Cuentos | Campito - Por Nahuel Conforti | Ilustración: Lucas Collosa

Bajo las matas
En los pajonales
Sobre los puentes
En los canales
Hay Cadáveres

Néstor Perlongher

Un rato antes de que llegue ya estaba preparado, esperándolo. Miraba por la ventana ansioso, solamente para verle la cara. Aunque había decidido que no iba a decirle nada porque se tomaba todo muy a la tremenda y se enojaba enseguida. Y después no podía pararlo nadie, como cuando perdieron la final de la Copa Libertadores contra Cruzeiro y al otro día Tato le regaló un par de esos bombones brasileros feísimos. Hubo que separarlos, hasta estuvieron un par de días sin hablarse. Por eso decidí que lo mejor era no decir nada, callarse y escucharlo. Además River y Boca a mí no me importaron nunca.

Por la forma de tocar el timbre me di cuenta que todavía seguía enojado. Agarré el bolso, saludé y salí corriendo hasta la puerta. Antes de saludarme, empezó:

―Me tienen harto. Te digo la verdad: ni lo vi al partido, ya ni me importa. Se arman los torneos para salir campeones ellos. No puede ser que siempre nos caguen así.

Yo tampoco había visto el partido pero traté de tranquilizarlo un poco para que no arranque con el enojo. Cerré la puerta y empezamos a caminar hasta la cancha.

―Eh, no es para tanto, Ruso… Mala suerte, la próxima será. Calmáte un poco. No es para tanto.

―¿Mala suerte? ¿No es para tanto? ¿Mala suerte? El penal que hizo Gatti se vio desde la luna. El burro del árbitro fue el único que no lo vio. ¿Mala suerte?

―Bueno… pero el gol dicen que fue un golazo.

―¿Eh?, no… si el árbitro no dio la orden y Suñé pateó. Ni lo gritaron al gol.

―¿No la clavó en un ángulo?

―¿Eh?… Pero si Fillol no estaba en ese palo porque estaba armando la barrera y el árbitro no dio la orden. Fue muy claro, un robo. Fue tanto robo que no volvieron a pasar el gol en el noticiero.

 ―Bueno, bueno… pará un poco, che…

―Son unos sucios. Unos mugrientos. Cómo no van a salir campeones…

―Bicampeones salieron. Del Nacional y del Metropolitano, quién los aguanta ahora…

―Choros. Además el año pasado nosotros también salimos bicampeones: Nacional y Metropolitano. ¿O no te acordás?

No pude evitarlo:

―Sí, claro que me acuerdo. Después de dieciocho años… cómo no me voy a acordar.

Se quedó masticando bronca porque sabía que yo era neutral y era verdad que estuvieron dieciocho años sin salir campeones.

―Lo de anoche fue un robo. Y los periodistas hablan del gran campeón de Boquita… Los choros de Boca, diría yo. Hoy estaba escuchando la radio… por favor el equipo aguerrido… y claro te pegan hasta debajo de la lengua y los árbitros no cobran nada, así yo también soy aguerrido. Tenés que quedar sangrando para que te cobren foul.

―Bueno, cuando llegás a una final… uno gana y el otro pierde, viejo. Esta vez les tocó perder a ustedes. Tampoco es tan grave: a veces se gana, a veces se pierde.

Llegamos a la canchita y el Ruso seguía enojado pero sabía que todo iba a empeorar cuando lleguen los otros. Abrió el bolso, sacó las medias, las vendas, los botines y empezó a cambiarse.

Yo trataba de no hablar. De no decir nada del gol, ni del penal, ni del partido. Sacó la pelota del bolso y con  un empujón desganado la hizo rodar hasta mí. Era muy gracioso verlo enojado con el mundo, reconstruía el penal de Gatti con gestos y balbuceaba. Yo trataba de no reírme. Dejé la pelota a un costado y empecé a trotar despacito antes de empezar a patear.

―Somos los únicos ¿No había otro horario para jugar?

―No, bah… No sé, yo no lo organicé. Ni los conozco a los del otro equipo.

―¿Quiénes son?

―Creo que van al colegio con Martín.

―¿Qué tal juegan?

