Cuentos | Bejunjo Riveros, un moralista - Por Brusco Marechal | Ilustración: Guerra de pobres (desconocido)

El hombre no triunfó, no llegó a que lo recuerden. Nada más algunas investigaciones por fuera de todo marco, de cualquier orden o sistema o lugar de consideración. El fútbol tuvo su base ética, su aspiración constitucional. Hubo entrenadores que supieron dejar registro de otras propuestas, alteraciones de la historia conocida y contada. Ni cuándo, ni cómo, ni dónde ni, mucho menos, por qué. Nada más, algo para intuir. 

Por Brusco Marechal | Ilustración: Guerra de pobres (desconocido)

Bejunjo Riveros era un entrenador singular. Es costumbre escuchar floridas prédicas sobre el buen juego e interminables elogios hacia los jugadores más habilidosos, adjetivos enormes y llenos, exageradas adulaciones, como si sólo ellos estuvieran en contacto con la belleza, como si nada más ellos supieran del goce intenso del juego. En ese orbe de tonos enfáticos y entusiastas, ahí, las afirmaciones del Riveros dejaron su marca en la historia.

Existió –según nos lo recuerda Roberto Melaño en su Ensayo sobre los hombres sin fama– una dictadura del canon estético, un régimen inflexible coordinado desde las Oficinas del Sentido del Juego, lúgubre organización que tomó las decisiones sobre el fútbol, disolvió la Asociación del Fútbol Argentino y decretó los parámetros de la virtud y la hermosura durante unos años que no me acuerdo. Melaño, en su larga reflexión, no da exactitudes temporales, únicamente algunos nombres, lugares y situaciones que permiten deducir los momentos históricos.

Ante semejantes circunstancias, renunciar a la fantasía fue penado como alta traición. Bejunjo Riveros, conservador, rebelde y de aspiraciones aristocráticas y obreras, desafiaba ese código moral impuesto en el fútbol de la época, convirtiéndose en el más acérrimo crítico que la destreza y la habilidad jamás hayan conocido.

De profesión docente, nuestro hombre se había acercado al mundo del fútbol de casualidad. Nunca había pisado oficialmente un terreno de juego y en los picados entre amigos, dados sus escasos dotes, generalmente lo mandaban al arco, cuando no oficiaba directamente como árbitro. Melaño recuerda su contextura frágil y «dueño de una figura que invitaba al insulto y el golpe». Este hecho de ningún modo le restaba aplomo, ya que –según sentenciaba– en el fútbol moderno no importa tanto la experiencia como el análisis y la observación. A ese estudio afiebrado del fútbol se había dedicado y, siguiendo sus inspiraciones pedagógicas, redactó las bases y los contenidos de una novedosa asignatura, la cual dio en llamar futbología. Melaño, tardíamente, logró secuestrar parte del material y ofrecerlo en una subasta barrial. Más tarde, por la generosidad de un vecino, llegó a las manos del museo municipal de Villa Giardina y de ahí devuelto a la Casa Patronato del Futbolista Retirado, que prestó los documentos para que los consulte ninguno.

Riveros anhelaba que su materia llegara a dictarse optativamente en los secundarios de modo obligatorio, y en algunas carreras terciarias y universitarias, con un nivel de complejidad mayor. «Conocer los fundamentos básicos de esta materia –decía– es un requisito imprescindible para cualquier futbolista y para cualquier persona que tenga afinidad con las actividades deportivas». Los proyectos que presentó fueron rechazados con burocrática sistematicidad una decena de veces por el Ministerio de Educación. Llegó a hacer fotocopias y repartirlas entre los empleados al terminar el horario de trabajo. Se pasaba horas gritando consignas, parando uno por uno y contándoles sobre su proyecto y la inhumana degeneración que reinaba en el fútbol. Eso a Melaño lo emocionaba: en su libro sobre Rivero cuenta que lloró noches enteras, debiendo abandonar la escritura, al repasar los fragmentos escritos que el entrenador fue dejando. Como hallazgo historiográfico e intentando exculpar a Riveros, Melaño certifica que más de uno de los proyectos que envió no fue aceptado porque Riveros equivocaba la dirección del destinatario y era descartado en la oficina postal.

«En su función docente –cuenta Melaño, el biógrafo, el acongojante investigador–, se desarrolló principalmente dictando la asignatura Formación Ética y Ciudadana, de ahí el alto tono moralista del contenido de su doctrina. Creía fervorosamente en los temas que daba en sus clases, los valores legalistas, la vigencia de la letra constitucional. Esto explica, también, su perfil de preferencias deportivas y su placer por los libros de tapa dura».

