Crónicas | Die vier Himmelsrichtungen - Nuestro cronista miró la hora, apuró la cerveza y encaró para el teatro. Iba acompañado, porque las amistades nunca sobran cuando hay que enfrentar la ficción. Cuenta que los escenarios se confundían y que el alcohol no tuvo nada que ver con eso. Los espacios para para frenar la mirada fueron multiplicándose, tanto como los colores arriba de las tablas. Tres, que fueron miles, pasaron del amor al desencanto, con la velocidad de un viento que cambia de rumbo, en una obra de nombre difícil y emociones contradictorias.

Nuestro cronista miró la hora, apuró la cerveza y encaró para el teatro. Iba acompañado, porque las amistades nunca sobran cuando hay que enfrentar la ficción. Cuenta que los escenarios se confundían y que el alcohol no tuvo nada que ver con eso. Los espacios para para frenar la mirada fueron multiplicándose, tanto como los colores arriba de las tablas. Tres, que fueron miles, pasaron del amor al desencanto, con la velocidad de un viento que cambia de rumbo, en una obra de nombre difícil y emociones contradictorias. 

Por Lautaro Lamas | Especial para El Corán y el Termotanque

Die vier Himmelsrichtungen | Foto: Ignacio Giovannetti / Foto Arte

Me llegó un mensaje del Negro: «Estamos a la vuelta tomando una fresca». Terminé en lo que estaba, saludé en casa y salí. Al ratito ya doblaba por Lagos rumbo al Mc-Nolos. Desde mitad de cuadra los vi en la esquina: el Leo (el tapicero) parado junto a la mesa de plástico; el Lucas (el herrero) sentado en la plegable con un vaso de cerveza rubia y una botella marrón adelante. Saludé como nos saludamos los hombres amigos en estos pagos: besos, abrazos. Lo ayudé a terminar el vaso. Pagó el Negro y nos fuimos.

Como él tenía la chata en reparación nos tomamos un bondi por Córdoba. Nos sentamos al fondo, uno al lado del otro y ahí fuimos, cagándonos de risa como criaturas.

Llegamos puntuales. Pegamos las entradas y salimos a esperar en la vereda.Un buen rato después amagaron a dar sala y entramos. Faltaba; pero esa acción hizo que quedásemos primeros cuando abrieron una puerta cancel detrás de la boletería y nos invitaron a pasar. Encaramos. Un patio antecedía la caja negra. Les dí los numeritos a una muchacha y entramos: el Leo a primera fila, el Negro tras él, en segunda.

Cuando atravesaba el dintel lo primero que vi allí adentro fue un ojo maquillado como el de McDowell en La Naranja de Kubrick. Lo llevaba así una chica de cabello corto y brilloso de gel, con una hermosa guitarra eléctrica colgada sobre la camisa blanca y el pantalón negro.

Me acomodé al lado del Lucas.

Al lado de la guitarrista una larga cabellera negra se abría sobre la compañera que tocaba cajón peruano y platillo. Estaban en un ángulo, muy junto a nosotros. Pero no se puede decir que ese fuera el frente del escenario. Se completaba el espacio con tres plataformas circulares y tres personas más. Y detrás de ellos, más público. Lo que hacía un escenario múltiple, sin frentes o con miles. Las dos muchachas templaban los instrumentos con delicadeza. Hasta que se abrió otro tiempo. Bienvenidos: comienza la función.

Hay un aire, digo aire porque es invisible, pero es algo distinto del aire, es una atmósfera, un vibrar escénico que de entrada se percibe. Éste a mí me llevó a un circo diezmado. Los que antes eran estrellas están ahí tirados en su sombra: el hombre forzudo, la mujer bailarina, el clown. Los tres alineados sobre sus viejos petates.

El que nos recibe a todos a esta función desvencijada, es, claro, el payaso. El payaso azul de lengua azul, peluca azul y movimientos de tripero. Tripero de trip: viaje.

El payaso azul se pone el saco azul y nos integra a todos en sus encantamientos. Hasta que cae, como buen payaso, en su propio ensimismamiento, y emergen «el grandote» y «la bailarina». Cada uno y sus singularidades, sus voces. Yo un poco me pierdo en ese viaje. Empiezo a mirar detalles. Observo mucho a las dos músicas ya que quedan delante de mí. Son parte de la escena, no sólo de lo sonoro, están todo el tiempo allí, ante nuestros ojos, tocando y riéndose de lo que hacen sus compañeros, los actores, quienes desafían esa presencia que podría delatar que esto es teatro, que es pura imaginación y mirá como te llevamos igual por otros mundos.

Las luces, que siempre miro cuando la obra no me atrapa, esta vez me sumergen más en el viaje. Sí, son luces lisérgicas: rojas, fucsias, azules, anaranjadas.

El payaso ya bajó de su tarima tras contarnos su historia y el grandote y la bailarina fuman cigarros y abren y toman latitas de cerveza. Ya hay distintos tipos de líquido en el escenario: por lo menos, birra y transpiración.

