Dicen los que lo vieron, que nuestro cronista acompañó el recital sentado y tranquilo. Tenía una sonrisa en los labios y un trapo en la mano que no pudo desplegar. Fue, comentan, a ver un show parido hace casi una década y se encontró con algo nuevo. Ahora, el que empuña la guitarra – que supo ser lo que mira la Monalisa- camina por otras metáforas, porque si bien las noches de fisura están a la vuelta de la esquina prefiere cantarles de vez en cuando, como a un amor que se fue.

Por Javier Galarza | Especial para El Corán y el Termotanque

El cantante bienhablado

Televisión abierta fue un improbable programa de la señal MuchMusic en el que una persona convocaba al equipo técnico y hacía su gracia frente a cámaras, y el programa era básicamente eso: cualquierismo televisivo. En una de esas lisérgicas emisiones apareció un tipo con su guitarra, la voz distorsionada y una máscara que le cubría el rostro. Un antihéroe que cantaba canciones muy divertidas, usando un lenguaje soez. Se hizo conocer al mundo como Zambayonny. Un par de inescuchables discos independientes, increíblemente dejó canciones muy particulares que se transformaron en… ¿clásicos?: «Famoso de la chota para abajo», «Averiguá si cojo mucho» o «Las cosas que dejé» (la de «no pude dejar la paja»). Canciones directas, muy divertidas, como si Hugo Varela se hubiera juntado con Yayo y Joaquín Sabina y hubieran compuesto canciones perfectas para agarrar una guitarra y animar un asado.

Así, Zambayonny regrabó en 2008 esas canciones en un show en vivo, él solo con una guitarra, y un sonido hi-fi. Salvando las distancias fue un gol de media cancha, porque plasmó el estilo inconfundible del cantante, y a su vez le permitió salir en programas de mucho rating, donde mostraba esas canciones, todos reían y quedó así pegado al espantoso mote de «cantante malhablado». Sin embargo, promediando aquel disco, hay dos canciones que escapan a la lógica de la rima de las pijas: «Las horas perdidas» y «Me dejó hablando solo», temas en serio, sin puteadas ni nada por el estilo. Como para dar cuenta de que detrás del tipo que podía hacer canciones sobre pajas, había alguien que también le podía cantar al (des)amor, de manera bella y conmovedora.

Su carrera siguió con tres álbumes que exacerban esa veta, sobretodo el último Hotel de canciones, que venía a presentar a Rosario. Con todo eso en la cabeza, fui a verlo al Zamba a la Plataforma Lavardén.

Llegué tarde (cuando no) al momento en que el artista estaba saliendo a escena, hecho que condicionó mi mirada del show, ya que me tuve que ubicar en la anteúltima fila, debajo de la grúa de filmación. Si hubiera un Premio Nobel al imbécil, creo que lo perdería por imbécil.

Una formación de guitarra eléctrica, bajo, teclados y batería acompañaba a Zambayonny, en guitarra criolla. La primera canción fue «El equilibrio del mundo», clásico de aquellos años.

«Vos sos remedio, yo soy la concesión del cementerio
Vos sos belleza, yo soy una traviesa que jugó de centrojas»

De ahí en más, el repertorio se basó en sus últimos dos discos: «La hija de la vecina», «Cuentos chinos», «La mesa de Marechal», «El corazón de las muñecas» y «Viernes» fueron algunas canciones que sonaron. Para «El Roger», único tema de Búfalo de agua (2011, disco en transición de estilos), Zamba pidió que en el estribillo levantemos los celulares, un pedido al que de ninguna manera accedí, porque ante todo, antipático.

Promediando el show, tanto el guitarrista como el tecladista se despacharon con (buenos) temas propios. Lo que hizo dinámica la propuesta fueron los nexos entre tema y tema. Si algo conserva Zambayonny es la locuacidad y precisión para copetear las canciones. Por momentos pareció un stand up: como cuando contó que en un show en Victoria al que fueron a verlo 12 personas (!), hubo uno que estuvo en la prueba de sonido y que luego se fue a su casa, encontró a su mujer con otro y en una pelea se terminó muriendo. «Lo último que viste en tu vida fue nuestra prueba de sonido, que manera de mierda de morirte», bromeó y le dedicó una canción. Muchas veces me parecían más interesantes las historias que había detrás de las canciones, que las canciones en sí.

«Falta un bar donde vendan cervezas», dijo Zamba y más allá de mi problema con la bebida, coincidí en que el contexto de teatro y butacas no era el más apropiado para el show. Así lo entendieron algunos que, sobre el final, se pararon e improvisaron un pogo adelante de todo al ritmo de «Cama cama».

Antes de terminar, casi por obligación, hizo un popurrí en versión cumbia de fragmentos de  temas de antaño: «La incogible», «Averiguá si cojo mucho», «Las cosas que dejé», «Soy Superman» que, si bien son las canciones que fui a escuchar, parecieron totalmente descolgadas del show. Me dio la sensación de que no tenían demasiado que ver con la propuesta artística que estaba ofreciendo. Al público poco le importó y las coreó a viva voz.

«No hacemos bises porque una vez amagamos que nos íbamos y el público se fue», contó el cantante.  Risas generalizadas de la gente que al grito de «Milanesa, milanesa», pidieron el clásico definitivo, «Milanesa de pija», el hit falocéntrico con el que suele cerrar sus presentaciones.

Así, después de casi dos horas, el cantante se despidió con un show que, en términos generales estuvo muy bien, pero me dejó contrariado: fui a escuchar canciones que no hizo (y sabía que no iba a hacer), y sí tocó otras que no me terminan de convencer del todo. No obstante hay que reconocerlo: su propuesta artística es arriesgada; sale de su lugar de confort y éxito asegurado para mostrar otras cosas, y eso es plausible, aunque en el camino pierda la gracia y la frescura. Como si las canciones de Zambayonny hubieran querido dejar de ser un tipo que solo piensa en coger con cualquiera, para ser un hombre de familia que quiere pasear con su amor durante las tardes otoñales de domingo.

Post anterior

Modelos de madre para recortar y armar

Siguiente post

«Bicicleta», de Serú Girán