Según explica Melaño –el único intelectual de nuestra tradición con la voluntad y el tiempo libre para dedicarlos a Riveros–, sus tratados de fútbol están contenidos en una dimensión ética a veces lastimosa, pero nutrida, se insubordina Melaño, sin la cual resultarían incomprensibles. Los que leyeron la obra cuestionan, antes que un dato o un equívoco, la lucidez del observador. Melaño eligió no dar crédito a los reproches y evitó enredarse en polémicas que consideraba infructuosas. Melaño prefería recluirse en su estudio y no darse con nadie. De ahí la larga mención sobre su antipatía y su extremo aislamiento, que le valió el mote de pensador solitario. A eso Melaño contestó que no era un solitario y que no había acto del pensamiento en alguien que estuviera solo. Le replicaron que ese era el motivo por el cual dudaban de que Melaño pensara. El biógrafo, indignado, iracundo, escribió decenas de cartas con amenazas para sus colegas, pero también él olvidó las direcciones –o nunca las averiguó–. Ninguna disputa pasó a mayores ni es memorable, porque rara vez se produzco alguna.Guerra de pobres, autor desconocido

En sus páginas, Melaño cuenta que, para subsistir, Riveros vendía telefónicamente packs de cosméticos e implementos de cocina y ofrecía en promoción su obra Fútbol, una cuestión de principios. Su éxito comercial fue escaso, más bien nulo, casi nada. Los pocos que aceptaron la oferta podían embadurnarse de cremas y preparar tortas y frituras durante días enteros, pero difícilmente alguno leyó el libro. No se sabe de nadie que lo haya hecho.

Fue precisamente la rectitud de Riveros el centro de los cuestionamientos que se le hicieron. Su línea ética inquebrantable, su testarudez despiadada y ofensiva, y los hongos aposentados entre los dedos que despedían su célebre olor a pata aún con los zapatos puestos. «El habilidoso –expone Riveros– es un ser corrompido. Su función es la de un farsante, su rendimiento se estima de acuerdo a cuantos engaños provocó. Su mayor virtud, la mentira de un amague, consiste básicamente en el cínico doblez de la conducta, que todos sabemos, ni hace falta explicitar: aparentar una cosa para hacer otra, esconder las verdaderas intenciones. Los entrenadores deberían prescindir de los embusteros, eso hace a la dignidad de un equipo».

En otro párrafo, más adelante del mismo texto, que Melaño duda que sea El que se excede, o un mal elemento (un libelo que circuló poco sobre la función disgregante de los volantes ofensivos) sentencia sin vergüenzas: «El jugador habilidoso sólo existe con un acto de egoísmo. Del más ruin egoísmo, el de los cataclismos, los castigos perpetuos, el fuego y todo eso. Para ser, necesita negarle la posibilidad de ser a los demás. Sólo puede existir en tanto habilidoso, cuando niega la pelota a sus compañeros y la juega individualmente, obviando todo el contexto, como si sólo él importara, como si sólo él tuviera la posibilidad de jugar y, por lo tanto, sólo él pudiera constituirse, ser». Estas sentencias ontológicas fueron apreciadas por apenas unos cuantos profesores de danza que buscaron expresiones desmedidas de personajes marginales y de mal nombre para justificar sus coreografías más promiscuas. Melaño, que bailaba mal, desdeñó desde el principio a los coreógrafos y los llamó manipuladores de la verdad y desdichados profanadores del buen Rivero. Llegado el caso, únicamente él, que se había estudiado toda su vida, tenía derecho a infamarlo.

En su avalancha eticista –furiosamente discutida por enganches talentosos y pesados centrodelanteros que temían por la vigencia de los únicos que los mantenían en consideración de los entrenadores– también llegó a condenar ciertas condiciones atléticas como el pique corto. En un pasaje titulado «Solidaridad e iguales condiciones», afirma: «El pique corto es un perjuicio a la integridad y honestidad. En principio, siempre es realizado por un jugador pequeño y veloz ante uno torpe y lento, de modo que hablamos de una inobjetable inequidad que desvirtúa la esencia misma del juego. No hay posibilidad lúdica en tales desventajas. Por otro lado, el pique corto se funda en una competencia. Es en esa disputa con otro donde radica su razón de ser. En efecto, ¿cuál es la necesidad de trenzarse en desafíos quizás hostiles, si se trata de un juego? El fútbol necesita que aprendamos a compartir, que corramos largo y a la par, que se distribuyan las velocidades. Obviamente, esto también armonizará el juego».

Los equipos de Bejunjo Riveros tuvieron resultados catastróficos. Dirigió en ligas regionales durante unos años, mientras maduraba el método. Años después pasó por los torneos interfacultades, una o dos ligas amateurs y el campeonato de célibes que organizaba la Comuna de San Gregorio. Por su renuncia a los engaños, sus equipos estaban integrados por los jugadores menos dúctiles que encontraba. Siguiendo su linealidad de franca competencia, las jugadas eran absolutamente previsibles, evitando todo secreto más allá de los indispensables para mantener el respeto, a tal punto que, en ocasiones, podían oírse confesiones cómo:

―Ahora se la voy a pasar al Nº 8.

―El penal lo voy a colocar al palo izquierdo.

Los adversarios, de ese modo, anticipaban las acciones y aprovechaban las generosidades. Bejunjo Riveros en una oportunidad emitió un comunicado denunciando «La increíble traición de los rivales, una impresionante tendencia a la inmoralidad que debería ser sancionada», porque uno de ellos había metido un gol después de tropezarse y llevarse la pelota por delante. La falta de intención, para Riveros, era razón suficiente para pretender que el jugador rechazara asignarse un tanto.