Se van sucediendo acciones e imágenes. Enredos de energía y palabras. Repeticiones. Mi cabeza va y viene. La muchachita de vestido rojo y medias rotas de seda se acerca a nuestro lado del público e invita una latita. Alguien la toma y luego la comparte. Bebemos la mayoría. Mis sentidos ya están alterados: estamos tomando entre el público una cerveza que nos invitó la magia teatral.

Die vier Himmelsrichtungen | Foto: Ignacio Giovannetti / Foto Arte

Las chicas a nuestro lado siguen tirando melodías. Comienza el juego de las seducciones. Se abrazan el payaso de metanfetamina y la muchacha bailarina; son Perseo y Medusa. Anda por ahí el grandote, el barbudo con fierro. Se rondan, se buscan, se torean. Entonces, en un momento de ese viaje, lo veo aparecer al alemán saltando atrás de las palabras como una liebre. El alemán es el autor de la obra.

Me pierdo en los detalles. Cuando vuelvo a concentrar mi atención en la escena la veo a ella fumando, apoyada en una pared, transformada por la luz. La veo mirar al grandote con otros ojos de los que miraba al clown azul. El barbudo lo sabe y se encarama en sí mismo. La huele. Ella, sabedora, abre sus plumas. Él se le arrima y ella se apoya contra la pared. Yo tengo ganas de que se la levante. Me parece que están en el Luna o el Barrilito y después de una larga noche de cerveza, humo y rocanrol ellos dos se encontraron y ahí están, en ese maravilloso momento incierto.

Hay líquidos, humo, luces, ruidos, palabras, rizos, serpientes, abusos. La violencia empieza a ganar terreno. Veo escenas que alguna vez viví. Espacios que transité. Calles nocturnas de una Rosario salvaje.

Ella no se achica ante la potencia varonil de los otros dos. Se estrujan, se arañan, se tironean los pelos y las ropas, como nosotros. El amor emerge, gana terreno.

Yo estoy en muchos frentes, algunos reales y otros imaginarios. Sigo encantado con los detalles y caigo en que no es fortuito: nos llevaron a ese estado haciéndonos apreciar las sutilezas de lo perceptivo. En ese ir y venir me encuentro sacudiendo la cabeza y marcando el ritmo con los pies; estirado, como si fuese a meterme entre el barbudo y la muchachita de rojo que se empiezan a besar.

Están ahí, dándonos amor y punk.

El grandote se levantó a la pibita del Luna o el Barrilito y ya le está desabrochando el vestido rojo por el amplio corazón abierto en la espalda; ella se entrega, lo besa, le come la boca barbuda: hacen el amor sobre una de las tarimas circulares, suenan fuerte batería y distorsión, yo viajo a otras habitaciones, ellos se relamen y oscilan ahí arriba haciendo equilibrio ante un abismo de amor y violencia.

El payaso de met ha quedado a un lado, pero tampoco se rinde. ¿Será el antiguo novio de ella, que todavía la ronda? No lo sé. Pero se reencuentran mientras el barbudo se pavonea en su propia energía desplegada, calzado. Aúlla la loba de la violencia del bosque escénico. Perseo triunfa: agarra de los cabellos a Medusa y le recorre la garganta con un serrucho oxidado. Veo la sangre brotar de ese delicado cuellito blanco y esparcirse por el escenario como si fuese el mismo vestido rojo que se desgarra y chorrea.

Die vier Himmelsrichtungen | Foto: Ignacio Giovannetti / Foto ArteTodo me late muy cercano. Los dos chabones se trenzan a las piñas. El grandote lo faja feo al otro pero éste se incorpora y vuelven a darse. Viejas peleas en bares: vasos y vidrios estallados, gritos y sillas partiéndose.

Sin embargo, todo oscila y ahora los dos hombres se abrazan. Están tan transpirados que sus cuerpos se pegotean y enchastran. Se aprietan con más fuerza todavía. Puedo, como antes, sentirme en el medio de ese abrazo.

La muchacha ha quedado a la deriva, tiene un arma en la mano y apunta a alguien del público.

Estalla la música. Oscuridad. Aplausos.

Nos fuimos caminando y comentando las sensaciones con el Lucas (el herrero), y el Leo (el tapicero). Yo entendí que lo que tenía para decirnos el autor al otro lado del océano es lo mismo que nos dijeron con más fuerza aún los cuerpos escénicos en su entrega teatral y que se repite en las calles de Berlín, Göttingen o Rosario: la vieja disputa entre el amor y la violencia. Avanzamos por Oroño a la hora en que la noche del jueves se transforma en madrugada de viernes, buscando pizza y porrón.

 

Contacto

Die vier Himmelsrichtungen

Ficha técnica
Actúan: Emiliano DassoFelipe HaidarDana Maiorano
Música en vivo: Simonel Piancatelli e Irene Moreno.
Asistencia de dirección: Celeste Bardach – Sol Pierobón.

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