Adriano Peirone - «Activar la memoria emotiva puede ser interesante para tejer nuevas estrategias» Por Lucas Paulinovich | Especial para El Corán y el Termotanque Desde hace once años, la Facultad Libre es un foco de vitalidad creativa. En principio, fue energía diseminada, desparramada en locales, librerías, teatros y centros culturales. Desde la inauguración de su propio lugar […]

«Activar la memoria emotiva puede ser interesante para tejer nuevas estrategias»

Por Lucas Paulinovich | Especial para El Corán y el Termotanque

Desde hace once años, la Facultad Libre es un foco de vitalidad creativa. En principio, fue energía diseminada, desparramada en locales, librerías, teatros y centros culturales. Desde la inauguración de su propio lugar físico, se volvió una referencia concreta, geográfica, territorializada, de reconfiguración de experiencias institucionales, formas novedosas de registrar, analizar, organizar e inventar saberes y experiencias, una multiplicidad bullente que alterna entre la reflexión teórica y el diálogo con la academia, y la incursión en experiencias cotidianas elaborando conocimiento a partir de prácticas y discursos surgidos desde la calle, los barrios, las asambleas y los espacios comunes. Una «usina mutante», como se define a sí misma, que funciona como reserva activa de pensamiento crítico, de indagaciones que intentan correrse de los cauces ya definidos, que instala preguntas inesperadas, que toca las zonas dejadas a un lado.

Iniciada en Venado Tuerto, desde 2006 comenzó a forjar un camino propio en Rosario. Unos años después de su desembarco rosarino, Adriano Peirone –hijo de Fernando, uno de sus mentores fundacionales–, junto a un grupo de jóvenes, se hicieron cargo de la conducción del espacio y dieron forma a esa experiencia educativo-cultural que, desde su singularidad, suma contenidos y perspectivas propias como un modo de desafío epocal, una apuesta por la redefinición de las agendas culturales, intelectuales y mediáticas, un lazo de conexión entre los universos institucionales y las latencias callejeras, una prefiguración de interlocuciones posibles que se renuevan y valorizan lo otro: otros lenguajes, otros actores, otros saberes, otras maneras de hacer.

Adriano Peirone, integrante de la Facultad Libre

Su presencia indudable y referencial en los ámbitos militantes, de estudiantes universitarios, medios comunitarios y organizaciones sociales, la colocó en un lugar particular durante el intenso mes del balotaje. Fue, también, un momento de desafíos y revaloraciones.

«Nosotros veníamos desde hace algunos años discutiendo internamente y tratando de articular con otros actores para pensar entre otras cosas la dimensión cultural de la ciudad. Veíamos ciertos problemas vinculados a la cristalización, en el sistema político, de demandas populares. Claramente no veíamos lo que venía, eso que se llama macrismo. Hay mucha literatura coyuntural que trata de explicar la situación actual diciendo que había demasiados indicios de una “derechización” o de la emergencia de ciertas subjetividades del consumo. Pero a nosotros nos agarró un tanto por sorpresa, no por ignorar esas dinámicas, propias de las sociedades latinoamericanas bajo gobiernos que mejoraron la redistribución del ingreso, sino que también los nuevos avances políticos de la derecha económica tuvieron que ver con formas de resolver lo político de modo muy circunstancial», dice Adriano.

―¿Qué pasó en la Facultad Libre cuando se supo que había balotaje?

