Cuentos | Sobre las maneras de salvarse - Son restos, sobras, desperdicios que todavía están cumpliendo funciones, deambulando, meciéndose en un río sin agua, más bien una corriente de cuerpo flotantes, pedazos de tierra seca que no chupa humedad, anda por inercia, como si no produjeran fricciones. Están libres, pero son condenados. Hay una ciudad dentro de la ciudad. Una encierra a la otra. Algo hay abandonado, se percibe, aunque casi nunca se detecte. El paisaje es distópico, o presente, dos términos demasiado iguales.

Son restos, sobras, desperdicios que todavía están cumpliendo funciones, deambulando, meciéndose en un río sin agua, más bien una corriente de cuerpo flotantes, pedazos de tierra seca que no chupa humedad, anda por inercia, como si no produjeran fricciones. Están libres, pero son condenados. Hay una ciudad dentro de la ciudad. Una encierra a la otra. Algo hay abandonado, se percibe, aunque casi nunca se detecte. El paisaje es distópico, o presente, dos términos demasiado iguales. 

Por D.B. | Ilustración: Matías Lázaro

Llevan presa a una persona.

Una canoa se adentra en una ciudad nauseabunda, inundada. Una canoa que lleva presa a una persona. La prisión es la ciudad en la que se adentran. La ciudad con los edificios bajos. Una ciudad pequeña, en un sitio desconocido para todo quien no es guardia o confinado de la misma. Una ciudad apagada y neblinosa, sucia y desahuciada. Una ciudad-prisión con pocos individuos, sobrevivientes insanos de aspecto arruinado y envejecido. Sobrevivientes lánguidos, abstraídos, observando estáticos por sus ventanas como no haciendo más que eso en los largos días de sus cortas vidas desoladas.

La canoa se adentra entre las construcciones antiguas y devastadas que apenas alcanzan a ser el sostén y guarida de los restos de vida humana abandonados allí. Los restos de vida abandonados en la prisión flotante, erguida sobre un líquido como agua podrida, letal. Sobre un pantano oloroso y mortífero para quien lo toque.
La canoa se adentra y no hay suelo donde pisar cuando acaso se detenga. Sólo paredes con espacios como puertas y ventanas. Y el líquido espeso. El cieno casi deshabitado si no fuese por algunos bichos y microorganismos que
sobreviven a las extremas condiciones, si no fuese por los sapos que se envuelven en una burbuja, eterna para ellos desde chiquitos, y permanecen a salvo flotando entre y sobre algas, hasta que la burbuja se revienta.
 Ilustración: Matías Lazaro
Unos guardias mudos y con ropas manchadas llevan a los prisioneros en canoas hasta la construcción que se les haya asignado a cada uno. Los guardias cuidan de no salpicar gotas del veneno con sus remos, el veneno en que se convirtió alguna vez eso que antes podía haber sido agua.
Llegan a destino y los guardias bajan a los prisioneros, atados con sogas en sus manos y pies, y somnolientos, prácticamente asfixiados a causa del ambiente oloroso al que sus cuerpos no están acostumbrados. Los bajan y los sueltan en las entradas de las casas-celdas donde pertenecerán ahora cada uno, al cuidado de ellos mismos, resistiéndose en principio a aceptar el Apocalipsis que les parece estar presenciando.
Los cuerpos de los presos intentan la supervivencia desgarradora. Los cuerpos y las mentes. Los guardias aflojan sus cuerdas y se marchan. Los presos sostienen sus cuerpos contra las paredes destruidas, contra la voluntad marchitada, contra la vida ahora sombría. Se sostienen y se internan en sus nuevas casas, sus nuevas celdas, e intentan la supervivencia.
La única barrera que les impide ser libres es la muerte. La misma que los liberará para siempre. Una descomposición física dolorosa a la que se someterá quien se anime a saltar al oscuro fluido intentando escapar.
Seguramente consiguiéndolo.
Desafortunadamente no.
Llevan presa a una persona.
Una canoa se adentra en una ciudad-prisión nauseabunda, inundada de asco.
Una canoa lleva presa a una persona hasta su casa-celda sobre un pantano letal.
Sobre un pantano letal bajan a una persona en su celda y un cuerpo comienza a morir.
Su cuerpo es el mío.
La persona soy yo.

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