Por Antonin Katari | Ilustraciones: Celeste Ciafarone

[Poema incluido en la tercera revista de El Corán y el Termotanque, edición Noviembre/Diciembre 2015]

nunca me sentí hermoso, valiente, inmortal
Por Celeste Ciafaronelozana seguridad, irrefrenable entereza
¿será, entonces, que nunca fui joven?
puede que sean tan sólo cambios de épocas,
tenemos que ser jóvenes de otra forma, ¿o no?
algo tan simple para las anatomías
y tan problemático para las generaciones
aunque sigamos tirados escuchando discos y fumando la madrugada entera
o sonriendo feroces de alegría después de una acción hermosa o valiente o inmortal

una vez una chica dijo ―parecés más grande
al escucharla, quería que no me hablara a la cara
ella cogía sin culpas, vivía la vida como en un jardín de infantes
pero aterrizaba en la cama y no intentaba contenerse, casi nunca
toda madama madura jugando con el goce
respiraba y soltaba un gemido débil y sincero
anestesiante:
era imposible no querer morder la carne tostada que se pegaba a los muslos
ir saboreando las curvas de sus piernas
recostada, de espaldas, como alzando una plegaria capciosa
un pedido que desafiaba todas las fuerzas, las mías y las del entorno
casi no podíamos parar, más que para escuchar mejor una canción
¿es que éramos jóvenes?
ella decía que le gustaba la música cuando cogía
se compenetraba en la melodía como parte del sexo
disfrutaba cada acorde
como si lo produjeran nuestros cuerpos

la transpiración resultaba de nuestras obras
[de la pasión, acaso, del vigor y la energía
había otra con que se torcían todas las frecuencias
cogimos con escepticismo, muy callados y rigurosamente
apenas acabamos, los dos sabíamos que no íbamos a volver a vernos
no era disgusto, más que nada conformidad:
sólo un par de veces repetimos aquella certeza de lo negativo
conocerlo tenía su encanto, más que nada
ya habíamos distinguido casi todo lo que teníamos para darnos
nada más para poner en común
pero tampoco desórdenes, despojos, malezas
¿también estábamos siendo jóvenes? ¿o qué, si no?

―penetrarnos es eso― dijo una que era cantante
―dejarnos entrar mutuamente
cada uno de los polvos fue como una consagración
después, sin motivos, dejamos de vernos
nos cruzamos unas cuantas veces
y nos saludamos sonrientes y cómplices
sabiendo que podíamos esperarnos a la distancia, sin deseos manifiestos
antes, como con cierta convicción
coger, en todo caso, era cuestión de decisión
y en eso no tenía lugar el tiempo
¿no éramos jóvenes, acaso?

¿quiere decir eso?
¿jóvenes? ah, ¡jóvenes! esbeltos, rubicundos, expertos en nada
triunfales o triunfantes
hambreados, de perlas, habladores
zarandeando entre postes altos y electrizados, recorriendo escondites
con la lengua violentada en tanto tramite
¿de qué miedo nos habían alejado?
nunca pudimos arrancarnos los ganchos, somos jóvenes
¡jóvenes! Incapaces y aptos de todo, para ser delicias crecedoras
y parirnos en ebriedades lacerosas, dar un beso de los nuestros
proferirnos alguna buena mentira, caudalosa
resucitarnos o reescribirnos con tatuajes porfíos, en auras grandiosas
en cielos dulces de cremas psicotrópicas, chorreantes
jarabes que caen de bocas hórridas hasta las nuestras
esos ojos chiquititos que miran lo alto y se extienden
después alguno se rasca el estómago y levanta la mano
para pedir una ronda más de sus almíbares
las planchas embrujadas como el mar desolado
¿su inocencia infiel? ¿las olas?
podrían habernos llevado, pero nos rescataron
el salvavidas nos dejó en la costa, escuchando los aplausos
era de otro el heroísmo
y nosotros, los protegidos avergonzados
¿la planicie convulsa con los vientos, el amor?
todo eso ya fue dicho
y nosotros seguimos siendo jóvenes

de vez en cuando soplamos y confesamos que todo era una mierda
y eso nos hacía sentirnos cerca, en una habitación oscura y llena de humo
fumábamos y nos pasábamos las manos por el cuerpo
queríamos llegar a algo que no nos hiciera sentir distintos (¿jóvenes?)