―El balotaje no sólo nos motivó a repensar demasiado rápidamente qué era lo que teníamos que hacer cada uno desde su lugar, sino a reconocer que se habían roto, en un momento dramático, algunos mecanismos con los que se venía «construyendo política» en los últimos años. Evidentemente, nuestra forma de interpretar la acumulación histórica no era necesariamente mayoritaria. Si no, la discusión sobre si era lo mismo una cosa o la otra, no hubiera siquiera sido posible. En ese sentido, nos obligó a activar prácticas diversas, pero la forma de hacerlo que tuvimos varios de quienes la integramos, fue desde otros lugares, no tanto desde la misma Facultad Libre. Uno cree que las dinámicas políticas tienen que ver con temporalidades que no son necesariamente las electorales, pero ahí ya estábamos jugados. Nuestro trabajo de reflexión en torno a los desafíos y los problemas de los últimos tiempos lo vinimos intentando proponer desde hace ya algunos años, siempre tratando de comprender a partir de una escucha afinada, históricamente situada, y sobre todo entendiendo políticamente qué es posible y qué no. Es decir, buscar un pensamiento práctico –o una praxis reflexiva– en el que la crítica sea tal, en el marco de elaborar un cruce entre educación y cultura donde los derechos de las mayorías tengan la centralidad debida: de nada sirve posar de «crítico» sin considerar las consecuencias. Pero cuando el balotaje fue un hecho, lo que se puso en marcha fue una práctica en un registro particular, micropolítico, en el día a día y en el cuerpo a cuerpo, que yo recuerdo particularmente intensa. Una nueva re-politización que obligaba a pensar estratégicamente a todos aquellos que pensábamos que no daba lo mismo un resultado u otro.

 

―¿Y cómo los afectó enfrentarse a ese escenario, qué pasajes a la acción ensayaron?

―Nos tomó la vida. Nuestra generación siempre pensó –a esto me refería antes– que todo iba encaminado hacia cierta acumulación. Era cierto que muchas cosas no estaban bien, pero la sensación era que lo venidero debía ser siempre una realidad moldeada por los efectos de una pulsión colectiva que iba a servirse de elementos de la crítica, pero que ya había superado los noventa, en tanto coletazos de la dictadura. Esa fue quizás una sensación de época. La política tiene cosas que no se definen con trazos largos. Está lo circunstancial, están las candidaturas, formas de resolver demasiado personales. Eso nos conmovió muchísimo y juntarnos fue lo primero para ver de qué manera nos dábamos fuerza y entusiasmo, palabras muy locas en esa coyuntura. Había que pasar a un trabajo fino, de mano a mano. Durante esos días fui recolectando testimonios de Facebook y uno observaba cosas muy curiosas, gente que hablaba de cómo la política le había cambiado la vida, directamente. Eran reflexiones sobre la vida de cada uno, la idea que se hacían de la política, la concepción que tenían del trabajo, el lugar de la propia valorización del recorrido de cada familiar o amigo, vinculando la historia nacional con la vida de cada uno. No sé cuántos momentos se dan así en sociedades supuestamente deshistorizadas, no es algo que sucede todo el tiempo. Ahí se activó la necesidad de romper los automatismos argumentales para empatizar políticamente con otros más allá de la noción de verdad. Los últimos años era difícil pararse en un lugar que no fuera de trinchera y eso imposibilitaba la discusión. Eso en el balotaje se replanteó y, dentro de la tragedia de retroceder como nunca, activar esa memoria emotiva –algo difícil por la dureza de algunas «verdades» posteriores, pero no imposible– es algo interesante para tejer nuevas estrategias.

Un hábitat de nuevos saberes

Hablamos en la sede de la Facultad Libre, una casona antigua en el centro de la ciudad. Fueron los propios integrantes del espacio quienes la pusieron a punto: trabajaron para tirar abajo una pared, pintaron, colgaron la biblioteca, pusieron la tarima, fueron adecuando el lugar hasta volverlo un punto de encuentro que es biblioteca, salón de clases y conferencias, ambiente de fiestas, reflexiones y discusiones. En la Facultad Libre convergen organizaciones de derechos humanos, profesores renombrados, intelectuales destacados, agrupaciones políticas, militantes, activistas, profesionales, estudiantes, escritores, artistas, trabajadores, público: un entrecruzamiento de roles y funciones, una interacción generadora y proactiva. Se da un diálogo permanente y vibrante. Se dictan clases, se presentan libros y revistas, se organizan recitales, se dan seminarios, se realizan festejos. En definitiva, hay vida. Esa misma condición hizo que, al saberse los resultados de las elecciones generales, muchos cayeran a buscar amparo, explicaciones y orientaciones para salir a hacer en ese mes convulso de balotaje.

