Cuentos | Uno - Por Ezequiel Gatto | Ilustración: Gustavo Oliveira

Quizás sea posible ser ese otro que se renueva en las miradas de otros. Quizás, es probable, hacen falta sólo algunas circunstancias, tan verídicas que pueden imaginarse. Deshacerse en un nombre propio, que toma las maneras de lo reconocido. Y entonces, ya no. Dejar de ser por unos minutos, transmigrarse. Ser entre varios el que se va caminando solo, como un juego de ausencias. 


La fiesta de cumpleaños de quince de mi prima venía bien, pero yo no. Me agobiaba el calor, en pleno junio y en el hemisferio sur.

No era culpa de la gente, no: luego del shock histérico inicial, los presentes se habían ido apaciguando; una expectativa calma se había apoderado del ánimo de la mayoría. Ya no venían a mi mesa a cada minuto a pedirme que les firmara la servilleta, la agenda, la camisa, la corbata, el brazo, la media, el corpiño.

Luego del revoloteo inicial, durante el cual había sido dulcemente sometido a un enésimo ejercicio del autógrafo en mi vida, me había convertido –casi– en uno más. Un primo de la quinceañera agasajada. El que vive en España y le va bien.

No. No era la gente la que me ponía mal. Tampoco el clima, que cumplía con lo esperado para esa época del año.

Era ella. Que no estaba ahí.

Podía sentir su ausencia en mis manos empapadas; en el infierno crepitante que había hecho nido en mi nuca; en los muslos, repositorios desbordados de una energía que me impulsaba a correr. Las leves muecas de malestar en mi cara, mientras arqueaba las plantas de los pies y sentía cómo mis gemelos se acalambraban, eran microexplosiones, sustitutos raquíticos de la tensión interna.

Llovían imágenes suyas en mi memoria, una lluvia sin clinamen, monótona, inmodificable. Los recuerdos se amontonaban detrás de mis ojos y daban el tono a mi mirada. Al observarme más o menos voluntariamente, la gente, mis tíos, la cumpleañera podían creer que yo estaba viendo algo allí, algo de lo que pasaba, algo presente; que mi cabeza se movía respondiendo a los estímulos que la fiesta desparramaba en forma de vestidos, gritos, bailes, cotillón y música de la década de los 80.

Nada de eso.

Yo miraba una ausencia, intimaba con el vacío.

Fue entonces que mi teléfono celular hizo más intensas las vibraciones de mis muslos con una suerte de electroshocks en miniatura.

Dos largas vibraciones del aparato eran traducibles por la recepción de un mensaje de texto. Busqué el teléfono sabiendo que el mensaje era de ella. Y lo era.

Lo abrí y leí: Te extraño mucho!

En ese momento, mi cuerpo se relajó, los muslos se tomaron un respiro. Creo que llegué a sonreír. Pude volver a la fiesta, reconciliarme con el entorno inmediato. Casi participar.

Por un rato, me invadió una alegría que me volvía, no sé, un superhéroe, un inmortal, un ángel. Era imbatible. Atravesaba con una enorme antorcha con forma de mensaje de texto la larga noche del inquieto y huidizo amor.

Di una vuelta por la pista de baile. Incluso ensayé unos pasos con mi prima, quien dirigía una suerte de coreografía ejecutada por unos pocos. Sonaba un tema de Virus, Wadu-wadu. Todos me miraban y reían y yo, generoso, retribuía.

La coreografía se fue extinguiendo –sus participantes se daban a pasos autónomos o abandonaban el baile– y yo decidí que era momento de dar por terminada mi incursión en la pista. Me fui a sentar a la mesa 14, la misma que el patovica de la puerta me había asignado al llegar. Pocos pasos antes de alcanzar mi silla, me crucé con mi tío. Gritándome al oído dijo: «Voy a buscar un champagne, nene. El cuarto, jejeje». Lo palmeé en la espalda, como aprobando o bendiciendo o apiadándome de su borrachera y me senté.

El DJ había elegido El temblor, de Soda Stereo.

De a poco se habían acumulado las ganas de contestar el mensaje: era tiempo de pasar a la acción. Cuando saqué el teléfono del bolsillo del saco, me di cuenta que quería escribirlo en un lugar tranquilo, más silencioso. Más íntimo, en lo posible. A mi alrededor no había nadie, pero yo quería más: quería estar solo. Guardé el teléfono y caminé hacía la salida, suponiendo que en el hall de entrada encontraría algo así.

Me equivoqué.

