Cuentos | Habría que escribir - el monólogo interno sostenido de un antieyaculador, un tipo que no puede eyacular, que intenta, intenta y no eyacula, como si siguiera teniendo ocho años, diez años, una edad en la que el cuerpo todavía no produce esperma, como si se hubiera quedado detenido en la infancia, al borde de la pubertad

Relato e ilustración publicados en nuestra tercera revista de Literatura y Artes.

Habría que escribir | Por Leo Montes

Por José Sainz | Ilustraciones: Leo Montes

el monólogo interno sostenido de un antieyaculador, un tipo que no puede eyacular, que intenta, intenta y no eyacula, como si siguiera teniendo ocho años, diez años, una edad en la que el cuerpo todavía no produce esperma, como si se hubiera quedado detenido en la infancia, al borde de la pubertad, se le podría suponer algún trauma para justificar el vacío, el tipo crece y crece, sigue la línea de desarrollo humano, aumenta el tamaño del cuerpo, el cerebro le funciona bien, tiene cierta estabilidad psicológica, va al colegio, le salen granos, se le insinúa vello facial, la zona púbica se le va poblando de pelo, avanzan los músculos y los huesos, se hace más alto, más largo, empieza a dominar el cuerpo, a perder torpeza, a ganar coordinación, un día tumba a un arquero de un pelotazo y se siente joven, medio eterno, le parece que a Romina, del otro curso, sentada en el filo del cantero del patio de atrás, que da a los salones, le parece lo mismo que a él, siente miedo, como si le retorcieran la sangre, y no entiende que eso es algo así como el amor, unas semanas después anda de la mano con Romina, se separan un verano, se extrañan, se ven unos días antes de empezar las clases y a ella se le empiezan a notar las tetas como dos granos por debajo del uniforme, como el principio de dos cuernos, todavía faltan años para que el pecho le haga bulto y la parte baja de la remera se le despegue del vientre, cada tanto se rozan, se frotan un poco, él escucha que sus compañeros hablan de un líquido espeso, blanco, hay uno curioso, que un día va a tener una beca del conicet, pero eso es otra película, que dice que llegó a probarlo y que es salado, todavía no apareció internet y entonces nadie dice «el sabor depende de la dieta», hay reuniones en la casa de un amigo en las que se juntan nueve o diez y apagan las luces del living, los padres duermen, los chicos ponen el canal porno, un montón de líneas en movimiento entre las que a veces se intuye el filo de un pezón, y se masturban en grupo, en masa, como si fueran un ejército, y el tipo, que todavía no termina de ser un tipo, comprueba que es cierto eso del líquido, que sus amigos, después de un rato de apretarse y estirarse el pito, sangran blanco por la punta y se desinflan, como si les hubieran abierto la válvula vital, él hace fuerza, siente presión en la muñeca derecha, es zurdo pero se hace la paja con la mano incómoda porque escuchó que así parece que te la hace otro, otra, piensa, y hay algo decisivo en que te la haga otro u otra o en que parezca que te la hace, se le endurece la muñeca derecha, parece que el cuerpo se le va a escapar por el agujero con el que mea, cierra los ojos, adivina una lengua en el centro de la pantalla, la imagen le hace acordar a esos libros llenos de puntos de colores a los que hay que mirar fijo durante un par de minutos para encontrar un barco navegando erguido, piensa barco, vela, verga, vuelve a concentrarse, aprieta un poco más, siente que se va a desarmar, Romina se le cruza en el zapping cerebral, el ombligo de Romina, piensa en los huecos de Romina, en las cuevas, en las cavidades de Romina, se le tensa el cuerpo hasta los bordes, encoge los cuádriceps, todavía no sabe qué son los cuádriceps, abre los ojos, se inclina hacia adelante para despedir el líquido blanco sin mancharse, se ordeña el pito, supone que está a punto de desinflarse, de derramarse, incluso llega a sentir algo de eso, siente que el cuerpo se le cae, se le hace aire, siente que se evapora, que los huesos y la carne se le aflojan para salirse, para licuarse y escaparse por el agujero, espera el golpe del líquido contra el piso, espera terminar arrodillado, temblando un poco, sin fuerzas, como si fuera un héroe o un jugador de fútbol, espera festejar el campeonato anatómico, retuerce un poco la cara sin enterarse, por puro instinto, y sale del trance cuando nota que tiene la mano seca, casi intacta, apenas marcada por la transpiración, acaba de eyacular mudo o acaba de eyacular una sustancia que se funde al contacto con el aire, no sabe, y no sabe tampoco que sus compañeros, que tuvieron que limpiarse los restos con papel higiénico, lo miran como si fuera un fantasma o como si fuera alguien capaz de producir fantasmas, no sabe que sus compañeros, por dentro, están asustados porque piensan que los bebés fantasma se fabrican así, con esperma invisible, y son grandes como para eyacular pero no como para desprenderse de la inquietud que producen los fantasmas, no sabe, arrodillado frente al televisor, buscándose el líquido en la palma, entre las junturas de los dedos, chorreado sobre los pelos de la alfombra, en la cara confusa que dibuja la lluvia del televisor, no sabe, todavía, que un poco se va a quedar ahí, para siempre, arrodillado, y que la sensación de aire, de hacerse aire, de perder la solidez como si lo hirvieran de a poco, lo va a perseguir siempre, y no sabe, todavía, que ese vacío, la mirada de sus compañeros, la cara de Romina cuando se entere, su futuro evaporado, no va a acabar nunca, no se dice, todavía, porque no sabe, pero se va a decir, con esas palabras, con esa métrica, que no va a acabar, no va acabar nunca.

Habría que escribir | Por Leo Montes

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