la música siempre ayudó bastante para esa rutina, casi era su centro vital
desde ella es que trascendíamos, siendo jóvenes
dos que se hacían mito
estábamos perdiendo, es cierto, como siempre
pero era nuestro modo de resistir,
para eso teníamos que ser jóvenes, ¿no es verdad?
porque sabíamos que no éramos hermosos ni valientes, mucho menos inmortales,
en realidad, no había riesgos que nos alejaran de la muerte
que reposaba constante en el letargo de los ojos ciegos y los dientes negros
en las tumbas, las colmenas y los cercos que rondan y montan guardia
en el interrogante del resplandor que atravesábamos

y es que estábamos acá solos:
un día nos dijeron que debíamos competir
hasta morir (o matarnos)
acá, en una soledad de tecnoduros sacudiéndose
[¿saben por qué?
[¿son jóvenes, también?
rodeados, quedamos,
de lobos que mastican carne de lobos (relamen su semen):
había que espiar siempre desde la mirilla, besar despacio
sin ruido, sin salivas
implorar hasta anestesiarnos
confundirnos en una jauría en rabia
arrancar un pedazo y partir
ser toda fuerza, toda
una fálica entereza
un oso coronado riéndose de sus proezas

nos cogíamos como fantasmas, porque todo lo demás nos había fallado
ninguna adrenalina nos alcanzaba: tomábamos y al rato volvíamos a saber todo
no podíamos olvidarlo, y coger era como olvidar
graciosamente despojarnos de lo que hasta entonces éramos
[¿jóvenes?
olvidar, incluso, que cogíamos porque no podíamos olvidarPor Celeste Ciafarone
¿la toxicidad estaba en nuestras fugas?
¿sonaban a metal nuestras vidas?
nada que las alteraciones y las vibraciones no corrigieran
nos dijeron que llegarían armas para salvarnos
¿una tropa de pistoleros recorriendo las calles?
¿todos?
¿para inventar el pecado y curarlo?
nosotros, mientras tanto, encerrándonos
con nuestras menudencias, en el ciego de los reflectores
palpándonos
hasta encontrar la respuesta de otra piel erizada
y una bocanada que indicara lo incontenible:
una piba que no tenía veinte, de ojos agudos, ágil y sigilosa
tenía la piel lechosa
y los pómulos salientes que le daban intriga a sus facciones
la chupaba con devoción y autonomía, una y otra vez
sin descanso ni preámbulos
como si aquello fuera lo único por hacer en el mundo
chuparla para dar placer, ser maestra en sus artes
encender con dedicación y lujuria
el artilugio que deberá devolver algo de ese deseo aplastante
se reía con ternura cuando le hacía un chiste
y miraba con desinterés desde allá abajo, concentrada
con la verga en una mano y con la otra dirigiendo las caricias, los masajes y las pausas
se reía como una experta y mostraba la lengua
era imposible no arrebatarse y saltar a buscarla
hacerse el joven, por un momento
otra vez estábamos olvidándonos para ser jóvenes
para andar entre chuzas
esquivar aguijones, lamer las piedras preciosas
saltar precipicios, desenterrar vacíos
y coger, una vez más,
ahora por la mañana, con menos revuelo que en la noche
sin advertir aún la resaca
siempre supimos que no saldríamos de ningún manicomio
[¿todavía éramos jóvenes, no?
remontábamos las calles como en una ronda de reconocimiento
y nos sumergíamos en piezas sombrías para olvidar todo lo aprendido
una vez más, las sombras consuelan lo visible
somos nosotros, decía, jóvenes o no
demasiado, por el momento

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