El patovica de la puerta, al verme solo, se alegró. La exclusividad que seguro deseaba se había vuelto, sorpresivamente, real. Su cara, brillando, se llenó de golpe de una enorme sonrisa que parecía a punto de desgarrarla. Vestía un traje negro, camisa blanca y corbata negra; portaba un cuerpo de gimnasio apuntalado en anabólicos y cama solar. Su felicidad infantil me enterneció. Era como un gigante bueno, o tonto. Le retribuí la sonrisa, sin decir nada. Esa reciprocidad muda pareció detenerlo, recordándole una distancia que su alegría pugnaba por vencer y que su cuerpo ya empezaba a concretar. Lo gambeteé a puro gesto, malogrando su impulso de venir hacia mí. Inmovilizado, de pie, a un costado de la mesa de roble barnizado que constituía su lugar en la fiesta, siguió sonriendo mientras me veía aferrar el picaporte metálico y abrir la enorme puerta de entrada, para que la calle y su frío se colaran en la fiesta; pero, sobre todo, para que una y otro me regalaran unos segundos –pocos, los necesarios para escribir y enviar un SMS– de soledad.

La esquina de Maipú y avenida Pellegrini estaba desierta. Sólo la alternancia de las luces de los semáforos le imprimía movimiento. De no ser por ellas, habría sido posible confundir el paisaje con una postal.

Hacía mucho frío pero yo estaba cómodo. Había encontrado lo que quería, lo que necesitaba: soledad teléfono mensaje ella.

No había acabado de pasar el rapto de alegría (unas cosquillas en la nuca) cuando una silueta se recortó en la luminosidad naranja de la esquina de enfrente, del otro lado de la avenida. Le faltaban pocos pasos para bajar a la calle; caminaba resuelta en mi dirección. No estaba lejos pero no alcanzaba a ver sino sus rasgos más genéricos: un adulto humano, macho, bien abrigado. Molesto por lo efímero de mi aislamiento, cansado y resignado a las presencias, busqué el teléfono en el bolsillo del saco, rogando que el caminante no me reconociera.

Cuando alcé la cabeza, la silueta era ya un hombre específico, concreto, único. Cruzaba lentamente el segundo carril de la avenida, con las manos en los bolsillos. Su cuerpo se ocultaba bajo un largo sobretodo verde que asemejaba la ropa militar del ejército soviético. Unos pantalones grises de paño se asomaban por debajo para terminar descansando sobre unas enormes zapatillas de skater negras y violetas. (Un auto pasó a toda velocidad por Maipú, mientras que el semáforo de Pellegrini obligaba a un ómnibus a detenerse, delatando con un chillido la necesidad de cambiar sus pastillas de frenos).

Mi mirada buscó la suya. En sus anteojos, las luces de Pellegrini se reflejaron inquietas, inmersas en una danza caótica. Por detrás de las lentes, unos ojos relajados, confundibles con el desapasionamiento, se habían fijado sobre mí, sin compromiso, irresponsables. Me llamó la atención su corte de pelo. En la mollera tenía un gran mechón mientras que el resto de la cabeza estaba rapada. Parecía un judío con kippah, sólo que aquí el kippah era orgánico, brotaba del cuerpo.

Tardé unos segundos en reconocerlo. El corte de pelo me había desorientado tanto como los anteojos. Fue a partir de sus ojos y los rasgos de su cara que ese disfraz involuntario cayó y ese personaje hasta entonces ignoto que caminaba por Pellegrini y me miraba sin pasión, se dio un baño de pasado: ¡Era Ezequiel Gatto!

Azorado, no me animé a llamarlo. Entre avergonzado, sorprendido y alegre, lo seguí con la vista hasta que, de pronto, escuché voces que venían del lado opuesto. Me giré: hacia mí corrían unos niños y niñas; detrás de ellos, un adulto avanzaba a paso ligero. Sonó un bocinazo y un auto clavó los frenos justo en la esquina. La ventanilla bajó y la cara sorprendida de un adolescente parecía enmarcada como un retrato. Los niños ya estaban sobre mí, el pibe del auto me señalaba: «¡Es Messi!», gritó. Una de las nenas se abrazó a mi pierna derecha aullando: «¡Lio, Lio!».

Yo volví a girar mi cabeza, buscando a Gatto, a Ezequiel; sentí cómo esta nueva imagen suya, caminando lento por Pellegrini, se instalaba entre aquellas otras más antiguas. Creí que los gritos lo harían darse vuelta, pero nada de eso sucedió. El pibe del auto ya se estaba bajando. De entre la maraña de chicos, brotó una mano con un papel en blanco y una voz dijo: «¿Me firmás un autógrafo, Messi?». Dije: «Sí, dame el papel». Me senté en el tercer escalón de la entrada al salón. La montonera imberbe invadió por completo mi campo visual. No podía ver otra cosa que fragmentos de brazos, cuerpos, abrigos y cabezas, estaba sumergido en la tibieza de un agrupamiento humano.

Firmé el papel y me puse de pie. Mientras saludaba, comencé a retroceder. El patovica, pendiente, comprendió mi deseo y abrió la puerta. «¡Grande Messi!», gritó el pibe del auto, desde la vereda. Lo saludé con la mano.

Antes de entrar, miré hacia calle San Martín. Gatto seguía su camino.

 

«Infierno», de Gustavo Oliveira

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