Crónicas | Túneles del Monumento a la Bandera - Nuestro compañero fue invitado hace un tiempo a caminar los submundos del edificio más importante de Rosario. La crónica se hizo esperar, pero por fin salió: hay quienes dicen que estuvo varias semanas caminando por debajo de la ciudad y por eso el texto no aparecía. Nos envió lo que sigue, un recorrido que taja la historia entre la oscuridad subterránea y la Marcha de San Lorenzo.

Nuestro compañero fue invitado hace un tiempo a caminar los submundos del edificio más importante de Rosario. La crónica se hizo esperar, pero por fin salió: hay quienes dicen que estuvo varias semanas caminando por debajo de la ciudad y por eso el texto no aparecía. Nos envió lo que sigue, un recorrido que taja la historia entre la oscuridad subterránea y la Marcha de San Lorenzo. 

Por Nahuel Rey | Especial para El Corán y el Termotanque

Sábado 17 de Septiembre. 18hs.

La invitación a hacer una crónica en el Monumento a la Bandera se tornaba tentadora por dos elementos con los que no había contado anteriormente. El primero era temporal, de sábado a las 18, con sol, de bicicleta y del despertar fresco en plena mutación de un cuerpo anti-laboral. Las últimas experiencias de escritura recuperaban un material de trasnoche, de estupor mental, y encontraba ahora la posibilidad de volver de un evento sin la boca pastosa, sin olor a birra y con fuerzas para sofisticar. El segundo elemento de la tentación radicaba en las expectativas que me generaba la palabra «túnel». Alimentaba, desde el primer momento de la invitación, la fantasía de poder atravesar en lo marginal del subsuelo los mismos lugares que contrabandistas, manejeros, estrategas de la ilegalidad y punteros políticos en lo más real de la oscuridad. Fantaseaba con encontrar el lecho desordenado de una Lola Mora fornicadora o el pasillo sin ventanas en el que Manuel Belgrano fumaba porro haciendo chistes sobre los realistas y sus mamás.

Predispuesto, até la bicicleta en la plaza y entré tranquilo, con tiempo, por el Pasaje Juramento. Cinco adolescentes camuflados en un semblante punk-emo-dark desparramaban el primer desborde hormonal que anticipaba lo primaveral y ocupaban los primeros bancos con una guitarra acústica, un skate y un exceso de expresividad. El tipo acompañado de su mujer que empujaba un cochecito, los dos hijos correteando detrás, las fotos de «vos caminá, yo te saco, que parezca casual» y el clásico extranjero, demasiado gordo y rojizo, demasiado rubio y de chomba dentro del pantalón, me recondujeron a la sensación de que en ese lugar el inmigrante ajeno siempre iba a ser yo. El Monumento a la bandera nunca me convocó. Como todos los que vinimos a Rosario, desde ciudades o pueblos cercanos, a extasiarnos de facultad, de polis babilónica y de libertad ficticia pero jubilosa, el desasimiento de la autoridad paternal nos implicaba conquistar a Rosario como nueva madre de nacimiento. Y el Monumento se erigía en toda su potencia como parte de una prehistoria difícil de resignificar. Las visitas escolares, el viaje del fin de semana con la familia y la asistencia a algún evento masivo que se enmarcaba en una agenda cultural –tan lejos de lo que sucedía en mi ciudad– escribieron las marcas que harían que, posteriormente, al arribar a Rosario en plena conquista y sin ideas de volver, el Monumento a la Bandera quedara separado del resto de la urbe, produciéndome una indomeñable sensación de ajenidad. Los recuerdos de haberlo habitado en el los recitales del día de la primavera, en las victorias eufóricas del fútbol mundial, en el barrileteo dominguero con algún amor pasajero o en congregaciones colectivas por alguna reivindicación política-social. Todos esos recuerdos se me presentaban nimios, difusos, faltos de calidad y al atravesar las columnas me invadía una detallada representación de estar en quinto grado, de guardapolvo blanco, fascinado ante la idea de que el fuego de la urna cineraria al soldado desconocido no se apagaría jamás.

