El desdoblamiento no necesita de dos carnes, más de cuatro brazos, unos pares de piernas. También es una palabra, alegoría, queja, estímulo o reverberancia. La historia se hila, se hace conjunto a lo largo de sus palabras, que esta vez pueden parecer pares de piernas, cuatro brazos y hasta dos carnes que, al unirse, dan lugar a un tercero. Ellos, nosotros, lo otro que viene.  

Por Fátima Linares | Especial para El Corán y el Termotanque

Tres

En esta cama de matrimonio
somos tres. Nosotros
y la Enfermedad.

«Tres» es el sexto poema del libro. Tres versos para tres agentes. Ella, él y la enfermedad. Nosotros (ellos), por un lado; la enfermedad, una intrusa, una invasora de la intimidad, objeto a desgranar y combatir poéticamente, por otro.

Me parece importante señalar este poema porque si bien es el sexto, para mí fue el primero. Acá empezó, en una primera incursión, lo que pude leer como una historia poemada. Desde acá en adelante leí cada composición como un capítulo de la historia de la enfermedad de Ramona, desde la perspectiva de quien está al lado, desde la suya propia y desde los dos juntos, ya dialogando, ya recordando en solitario. Reitero, lo leí así (y de un tirón) como una historia, con los poemas eslabonados por una línea temática, por un tono, y no como un libro de poemas que mantienen cierta independencia unos de otros. La historia, que podría haberse cerrado con un cuento, es la de un drama individual, pero también la de cómo conjurar ese drama a través de la palabra, de los recuerdos, de la poesía.

Según como lo veo, el libro está organizado en dos series, la de ella y la de quien está al lado, los dos sujetos poéticos, los dos yoes con distinta voz. La enfermedad, como tema, atraviesa y coagula las dos series.

«Sufrimiento de otro en su cuerpo», de Diego Suárez

Ella

Ramona es el otro del título. La dueña del cuerpo que sufre tiene una voz notable en este libro. Es una voz en cursivas (con esta variación tipográfica están marcados los poemas), una voz que llega como citada, como la reproducción lejana de un cassette, como una voz querida, conservada, una voz hallada. Por otro lado, desconozco y no nos importa acá si efectivamente los poemas los escribió esa otra que sufre. Pero decido dejarme hablar por ella, empatizo, comprendo que sufre cuando leo, por ejemplo, «Mientras»:

Por las noches despierto empapada
en sudor, las manos crispadas,
las mandíbulas tensas. Mientras
en la habitación contigua mi hijo
se me va de las manos.

Suárez se vale a menudo en ambas series (la de ella y la de quien está al lado) del recurso al punto y seguido en el verso. Creo que es significativo, porque un punto y seguido en una historia como ésta no es poca cosa: por fuera del cuerpo que sufre, la vida sigue. Por otro lado, la serie en cursivas, la que le toca a Ramona, organiza una parte del libro. Se hace cargo, es la que nos pone frente a lo concreto de la enfermedad (la incomodidad, el dolor, el manoseo de los médicos, la paranoia, la invasión, el miedo, los efectos de las drogas, etc.), cuando nos suelta, por ejemplo, en «Ellos»:

[…]
Ellos,
que traban puertas y bajan la voz
al verme venir, se hacen los buenitos
y después me envenenan.
Ellos, que me cambian
de camisón y se turnan
para llevar en brazos un bebé,
mintiéndome cuando les pregunto
qué hago acá, por qué
me hacen esto.

No son poemas de autoayuda ni hay nada bello en la enfermedad. Sin embargo, la mirada poética transforma esa realidad, de algún modo la salva, la rescata, le da un sentido. En los poemas hay verde seco y hay otoño, color y clima predominantes, más que el negro, más que el rojo y definitivamente sin azules, sin grises, sin calor ni verano. Así, en «Camino»:

todas las mañanas
de sol al aire libre
camino sin cesar
sobre hojas secas
camino con marcas
camino hacia mí
para despertarme
lo antes posible

La enfermedad es un otoño verde, uno que hay que pasar y eso de algún modo es una esperanza.

Para quien está al lado
La otra serie, la del que acompaña al que sufre, tiene un poema con este título:

Para quien está al lado
los días pasan pesadamente
arrastrando los pies.
[…]
asiste a otro cuerpo
(al sufrimiento de otro en su cuerpo)
y al asirlo por dentro se siente carcomer
a medida que en su roce contra el suelo
cada hora levanta una polvareda insoportable.

Y creo que junto a «Densidad», en el que una pregunta como «¿Cuánto falta para que esto termine? […] basta para nublar cielo y tierra», son dos de los más logrados. Creo que la imagen difusa, la polvareda, la niebla, la densidad se ponen en juego para pintar el estado de ánimo del que está al lado. Más adelante, en «Cuarto intermedio»,

Aunque sea imposible saber
si la piedra de la locura
ha sido extraída, poco a poco
la tormenta se disipa.

Creo que hay un acierto en este poemario y es el de haber captado el clima emocional, pesado, irrespirable, resignado, que sobreviene cuando alguien que amamos está enfermo. Otro acierto es el de no caer en el golpe bajo, en lo fácil, en el efectismo. Golpea, es crudo, pero no deja en ningún momento de buscar la belleza, la contemplación. Este volumen parece una manera de pasar, de atravesar el momento doloroso, de ansiedad, una manera de sintetizarlo y conjurarlo. Lo que se pierde no se recupera jamás, pero de todas maneras, la búsqueda es la de «una vía de regreso hacia adelante».

Suárez, Diego E.: Sufrimiento de otro en su cuerpo, Editorial Serapis. Rosario: 2013.

Post anterior

«Bicicleta», de Serú Girán

Siguiente post

Casagrande