Crónicas | Una que sepamos todos - Nuestro cronista miró por la ventana, sintió el frío de la ciudad e imaginó un viernes de cine entre casa. Sin embargo, nada de eso ocurrió. Lejos del calor de las frazadas y los guiones de Woody Allen, enroscó la bufanda en su cuello - no sin antes taparse las orejas con un gorro de lana - y encaró hacia dónde un amigo lo esperaba con la guitarra sobre las piernas para colorear la noche. Bebieron para anestesiar el viento y cantaron hasta que no hubo más qué decir. Aplausos y hasta la próxima.

Nuestro cronista miró por la ventana, sintió el frío de la ciudad e imaginó un viernes de cine de entre casa. Sin embargo, nada de eso ocurrió. Lejos del calor de las frazadas y los guiones de Woody Allen, se enroscó la bufanda al cuello –no sin antes taparse las orejas con un gorro de lana– y encaró hacia donde un amigo lo esperaba con la guitarra sobre las piernas para colorear la noche. Bebieron para anestesiar el viento y cantaron hasta que no hubo más qué decir. Aplausos y hasta la próxima. 

Por Javier Galarza | Especial para El Corán y el Termotanque

Catorce que no sepa ninguno

El viernes fue uno de esos días poco frecuentes, que los que somos clase trabajadora anhelamos en demasía: un feriado víspera de feriado. La noche, a decir verdad, se prestaba mas para hacerle el amor desaforadamente a Netflix, que para la salida. Hacía frío y el cielo amagaba a arrojarnos lluvia de inversiones.

Pero no podía no salir porque tocaban amigos, así que me motivé, me dije «Viejo, aprovechá, sos joven» y me fui al ciclo Una que sepamos todos. Salí a la calle. Paré un taxi. Y me fui.

El ciclo es una idea bastante original: un encuentro de cancionistas (cuatro por edición) que tienen que tocar un repertorio de cuatro canciones suyas y la quinta tiene que ser, justamente, una que sepamos todos. La propuesta es dinámica porque los shows no son largos, y la canción conocida hace que uno ancle con su memoria emotiva.

El Centro Cultural El Espiral es EL lugar para este tipo de eventos: no muy grande, no muy chico, con luces tenues y el detalle no menor de servir solamente alimentos que se comen con las manos, para que no moleste el ruido a cubiertos mientras los artistas están en escena.

El primero en subir al escenario fue Matías Trovant, cantante de Azulejo e ideólogo del ciclo, que se despachó con dos temas propios (uno sobre unos jipis que recorrieron el país con el viejo y querido Citroen 3CV). A la hora del cover, bromeó sobre cómo hay canciones que conocemos todos pero que no sabemos la letra:

–¿Conocen «Inundados», de Paralamas?

–¡¡¡Siiiii !!!

–¿Cómo dice el estribillo?

–Inundados deshuar (?) favleas da Mabel (???)

Y todos reímos porque nadie supo cantar lo que en realidad dice la letra: «Inundados, trenchtown, favelas da mare». También nos desafió a que escuchemos las letras de esas canciones ya que a veces las tenemos tan incorporadas que no prestamos atención a lo que dicen. Particularmente hice ese ejercicio en esa canción de Paralamas y escuché una frase a la que no había prestado atención: «el arte de vivir con fe, y sin saber con fe en qué». Me rompió la cabeza.

Uruguay nomá

El primer invitado fue Tabaré Aguiar, uruguayo de treinta y pico de años. Tabaré es el director de una murga de estilo uruguayo, Queso Magro, una de las más importantes en un lugar donde las murgas son importantes. Con lo cual es una especie de semi famoso allá, del otro lado del charco, pero acá es un completo desconocido. De hecho, fue su primera actuación cantando él solo sus temas. Sus cuatro composiciones fueron lo más ecléctico de la noche: algunos de una oscuridad total («La prima de un amigo», sobre las adicciones; «Territorial», que me hizo acordar a «Natural», de Tanguito, sobre cómo marcan territorio los animales y las personas) y otros más luminosos, como «Amor de Pakistán», belleza de canción dedicada a su novia. El cover fue Zamba por vos, de Alfredo Zitarrosa, curiosamente misma canción que eligió su compatriota Pablo Riquero, en el mismo ciclo un par de semanas antes.

Noruega nomá 

El siguiente artista fue Guillermo de Pablo, guitarrista de Pasaje Noruega, que excusándose en que no canta sus canciones (ni siquiera quería hablar al micrófono), compartió escenario con Eugenia Garralda Lazarte, compañera de banda. En su repertorio había una marcada influencia tanguera (a pesar de que quienes fueron a verlo le reprochaban: «¿Qué te hacés el guitarrista clásico si antes tocabas punk rock?»). La cantante se apropiaba de las canciones con una particular y encantadora voz nasal, sin caer en los clichés del género. El cover fue «El karma de vivir al sur», de Charly García. Tanto me gustó que me compré el disco de Pasaje Noruega, que está sonando al momento de escribir esta crónica.

Mi amigo el Chelo

Marcelo González es el cantante de Carmen Maula, banda nueva de la ciudad y director de la murga de estilo uruguayo Los Vecinos Re Contentos. Y sus canciones son sencillamente hermosas. Porque realmente son hermosas, y porque además es mi amigo, y no puedo ser objetivo con un amigo. Y porque la objetividad no existe, son los padres.

Él en guitarra y voces junto a Pablo, su amigo bajista se despacharon con algunas canciones que no hace habitualmente con su banda.

La que sabíamos todos fue otra de Charly, como para dar cuenta de que Charly es lo más. La versión de «Yendo de la cama al living», en plan cumbia, fue un gran momento, aunque yo en su lugar hubiese cantado «Podés ser un gran campeón o renunciar a la selección».

Y mis manos son lo único que tengo

Ana Vélez es baterista, percusionista y compositora. La chica del apellido del equipo que nunca llena la cancha se presentó por primera vez como solista (acompañada de un bajista). Sus canciones fueron bastante raras, como una sobre un curso de astrología que había hecho (!), u otra muy alegre oda a la lluvia. Ana es de esas personas que cantan con el alma y las tripas, tanto que pareciera que en cualquier momento se va a quebrar. Su cover fue «La bien pagá», un clásico flamenco, pero en la versión de La Shica, que da vuelta el sentido de la letra del tema de tintes machistas.

Así fue como todo fue llegando al final. Lo más interesante del ciclo es la falacia de la consigna: porque lo importante para quienes asistimos, en verdad, no fue que cantamos una que sepamos todos, si no que escuchamos catorce canciones propias de autores no tan conocidos. Ese fue el triunfo artístico de la noche. Mostrar que acá están pasando cosas muy interesantes y que sólo hace falta parar un poco la antena.

Al final subieron todos los artistas a cantar, justamente, una que sepamos todos y se despidieron con «La pollera amarilla», de Gladys la Bomba tucumana, porque las etiquetas son para las latas de comida y esto es sólo música. Y nos gusta.


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Una que sepamos todos
Centro Cultural El Espiral

Cantantes

Matías Trovant
Tabaré Aguiar
Guillermo de Pablo
Marcelo González
Ana Vélez

 

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