El invierno no se decide: se va pero se queda. La noche era apenas un reflejo de la semana, donde el calor amagaba más de lo que podía y el frío juraba atacar de madrugada. Nuestro cronista, sin embargo, buscó transpirar un poco y se mezcló entre vasos que levantaban cervezas mientras cantaban a coro. Fue por eso que escribió su texto después haber saltado lo suficiente, chocando con otros cuerpos, celebrando la reinvención de un artista que le ganó una apuesta al futuro.

Por Javier Galarza | Especial para El Corán y el Termotanque

Si vas a ver a Palo Pandolfo, te podes encontrar con:

a) Que cante solo a los gritos con su guitarra y haga cualquiera.
b) Que haga un show que te rompa la cabeza.

Sin términos medios.

El evento de Facebook decía «Viernes 21 horas», pero suponía que el bueno de Palo a esa hora recién merienda, con lo cual me acerqué a Pugliese pasada las 12:30 de la noche, horario en que habitualmente ya estoy durmiendo. Por haber salido a esa hora, debería ser recordado como un héroe.

Al llegar me encuentro con un amigo, el Geta, rockero cuarentón que oficia de esos hermanos mayores que te cuentan las experiencias de haber ido a recitales que uno, por una cuestión generacional, sólo ve por YouTube. Muchas veces escuché su historia de cuando vio a Divididos en el 91 y eran quince personas. O las veces que vio a Charly en los 80. Esa noche fue el derrotero de veces que vio a Palo y las diferentes experiencias que se pueden resumir en:

a) Que cante solo a los gritos con su guitarra y haga cualquiera
b) Que haga un show que te rompa la cabeza.

Entré al lugar y el ambiente era el de amigos cuarentones que ya no salen, y hacen su permitido una vez por lustro: mucho abrazo, mucho «Hace cuánto no te veía» y mucho «Desde que lo vimos a Palo en el 97» como respuesta.

El show comenzó y la gente tímidamente se acercaba al escenario. No había más de cien personas. Un Palo Pandolfo en un aparente buen estado físico («Estás flaco, Palooo», gritó alguien) subió al escenario acompañado de La Hermandad, banda con la que viene tocando hace un tiempo. La excusa era presentar su último disco Transformación.  El set list estuvo basado en éste («Drácula», «La primavera»), con pinceladas de sus otros discos solistas («Soy el sol»). Pero al sexto o séptimo tema, el primer viaje al pasado. Rasgueos de guitarra y el cantante que comienza a cantar «Una vitrola agogó, tocando y tocando», primeras estrofas de «Taza de té chino», temazo del primer disco de Don Cornelio y la zona. Piel de gallina. Era un pedazo de historia del rock nacional ahí, en vivo, en frente mío. Me sentí uno de esos panameños que van a ver partidos de la selección argentina para ver a Messi y en la primera pelota hace un gol: ya me pagó la entrada.

Toda la emoción se fue al carajo cuando comenzó a molestarme algo que veo habitual en este tipo de shows: gente hablando. Pero hablando fuerte, en situación de boliche, sin importarle si en el escenario están los Rolling Stones o yo, cantando la marcha peronista. Simplemente hablan e imposibilitan la conexión de quienes sí queremos ver el show. ¿Para qué pagás una entrada si no vas a ver el show? ¿Qué es tan importante que no puede esperar una hora? ¿Descubriste la receta de la Coca Cola? Les estoy hablando a ustedes, canoso de saco y flaca de puntas desgastadas.

El show continuó y la premisa parecía ser «hay que dejarlo todo». Palo cantaba con esa forma de cantar tan suya, aullando y moviéndose espasmódicamente, como si en cualquier momento pudiese sufrir un ACV. Su banda (bajo, guitarra y batería), en cambio, estuvo mas bien fría y distante. Mentira. Eran más sacados que él, y juntos eran una bola de energía que te pasaba por encima.

De repente suena «Morel», tema del último disco, un rock pop ganchero, con estribillo memorable («Esta sociedad que te obliga a enamorarte…»). Me hizo pensar que si el mundo fuese justo, esto sería un hitazo que programarían todas las radios.

El cantante prácticamente no habló, pero cuando lo hizo… explicó, por ejemplo, que estaba inquieto porque la luna estaba en la fase saliente al cuarto creciente, y que pronto tendremos luna llena, y que no le gusta estar fuera de su casa cuando hay luna llena, porque la luna es el mar de energía que está en nuestro cuerpo (?).

Qué sé yo.

La banda se despide con «Playas oscuras», clásico de Los Visitantes. Había pasado apenas un poco más de una hora de show. Demasiado poco y la gente lo hace saber, coreando canciones de dicha banda. Qué bajón ser un poeta, hacer letras re zarpadas y que tu público te pida una que dice «pi pa pu papa pi pi pa piui». Vuelven a escena para los bises (que estiró el show casi una hora mas), y Palo les da el gusto al público con «Pi pa pu», «Antojo», «Sapo sapo» y «Estaré». Se armó el pogo al que me sumo porque ya fue todo, y me quedo con la sensación de que tanto en el fútbol como en la música quiero lo mismo: que vuelvan Los Visitantes.

Ya todo era una fiesta y la banda cierra con un tema instrumental, puro noise, y  para finalizar, con Pandolfo solo en escena, jugando con la pedalera y su guitarra a hacer sonidos imposibles, riendo, con esa sonrisa tan genuina, como un niño feliz que sabe que acaba de hacer una travesura.

Acabo de presenciar  b- Que haga un show que te rompa la cabeza, a punto tal que no creo ver algo mejor en lo que queda del año.

Palo Pandolfo está en un gran estado, se reinventó y lanzó el mejor álbum de su carrera solista, a la altura de los mejores de su discografía, y presentó un espectáculo sólido, en el que lo viejo y lo nuevo conviven caóticamente, porque como dice una letra de su último disco «Transformo mi pasado y por eso estoy vivo». Ya lo creo.

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