En medio de la semana, para cortar la rutina, nuestro cronista fue a buscar música y le ofrecieron un libro. Zapateó hasta que lo hicieron bailar y prometió leer para completar el trueque. Fue acompañado, para sobrevivir al miedo de la silla vacía, y nos mandó este texto después de haber aplaudido bastante. 

Por Ernesto David Sánchez | Especial para El Corán y el Termotanque

Cuando me enteré que Ramón Ayala tocaba en Distrito Siete, no pregunté demasiado y fui directo a pedir las entradas. Después busqué cómplices, y convencí a una amiga para que se sumara a este recital de folklore. Ninguno de los dos sabíamos que esto en realidad era la presentación de un libro; así que para cuando aparecieron los ponentes, ya habían transcurrido dos cervezas y unas papas bastón. Tendríamos que haber sospechado algo: ningún músico hace un show en una mesa larga con mantel  blanco y botellitas de agua mineral.

Las trincheras ardientes del Paraguay es un libro que habla de la Guerra de la Triple Alianza en forma de poema épico, escrito en décimas. Es una misión titánica que Ayala decidió enfrentar cuando atravesaba unos problemas de salud durante los 80. Básicamente son treinta años de trabajo, compilados en un libro de poesía. Durante la ponencia, Ramón no contiene su entusiasmo y lee continuamente varios fragmentos de su obra. El público lo festeja, alucinado. Distrito Siete está al tope de concurrencia, y la fila de personas que se quedaron sin poder entrar llega hasta la esquina de Córdoba y Ovidio Lagos.

Las trincheras ardientes del Paraguay | Ramón Ayala

Ahora sí, el recital.

«No sé qué pensar», me dice mi amiga. «No sé si me gusta o no». El comentario no me sorprende; entiendo a lo que se refiere. Por un lado, Ramón Ayala no es un músico que les genere una total comodidad a las personas que lo escuchan por primera vez.

Tampoco exageremos. Sus melodías litoraleñas no divagan tanto como las del uruguayo Fernando Cabrera; y sus ritmos y armonías folklóricos son mucho menos retorcidos que los de Raúl Carnota, que por ahí te tocaba una zamba, y te mandaba un acorde de Fa menor séptima con quinta bemol, y el gaucho que lo estaba escuchando se cagaba encima del susto. No, Ayala es más como un cocinero que te prepara tu plato favorito, y te sorprende con unos toques diferentes en los condimentos que estabas esperando saborear. Algunos lo adoran; otros preferirían que se limite a la sal y la pimienta.

Pero en este recital hay algo que está trabajando por fuera de la estética de sus composiciones. Lo que impacta es el tiempo y su paso impiadoso sobre el cuerpo de las personas. El temblor de las manos, las letras que se escapan y las cuerdas vocales que se esfuerzan por no oxidarse.

Estamos acostumbrados a las luces artificiales de los espectáculos, que nos muestren a los artistas en su momento de consagración. Pero, ¿qué pasa con los que ya se consagraron hace mucho tiempo? ¿Todos van a caer en las tumbas de la gloria? Enfrente nuestro está lo que realmente es hoy Ramón Ayala. Un hombre que se regala a su público, poniendo toda su voluntad en cantar sus temas lo más parecido a como los hacía cuando era joven, pero con una garganta que no siempre lo ayuda. Lo acompañan tres músicos: Ivan Elizaincin, Homero Chiavarino y Mauricio Palavecino. Es una formación que pareciera haber sido improvisada para este recital, pero con músicos con una calidad tan grande que se complementan entre sí a la perfección.

Ramón Ayala

Sin embargo, éste no es un espectáculo que gane su potencia en lo musical. Lo emocionante es vivir lo que representa en la vida de Ramón. La decadencia del cuerpo siempre es bastardeada y ocultada de la vista, pero aquí se logra un espacio de intimidad muy emocionante. Ayala es cercano, como un abuelo que nos cuenta secretos al oído la noche de Navidad. Y tal vez se ponga por demás de cargoso con chistes subidos de tono, o interrumpiendo las canciones a la mitad. Pero el respeto y la emoción llenan el aire. Están en el público, que aplaude cada recitado, y están en los músicos, que se nota que lo admiran, y sonríen como nenes mientras se dan el gusto de acompañarlo.

Le piden más de cuatro temas fuera de lista. Y cumple. Agotado, se retira del escenario, dejando atrás los aplausos que quieren abusar de su generosidad nuevamente. Ya entre el público, charla y se saca fotos con cada persona que se acerca a saludarlo. Ni uno es ignorado. De a poco, todo Distrito Siete desfila frente a él. Todos quieren darle las gracias al maestro.


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