―Hay un reflujo cultural muy pesado que no estamos pudiendo contrarrestar –afirma Adriano, y arma media esfera con las manos–. No estamos generando voceros a la altura de las discusiones que tenemos que dar. Hay que intentar reconstruir experiencias invisibilizadas, que logren decirle algo a «la gente» que vaya más allá del punitivismo extendido en estos días. Aprender a generar imágenes potentes. Frente a los grandes laboratorios del marketing, lo único que puede salvarnos es radicalizar el pensamiento colectivo, una especie de lo experimental al revés: identificar en la profundidad de la palabra experiencia lo que no tiene que ver con el mercado sino con la vivencia, sólo ahí radicará la contra-política para lo que viene.

―¿Qué nuevas herramientas pensaron en este año a partir del avance del macrismo?

―Un retroceso cultural y político, como sinónimos, implica que, por ejemplo, si queremos plantear pensamiento crítico en torno a la educación, hay que hacerlo con cuidado porque puede ser un argumento en favor del desmantelamiento del mismo sistema que nosotros queremos mejorar, ampliar, hibridar. Lo mismo respecto del rol del intelectual. La base social dura del gobierno nacional actual es anti un determinado tipo de intelectual, que es el que plantea ciertas preguntas en un espacio público al que generalmente no se le da lugar. El gobierno tiene sus intelectuales, comenzando con los vinculados a la Iglesia, pasando por el marketing, universidades privadas y oenegés. Nosotros, en algún momento, planteamos discutir acerca de las consecuencias educativas de la igualdad de las inteligencias, y el lugar del maestro ignorante, con Rancière, para acompañar a otros saberes que queríamos que empiecen a ser estudiados como tales. Queríamos pensar qué tipo de experiencias toman el rol del saber adentro de las instituciones educativas, con potencia incluso para hacer el «pasaje a la enunciación» educadora, intentando con ello romper con cierta circularidad, para hibridar lo instituido. Lo estábamos pensando de manera conjunta con algunas universidades nacionales, a partir de prácticas que vienen de afuera de la universidad misma, considerando como otro desafío el de darle lugar profesoral a las experiencias que hoy no son netamente académicas. Para esas discusiones tenemos mucho menos margen.

―¿De qué manera piensan la cuestión organizativa en relación a estos otros actores en términos de alianzas?

―Nosotros no somos los que reivindicamos el 2001 como un momento insurreccional fundante. La tragedia que significó el hambre y la represión la atravesamos generacionalmente sin demasiada capacidad de acción política. Éramos muy pibes, teníamos entre 10 y 12 años en 2001. La inventiva no representacional tuvo puntos altos, pero también dificultades de sostenimiento y profundización. Además, hubo muertes, mucha represión y mucho dolor colectivo. Nuestra forma de pensar esos momentos no tiene tanto que ver con la reivindicación directa del espacio asambleario, sino con ver las lógicas con que se logra desde las organizaciones y espacios que no forman parte del Estado ni del mercado, influir, permear, devorar lo institucional para reinventarlo. Tratamos de pensar la Facultad Libre como un proyecto que ha hibridado recorridos por un lado académicos, con cierta búsqueda de sensibilidad crítica y popular, y por otro, aquello que de distinta manera no es necesariamente captado por la lógica endogámica que a veces se da en el espacio universitario. En ese camino, hemos trazado vínculos con una cantidad considerable de actores diversos, con sus trayectorias y formas de laburos en distintas dimensiones de lo social. Hemos articulado, buscamos elaborar conocimientos conjuntos con muchas organizaciones de trabajo barrial, con cooperativas, movimientos sociales, revistas, editoriales, comedores barriales, centros culturales, o distintos sindicatos, como también con algunas dinámicas más entroncadas con el Estado, como proyectos de investigación universitaria, ministerios y hasta municipios enteros. En ese sentido, no nos regimos por esencialismos topográficos. Lo que se busca es trazar vínculos pensando la necesidad de generar un cruce diferente entre educación y cultura, concibiendo a ésta última no como la producción de eventos aislados sin espacio para lo reflexivo, pero a la vez pensando lo educativo en lo que tiene de suceso cultural, sobre lo que pasa en la ciudad. Y también de hincarle el diente a la universidad para acompañarla a ser un actor que hable en el espacio cultural. Con la cantidad de cosas interesantísimas que pasan en la universidad, por ahí no se le ha encontrado la capacidad de que eso permee como una voz fuerte en el debate público de la ciudad, quedando siempre por detrás de actores privados con mayor capacidad de presión.