Me encogí de hombros, dándole a entender que era verdad que no los conocía. A lo lejos empezaron a distinguirse las figuras de Tato y Martín que se acercaban cantando a dúo: Este es el año… año con fiesta, llega otra estrella… Boca campeón/Fuerza en el grito, grito de gol… llega otra estrella… Boca campeón/Año de Boca cantemos todos, gritemos todos… Boca campeón.

A medida que avanzaban, las sonrisas se les iban ensanchando más. Tato puso las palmas de las manos al costado de la boca para amplificar la voz y empezó a imitar al relator: Una tormenta de nieve parece la cancha de Racing… los papelitos que anuncian la fiesta del campeón del Torneo Nacional. Cuando empezaron a trotar alrededor de la cancha supe que todo iba a terminar mal, imitaban la vuelta olímpica mientras el relato seguía: Comienza a dar la vuelta olímpica Bocaaaa… Han entrado muchos particulares también a festejar esta victoria del equipo dirigido magistralmente por Juan Carlos Lorenzo… Boca campeón Nacional… Como hace cuatro meses dijimos: «Boca campeón metropolitano»… Está dando la vuelta olímpica Boca, muchos jugadores sin la camiseta… Martín al escuchar el relato obedeció: se sacó la camiseta y empezó a revolearla en círculo, sonriendo. Tato seguía: Temporada sensacional la de Boca, festejando el doble campeonato contra su eterno rival… Que no quiere mirar y sigue se sigue atando los cordones que deben medir quince metros…

El Ruso se ataba los cordones cada vez con más con bronca. No aguantaba más, ya estaba al borde de perder la calma.

Y es tan tronco y tan patadura que en vez de cordones debe usar alambre. Se levantó, me sacó la pelota de los pies, la agarró con las dos manos, la dejó caer y antes que toque el piso la pateó con furia contra Tato que se agachó justo y por suerte pudo esquivar el pelotazo.

―¿Qué hacés pelotudo?

―Dale, seguí, seguí… más pelotudo sos vos…

―Pará, loco de mierda, casi le arrancás la cabeza.

Me puse en el medio, le agarré los brazos al Ruso para que se tranquilice. Martín se tiró encima de Tato tratando de taparle la boca, su arma letal. Los brazos de los cuatro se mezclaron sin golpearse, quedamos hecho un nudo humano. Martín y Tato cayeron al suelo; yo quedé abrazando de atrás al Ruso, tratando de revolearlo para que se tranquilice.

Poco a poco, los insultos y las amenazas fueron desapareciendo. Cuando por fin se calmó todo, yo me quedé vigilando la paz entre Tato y el Ruso que se miraban de reojo, y Martín fue trotando a buscar la pelota que había caído en el borde de un pequeño yuyal que había atrás de un arco. Apuró el paso porque sabía que con la pelota rodando todo volvería a la normalidad.

Pero cuando llegó, en vez de agarrar la pelota y traerla, se quedó parado al borde del yuyal, mirando sin avanzar. Estaba quieto, con la cara sorprendida. Me miró y me hizo señas para que vaya. Vi que el Ruso ya estaba más tranquilo pero tampoco quería dejarlos solos:

―Dale, che… ¿Qué pasa? Traé la pelota―, grité.

―Dale, para hoy…

Martín puso el dedo índice transversal a la boca, pidiéndonos silencio, y me hizo señas para que vaya rápido. Empecé a trotar hacia él que todavía estaba parado al borde del yuyal, sin meterse.

―Mirá–, dijo, y con el dedo apuntó entre el pasto.

Por Lucas Collosa

Fui girando la cabeza y empecé a distinguir un cuerpo tirado boca abajo en el piso. Los dos brazos formaban una ele: uno tirado hacia atrás, el otro parecía escondido abajo del pecho. Era joven, tenía pantalones de jean, el torso desnudo y estaba descalzo. Tenía dos heridas: una en el medio de la espalda y otra cerca de la cintura. Ya no sangraba. El viento le llevaba y traía el pelo, parecía un muñeco.

―Dale, che… para hoy viejo―, gritó Tato, pidiendo la pelota.

Agitamos los brazos, llamándolos. Los dos pusieron cara de odio y vinieron hasta nosotros con un trotecito lento.

