay espacio para que el mundo sea un poco menos feliz. Pero todos saben que no es lo mismo. Todos quieren tu torta. Y así pasas los días, atosigándolos, hasta que ves que empiezan a aburrirse de comer siempre lo mismo. Entonces le agregas un poco de nuez, y caramelizas la manzana antes de ponerla en la mezcla… ¡CRACK! ¡Genio! ¿Qué le hiciste? ¡Cada día te sale mejor!

Eso es el arte. Una receta a la que le variamos los ingredientes para sorprender, pero no demasiados, para que no te asustes por comer algo nuevo.

La virtud de Agentes del desquicio es la de ser una obra que te obliga a pararte tres pasos al costado de tu zona de confort. Y lo de situarte desde otra posición es literal. El escenario del teatro La Morada está diseñado a lo largo, en un solo plano dramático, de forma tal que los personajes pueden deambular, pero no esconderse. Hay dos salidas: unas puertas que conducen hacia habitaciones que nadie del público ve; que nadie vio, excepto los que estuvieron ahí, en la oscuridad. El sentimiento de indefensión es fundamental para la historia, porque la obra trata sobre la previa de la última dictadura cívico militar.

Estamos en Ezeiza, 20 de Junio de 1973. Las líneas duras de la derecha justicialista abren fuego sobre la multitud militante, sin distinguir amigos o enemigos. Los heridos son apresados en forma clandestina y torturados. Nuestra historia empieza en la habitación 108 del Hotel Internacional, mientras Almada, Almirón y Aguirre (triple A) vigilan a los zurdos capturados.

Una historia muy oscura, ¿no? Bueno, en realidad, Agentes del desquicio es una comedia de situaciones. Como un teatro de revistas, pero con fachos que no son mediáticos.

«Tenemos que educar a la juventud. Esa es nuestra misión», grita Almada, entrando por la puerta. Almirón revolea los ojos, harto de las ridiculeces de su colega. Mientras Almada es el catolicismo fanático de la castidad y el lavado de cerebros; Almirón es la racionalidad utilitaria que sólo busca el beneficio propio. Y Aguirre… Aguirre no dice nada. Aguirre es el negrito que trata de pertenecer a este mundo de sobretodos y prepotencia, sin darse cuenta de que es despreciado visceralmente por sus colegas. Siempre obedeciendo órdenes. Es el lumpen que no reconoce su propia condición; pero que, como todo ser humano, tiene al enano fascista acurrucado en un rinconcito del corazón.

Agentes del Desquicio IIJorge FerrucciGustavo Di PintoAriel Hamoui son los actores que encarnan a estos tres bigotudos, dándole entidad a personajes de la historia que a veces no logramos entender, y de los que ni el peronismo ni la sociedad civil han aceptado hacerse cargo. Me gusta mucho el trabajo de todos, pero quiero hacer mención especial a Di Pinto, en su papel de Almirón. Nunca me sentí tan incómodo en una obra de teatro; su mera presencia me helaba la sangre. Era algo en su cara dura, su bigote tupido y su calva prolija.

La historia prosigue entre dudas, miserias y desconfianzas. Así como en el acto de Ezeiza le dispararon a propios y ajenos, acá tampoco saben en quién confiar. Hay momentos muy oscuros y divertidos, que te hacen reír principalmente por lo extraño de la situación en la que surgen los chistes.

De repente algo interrumpe los planes genocidas: Leonardo Favio, locutor oficial del acto, llega al hotel y ve a los prisioneros. Rompe a llorar y exige que los liberen; si no, se mata ahí mismo. ¿Cómo se puede disimular una operación criminal si el artista más famoso del país termina muerto en medio del operativo?

Los prisioneros que todavía siguen vivos son liberados. Todos, excepto Gutiérrez, una chica militante del peronismo de izquierda, con un vestidito corto de los años ’60 que deja al descubierto sus piernas ensangrentadas por un balazo. «¿Quién dejó a esta piba acá? Si ese maricón de Favio la ve, se pudre todo», dicen. Y la tiran al sillón, ella temblando en medio de esta manada deforme de coyotes. Pero Gutiérrez no es ninguna ovejita, y les hará frente hasta donde lo permita la prudencia, cuidando siempre que el próximo balazo no sea entre ceja y ceja.

Agentes del Desquicio III

Gutiérrez es el personaje que viene a cerrar el círculo, desatando las situaciones más extrañas de la obra. La presencia física del enemigo desquicia a los fascistas. Más cuando los mira de forma tan irreverente. Más cuando es una mujer tan hermosa. El personaje, interpretado por Romina Tamburello, les despierta sentimientos oscuros en torno a la sexualidad, las convicciones y las miserias propias. La comedia gana terreno sobre el drama, al punto de caer en algunas contradicciones de personajes. Pero todo es bastante fluido y se perdonan esas licencias dramáticas con tal de alivianar la tensión y reírse un rato más.

Cuando salgo de la sala al final de la obra, sé que la disfruté, pero me siento a medias. No tengo la sensación de haber vivido un drama desgarrador, ni tampoco una comedia hilarante; aunque muchas personas de más edad que yo están alucinadas con el espectáculo. Y creo que ese es el punto. Posiblemente el gran valor de esta obra está en abrir el debate a una etapa poco trabajada de la historia argentina. Una época compleja, de muchos nombres y sucesos. Y por sobre todas las cosas, una etapa que empezamos a adivinar como bisagra de la identidad nacional, y sobre la que hoy en día se levantan lecturas facilistas que intentan nuevamente allanar el terreno a la represión cultural, mediática y social. Argentina sigue siendo esa obra de arte en la que la historia se repite siempre igual, apenas con algunas nueces más, y caramelizada por fuera.

 


Contacto

Agentes del Desquicio

Staff

Actúan: Gustavo Di PintoJorge FerrucciAriel Hamoui y Romina Tamburello
Dramaturgia: Pablo Fossa y Juan Pablo Giordano
Vestuario: Ramiro Sorrequieta
Dirección: Pablo Fossa

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