Fotografía: Diego Portilla

Así, invadido de pasado, me sumé a la incipiente fila en la vereda que terminó de constituirse con unas ochenta personas. Un público en su mayoría joven, con lentes, de amores establecidos, concretos, que salen a pasear. Flor Gonella me da el «avanti» y me acomodé, con el resto, en la galería de las banderas. Pispié la ubicación de países que no sabía que existían y me sentí medio boludo al darme cuenta de que no conozco Suriname o St. Kittis y Nevis porque nunca jugaron con Argentina en cuartos de final. Nos invitaron a sentarnos en la alfombra que atravesaba el centro de la sala y una señora de voz amable, de contoneo cuidado y movimientos de museo, nos informó que los túneles son internos y que llegan hasta las torres y que eso era todo. Chau fantasía de poder atravesar en lo marginal del subsuelo los mismos lugares que contrabandistas, manejeros y estrategas en lo más real de la oscuridad. Una resignación rápida de una fantasía totalmente infundada. El planteo pausado, con un timing perfecto, nos apuntó que aquello que ha quedado por fuera de la historia oficial, de los manuales Santillana y el relato escolar, no es el anverso oscuro y corrupto de un destino glorioso. No. Lo que ha quedado por fuera, y en ese momento se nos proponía recordar, son las mujeres. Y con esto, la señora que nos inició le cedió el espacio iluminado a Romina Tamburello que, con el pelo recogido y vestida de época, se apropió de la escena sin forzamientos, sin dificultades, en un despliegue magistral, prestándole el cuerpo y encarnando, en una construcción impecable del personaje, a María Catalina Echevarría de Vidal. Intenté volverme permeable, hacerme la idea de la necesidad de reconstruir las versiones de la historia con Echevarría de Vidal. Pero el personaje era pedante y snob. Intentaba, desde el despecho de una histeria melancolizada –que, a pesar del rechazo, daba lugar a la comicidad– situar su valor: el haber cosido una bandera que terminó por aplastarla en un desconocimiento general. Y Tamburello te hace reír; coquetea de manera despiadada con el público e incomoda desde una soberbia radical. Pero el núcleo de Catalina como personaje me reconducía constantemente a lo más barato del reclamo feminista, a la mujer como víctima ante las exigencias de hombres victimarios. Ajeno al monumento y, duelo mediante, disconforme con la propuesta inicial, pensé que eso era todo, que no entraba más, que en lo que quedaba del recorrido iba a ser un espectador autómata e idiota que no se deja afectar.

Sin embargo, finalizada la primera presentación, nos condujeron al atravesamiento del primer túnel y la sensación de filiación y pertenencia, que venía negándoseme desde el comienzo, me asaltó en plena indiferencia, totalmente desprevenido. Angosto, atravesado de luces azules que radicalizaban la oscuridad, el túnel nos sacó del glamour ostentoso e impecable de la sala de las banderas –en el cual se nos había aunado como grupo– para individualizarnos en la indefinición de paredes comidas por las sombras. En silencio, por primera vez solos, nos detuvieron a mitad del túnel y nos invadió el sonido. La marcha de San Lorenzo se destrozaba con el ruido de aviones y comunicados dictatoriales. Lo sónico del peronismo, Malvinas y lo más perverso de la voz radial, Alfonsín cerrando su campaña política, Sábato, los aviones, y la marcha que insistía, por momentos, en hacerse escuchar.

Estaba en medio de una guerra que no había vivido, de una historia de la cual sólo recogía sus consecuencias. La sentía en el cuerpo. El vacío en el pecho, aturdido, era parte de algo  que se me tornaba abismal.

Huellas de la historia | Monumento a la Bandera

El túnel nos dejó en una escena que recreaba, con luces blancas y un exceso de humo, el taller en el que trabajaba Lola Mora. Las estatuas de tetas duras y erguidas, de abdominales y brazos marcados, signaban fálicamente a cuerpos desprovistos de feminidad. Vilma Echeverría encarnaba de manera precisa a esta artista que insistía en «el cuerpo fuerte, la gloria, la victoria». «La mujer en la cocina, nunca pude hacer eso». Echeverría nos entregaba a una Lola que, en el golpe de la piedra, reivindicaba la potencia de una mujer que se negaba a responder a los estereotipos sociales y, dando cuenta de las consecuencias, se proponía, con una mirada firme y un discurso duro e interrumpido, como un ícono feminista.

El recorrido terminó con dos canciones. Una chica de rulos, de mirada tierna y semblante amistoso propuso dos temas e invitó a comulgar, con el canto, una tercera afirmación del lugar de las mujeres en la historia y el repudio a la violencia de género actual. Opté por no subir al mirador y salí a fumar pensando en cómo la marcha de San Lorenzo se destrozaba con el sonido de aviones y comunicados dictatoriales; en lo sónico del peronismo, en las Malvinas y en lo más perverso de la voz radial; en Alfonsín cerrando su campaña política, en los aviones y en la marcha que insistía en hacerse escuchar.

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Monumento Nacional a la Bandera

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