―¿Qué pasa, che?

Antes que lleguen, les empezamos a señalar al muerto.

Hubo un silencio, muy largo. Nuestras miradas se cruzaban buscando alguna explicación, mirando como el viento le descubría distintas partes de la cara. Nadie se atrevía a decir nada hasta que por fin habló el Ruso:

―Yo lo conozco.

―¿Eh?

―Sí, sí… era alumno de mi tía.

―¿Estás seguro?

―Sí, seguro…

―¿Alumno de qué?

Se puso en puntas de pie, inclinándose hacia adelante para inspeccionar mejor las partes de la cara que no estaban hundidas entre el pasto.

―Del Nacional 1.

―¿Cómo sabés?

―Lo conozco, estoy seguro.

―¿Cómo sabés que es él si no se le ve toda la cara?

―Lo conozco, seguro. Era alumno de mi tía. Del Nacional 1. Seguro.

Fue flexionando las rodillas hasta quedar agachado casi a la altura del pasto, sin avanzar, tratando de ver mejor las facciones de la cara del muerto.

―Sí, casi seguro que es él.

―¿Estás seguro o casi seguro? Recién dijiste que estabas seguro…

Hizo un gesto indeciso:

―Si lo veo mejor… pero…

―Fijate.

―¿Eh? Fijate vos.

―¿Yo? Pero si vos sos el que lo conocés.

―No sé si lo conozco.

―Bueno, andá y fíjate.

―Ni loco. Dalo vuelta, yo te digo desde acá si lo conozco o no.

―¿Querés que lo dé vuelta? Ah, bueno. Aguántame que me saco los botines que son nuevos y ahí voy…

El Ruso se quedó esperando que Martín se saqué los botines.

―¿Sos boludo? A ver si me explico: yo ahí no entro ni en pedo.

―Siempre tan valiente.

―Metete vos.

Tato estiraba el cuello tratando de ver si el viento le descubría otra parte de la cara.

Yo sabía que tarde o temprano todas las miradas me apuntarían a mí.

―Pará, pará, pará… Una cosa es…―, no terminó la oración.

Quedamos sumergidos en una laguna de silencio. Nadie hablaba, nadie sabía qué hacer, ni que decir.

―Algo hay que hacer.

―No, no hay que hacer nada.

Vi que al lado del cuerpo había un palo bastante largo, lo arrastré hacia mí con el pie y le dije al Ruso:

―Yo le corro el pelo. Vos fíjate si lo conocés o no.

Agarré el palo desde la parte más gruesa y manteniéndome lo más lejos posible del cadáver le corrí el pelo para que se le  pueda ver la mitad de la cara que no estaba pegada contra el piso.

―¿Y?

―Sí… Sí, es el alumno de mi tía. Ahora sí, seguro.

Terminó de hablar y tiré el palo lo más lejos que pude.

―¿Qué hacemos?… Algo hay que hacer.

―Nada. No hay que hacer nada.

―¿Cómo nada…?

―Nada, así nomás nada… ¿Qué querés hacer?

―¿Y si nos preguntan?

―¿Qué nos van a preguntar? ¿Si encontramos algún pibe acuchillado en la cancha?

―No son cuchilladas. Esas heridas son de bala.

―Sí, son de bala.

―De lo que sea… ¿Quién nos va a preguntar si encontramos un pibe muerto?

Martín movió la cabeza, asintiendo.

―Si le pegaron los tiros en la espalda es porque se estaba escapando de alguien.

―Puede ser… No sé.

―Parece que escondiera algo contra el pecho.

―Ahora fijate vos.

―No, che… la verdad no parece esconder nada contra el pecho.

―Pareciera… que le dispararon y empezó a correr, se escondió acá y murió.

―O lo trajeron acá y lo mataron.

―Mi tío trabaja en el hospital y la otra vez escuché que le contaba a mamá que un tipo peligroso se había escapado…

―Debe ser este.

―Avisale a tu tío que lo venga a buscar, y listo…

―Pero el hospital está en la otra punta de la ciudad… No llega hasta acá ni loco.

―Y menos descalzo.

―Hay que avisar.

―¿Avisar a quién?