Cuando uno de los dirigidos por Rivero superaba a un rival dejándolo en una posición ridícula, inmediatamente abandonaba la pelota y volvía para ayudarlo y pedirle disculpas. Convencidos hasta la obcecación por la arenga moralista de Riveros, sus jugadores no podían obviar la alegría al ver la satisfacción de los rivales meter un gol y corrían alocados y sonrientes a festejar junto con ellos. La prensa nacional, enterada del caso, editó programas enteros con fragmentos de videos caseros que consiguieron en los pueblos, burlándose de la excesiva cordialidad de los jugadores dirigidos por Riveros. El furor le duró unos meses y se sostuvo con menos intensidad hasta el segundo año, después ya casi nadie se acordó del personaje que dirigía un equipo de dadivosos en la liga venadense.

En las condiciones planteadas por Riveros, «por la adversidad del medio contra los fines nobles», según sus palabras, era casi imposible que su equipo concretara una situación de riesgo y, en caso de lograrlo, los jugadores, adoctrinados, también metódicos, comenzaban a cederse el paso e invitarse a rematar, sin definir la jugada. Cuenta una crónica de partido publicada en el diario El Alba que, tras un rápido contragolpe y con el arquero rival en el otro área después de un córner, dos jugadores se pasaron «minutos que parecieron más de cinco o seis» cediéndose la posibilidad de empujar la pelota «ante los orgullosos aplausos de Riveros que alentaba a un público absorto a que hiciera lo mismo». Los rivales miraron confundidos, hasta que uno agotó su paciencia y, caminando tranquilamente, se acercó y les robó la pelota. Los dos jugadores, en vez de intentar detenerlo y retomar el ataque, se quedaron comentando la falta de decoro del rival que, como si fuera poco, estaba en condición de local, pormenor que lo convertía en un pésimo anfitrión.

Rivero siempre intentó aplicar las consignas de su proyecto pedagógico, ensalza Melaño, lo llena de alabanzas y calificativos excelsos durante páginas y páginas de puras celebraciones. Los jugadores, por ejemplo, debían rendir examen de ingreso para entrar al equipo. Alejo Savoira, un magnífico volante central que jugaba en Studebaker y era pretendido por varios equipos de la liga, se ofreció jugar gratis en Talleres, entonces dirigido por Riveros, que lo rechazó cuando no supo contestar quién era el dios del caos en el antiguo Egipto.

«Los futbolistas deben cumplir necesariamente las expectativas curriculares –se lee en el Código del fútbol profesional–. En caso contrario, se estaría en falta con el sagrado homenaje al conocimiento. Un contador, antes de poner su estudio contable, debió rendir varios exámenes. Pues bien, un futbolista, antes de ingresar al terreno de juego, también debe hacerlo».

Los comentaristas radiales y después los que atendían el bufet en las canchas encabezaron los reclamos en su contra. Una enorme campaña de desprestigio fue montada en la región, por todos los pueblos se oía sobre la arrogancia del entrenador que nunca ganaba. Se armó un programa semanal que emitía la televisión regional dedicado a comentar rápidamente las incidencias de la fecha y después pasaba a la difamación descarada a Riveros. En el programa, el premio principal era concedido al insulto más creativo que los oyentes lograran dirigido al entrenador. «Durante la campaña en su contra –relata Melaño, adolorido– los días de partido la voz del estadio adjetivaba peyorativamente cuando anunciaba su nombre». En un partido contra Matienzo se escuchó:

―Dirige técnicamente, el impresentable Bejunjo Riveros.

Las hinchadas, por lo general, varios grupos dispersos y expectantes, elevándose nada más que para insultar, elaboraban cánticos en su contra cuando se enfrentaban a Riveros, se amuchaban y llevaban banderas, daban la apariencia de una multitud. Melaño se apena al decirlo, lo cuenta con angustia y por si no queda claro en su prosa plagada de adjetivos melancólicos, lo escribe expresamente, «Qué triste me pone este tipo», avisa, porque conoce el final. Melaño dice que de nada vale extrañarlo, porque a esos hombres no se los extraña, esos hombres faltan.

El final de la biografía que escribió es difuso y no hay precisiones sobre la continuación de la vida de Bejunjo Riveros. La biografía de Riveros incluida en el libro de los hombres sin fama, termina en una rara experiencia poética aludiendo a imágenes infinitas y citas de poemas renacentistas. Se sabe que Riveros tuvo que irse de Venado Tuerto cuando lo echaron de Talleres, que vivió en Río Negro donde aprendió a hacer quesos y que escribió dos libros más sobre la disposición anárquica de las defensas en el fútbol post 2001 y una exhortación pública para la repatriación de talentos autóctonos, donde pedía que Messi encabezara el retorno masivo de las grandes estrellas, «una gesta sanmartiniana, el cruce del Atlántico», exaltó Riveros, e impulsara un ciclo de crecimiento y expansión en el fútbol argentino en calidad, relevancia internacional y sobretodo beneficios económicos. Con ese trabajo tuvo mejores ventas y pudo ahorrar.

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