En medio de editoriales que piden silencio y libertades condicionales que renuevan el terror, nuestra cronista se mezcló en una historia que tiene a un hombre con los ojos vendados transpirando miedo. La vigilia y la realidad se confunden: nadie sabe dónde termina la pesadilla o si recién ha comenzado. El tiempo se retuerce hasta quebrar un relato, que se reinventa para volver a quebrarse. 

Por Mariel Ghilino | Especial para El Corán y el Termotanque

Una vez concluida una obra de teatro o una película, la instancia posterior de charla con quien haya compartido la situación funciona para mí como el armado de lo que quiero recordar, el cierre final de lo representado. En este caso, la conversación con mi compañero volvió a abrirme imágenes de la obra que, como un folioscopio, mi mente empalmaba a cada paso sobre las baldosas grises y húmedas del centro rosarino. Nos dimos cuenta de que aquello que duró poco más de una hora había tenido el impulso que desencadena una verborragia de ideas. Yo le contaba, como quien cuenta un sueño, mis interpretaciones al respecto. Él, las suyas.

Compartíamos una certeza: el contexto en el que transcurre la historia de Jorge es el de la última dictadura militar. Apariciones de forma inesperada, juegos de luz/oscuridad, persecución: la obra tiene la velocidad de una pesadilla. La pesadilla de Jorge. Por esto, se me hizo necesario rebobinar y buscar en lo que absorbí las respuestas a las preguntas (algunas reflexivas, otras como ruego) que se hacía el personaje aprisionado.

Fin de la historia

«¿Dónde estoy?»

Jorge tenía los ojos vendados y, como él, aunque yo podía ver, tampoco supe donde estaba. En esa imposibilidad de ver –de verse a sí mismo–, Jorge imagina y construye por medio de sus otros sentidos lo que está ocurriendo (intuyo que tanto el actor como el personaje). «¿Qué pasó?». No está a salvo, es casi lo único que sabe. El Doctor, investido de ironía, no da respuestas tranquilizadoras. Éste funciona como intermediario de lo que no puede decir que asume, pero que ejerce. En otras palabras, es cómplice. Para Jorge la democracia pasa a ser un sueño que es interrumpido como pesadilla real por un tercer personaje: el General. El actor que interpreta al Doctor abre paso, metamorfoséandose, a la figura militar. Lo cual no es azaroso sino que representa un paso obligado, el puente necesario que se dio entre las fuerzas militares y los médicos civiles. Como se sabe, una de las funciones principales de los médicos en los centros clandestinos era de controlar el umbral entre la vida y la muerte en las torturas.

La discusión sobre la obra perduró en la cena y, de alguna manera, fue la continuación de una charla aún fresca, dada una serie de hechos y enunciados que en estos últimos días intentaron poner en duda lo ocurrido en el período más sangriento de nuestra historia. Ir a ver Fin de la Historia, en este contexto, sensibiliza de manera especial, ya que todavía algunos estamos tramitando el anacronismo de ciertos dichos y actuaciones irrespetuosas y violentas que atentan directamente contra los derechos humanos en plena democracia.


Contacto

Fin de la historia

Staff

Dirección y dramaturgia: Martín Antuña
Actúan: Esteban Angeloff, Santiago Pereiro
Diseño y realización de Escenografía: Carlos Masinger, Martín Antuña
Diseño sonoro: Martín Ricciuti
Diseño de luces: Martín Antuña
Diseño Gráfico: Federico Mecchia, Jesu Antuña
Realización Audiovisual: Lilen Barberis, Maia Basso
Prensa y Difusión: Ana Julia Manaker
Producción Ejecutiva: Sandra Majic

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