―No sé… a la familia, a la policía… No sé pero a alguien hay que avisarle.

―¿A qué familia?

―No sé vos lo conocés…

―Lo veía en los actos del colegio, qué se yo la familia…

―¿Cómo se llama?

-No sé, no tengo idea. Lo veía en los actos… era alumno de mi tía pero qué se yo cómo carajo se llama…

―Alguien más lo habrá visto… no está muy escondido.

Instintivamente miramos a la calle.

―No está a la vista… pero tampoco está tan escondido. Alguien más lo habrá visto.

―Si alguien lo vio y avisó, ya lo deben estar por venir a buscar.

―¿Y si no lo vieron?

―¿O si lo vieron y no avisaron?

―No está tan escondido. Alguien lo habrá visto.

―El pasto no está muy hundido. Nadie lo tocó.

―¿Y por qué estaba el palo ese al lado? Alguno habrá cortado la rama para hacer lo mismo que hicimos nosotros y después lo dejaron ahí.

El Ruso agarró la pelota, se la puso abajo del brazo y empezó a caminar hacia la cancha esperando que todos lo siguiéramos. Tato y Martín empezaron a caminar atrás de él. Yo lo miré por última vez, el viento le había corrido el pelo de la cara. Los ojos eran redondos y enormes, tenía la boca un poco abierta, los labios dibujaban un gesto de dolor. La cara era muy blanca. Empecé a caminar apurando el paso para alcanzarlos.

Mientras volvíamos a la cancha vimos que los amigos de Martín iban llegando. Tiraron los bolsos y empezaron a cambiarse.

―Che, disculpen que se nos hizo tarde. Nos faltó uno que se enfermó a último momento y buscamos reemplazo por todos lados pero no pudimos conseguir otro.

―No hay drama. Jugamos tres contra tres y hacemos cambios.

―Sí, mejor. Yo estoy medio lesionado.

Empezamos a jugar. Martín los había pintado como jugadorazos, tocaban bien pero no eran gran cosa. Empezamos ganando dos a cero con dos goles de Tato pero ellos no se desesperaban, seguían tocando. El que mejor jugaba de ellos pateó desde lejos y la pelota se le escurrió al Ruso entre las piernas. Se pusieron dos a uno.

Fui corriendo a agarrar la pelota antes que llegue a los yuyos. Cuando volví con la pelota le di unas palmaditas al Ruso en la espalda:

―No pasa nada, tranquilo. Era muy buen arquero, y lo sabía, pero perdía la concentración rápido y a veces entraba muy frío a los partidos.

Mientras caminábamos para sacar del medio vi que apareció un auto blanco. Un Torino. Deambulaban lentamente, rodeando la cancha.

Manejaba un hombre de bigotes y lentes, aunque estaba sentado se notaba que era muy alto. El acompañante también llevaba lentes pero no usaba bigotes, miraban para todos lados.

―Entrá vos. Le grité a Martín que se metió a la cancha de un salto.

Me quedé sentado, saqué la botellita del bolso y le pegué dos sorbos cortitos. Nos pusimos tres a uno con gol de Martín. El Torino blanco empezaba a dar la segunda vuelta, más rápida y desganada.

Estacionaron. El acompañante se bajó y empezó a caminar hacia nosotros. Daba pasos largos pero lentos, sabía que lo estábamos mirando. Rodeó la cancha, se puso atrás de nuestro arco, esperó que la jugada se aleje y, sacándose los lentes, le preguntó algo al Ruso que le contestó con cara de asombro, le señaló la cancha y dio una respuesta corta que no pude escuchar.

El hombre se volvió a poner los lentes y siguió caminando, me saludó con una sonrisa, bajando la cabeza. Le devolví el saludo. Apuró el paso, se apoyó en la ventanilla, le dijo algo al otro, abrió la puerta y se metió en el auto. El que manejaba tiró el cigarrillo, dieron una vuelta más y se fueron.

Cuando giré la cabeza hacia la cancha, vi al Ruso tirado en el piso, la pelota entrando mansa en nuestro arco y ellos levantaban los brazos festejando el gol. Se habían puesto tres a dos, faltaba poco para que termine. Tato, desde el suelo, me pedía el cambio.

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