―¿Y esas nuevas dinámicas y vínculos cómo llegan a la propuesta pedagógica?

―Este año tuvimos algunos aciertos fortuitos, porque la agenda de contenidos la trabajamos con un año de anticipación. La visita de Rita Segato un mes antes del Encuentro Nacional de Mujeres no lo habíamos pensado así, pero generó un vínculo estrecho con la movida. Es alguien que viene de la reflexión sobre el rol de la mujer en la sociedad, la violencia de género, desde lugares no automáticos, con trabajos de campo muy serios y de muchos años. Lo que recogimos, sirvió mucho como insumo para seguir discutiendo. Ahora estamos dándole vida a un espacio que se llama Cambiamos, para proponer discusiones que puedan salirse de la opinología y de las lecturas partidarias de la situación actual. El seminario sobre historia argentina a partir de las grandes movilizaciones sociales fue un éxito rotundo, por ejemplo, quedando incluso gente afuera, aun siendo una de las propuestas aranceladas por ser anual y por los gastos que nos implica. En varias propuestas vinculadas a cuestiones tan aparentemente disímiles como seminarios sobre literatura y nuevas tecnologías, educación y lógicas de encierro, o propuestas sobre economía popular y pensamiento latinoamericano, hasta en algunas presentaciones de libros se han visto desbordadas de gente. Por último, en nuestra casa suceden ciertas dinámicas sin tanta difusión, grupos de trabajo, investigación o lectura en horarios diversos, que son igualmente festejables para nosotros y que significan una parte neurálgica de lo que es la Facultad Libre, que apuntamos a potenciar.

―A partir de esta crisis emocional que mencionabas y que dificulta ciertos interrogantes, ¿qué lectura de diagnóstico y proyección hacen ya con un año de gobierno macrista encima?

―Estamos demasiado apasionados con algunas discusiones y eso no nos juega la mejor pasada. Hay mucha movilización social, hay muchísima mejor organización que en momentos anteriores de crisis, pero no se ve todavía que eso pueda condicionar el espacio político partidario. No es la única dimensión que hay que atender, es un momento para darle de nuevo impulso a construcciones con otra temporalidad. Pero nosotros, justamente, un poco estuvimos desanclados de la disputa política partidaria, por supuesto sin desconocerla. Como proyecto educativo y cultural no nos pensamos como dadores de respuestas cerradas. Nos parece que tenemos que dar determinadas discusiones, formarnos y tomar verdadera nota de cuáles fueron los problemas de los escenarios de centralidad de gobiernos nacional-populares. Entonces, es necesario construir nuevas narrativas, articulaciones mejor establecidas sin la dependencia del Estado. Son ciclos vitales y fue más que llamativo para nosotros la insistente afluencia de gente que nos preguntaba si seguíamos. Tenemos que sacar los condicionamientos para imaginar estos espacios y que puedan sostenerse por sí mismos, sin caer en el «emprendedorismo» neoliberal. Hay híbridos latentes, imaginarios antes utópicos que son superados por lo real, y de año a año puede pasar que haya que redefinir el formato institucional. Nuestra generación está en un lugar clave: no somos ni netamente digitales, pero estamos ahí de serlo. No podemos seguir pensando en clave demasiado moderna, tradicional. Hay que generar nuevas traducciones entre lo que son los emergentes de nuestra época y lo que son nuevas institucionalidades. Tenemos la necesidad de construir un contra-poder respecto de lo establecido, sobre todo en momentos como éste donde pareciera que sólo ganan lugar las minorías concentradas. Hay un piso social y cultural muy potente, aunque así no se lo vea por estas horas. Se trata de extremar lo experimental, de ampliar dinámicas de afectación colectiva, de apostar por la ambición política de lo que está afuera. Es la única manera de contrarrestar la violencia que lo excluyente nos quiere inocular. Otra no nos queda.

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