Poesía | Odio eterno al mundo moderno - El destino se hizo trágico, cómico, liviano. Las letras se ruborizan en elogios cibernéticos, información de aceptación fugaz y pasajera. Las letras se desfondan, se quedan sin palabras que decir. Los poemas son cortos, nulos, si nada ni nadie. El mundo es un odio que se infla hasta reventar.

El destino se hizo trágico, cómico, liviano. Las letras se ruborizan en elogios cibernéticos, información de aceptación fugaz y pasajera. Las letras se desfondan, se quedan sin palabras. Los poemas son cortos, nulos, si nada ni nadie. El mundo es un odio que se infla hasta reventar. 

Por Marcos Mizzi | Ilustración: Francisco Toledo

 

La mañana pinta cortinas
de lluvia en la ventana
y una luz cálida brota de la boca
entreabierta
de una piba mientras hacemos el amor.

Eso es lo más real.

En La Piedad los sepultureros
fuman un tabaco
tras otro,
se quedan mirando la nada
como los indios en las películas de John Ford,
mientras la sudestada sirve de sudario
de las tumbas de los wachos.

Esa es la mayor verdad.

Llego a casa, intento
convertir todo lo anterior en belleza,
y en eso estoy
hasta que el poema me dice:
necesito megustas o moriré,
eso es lo más importante.

A veces dan ganas
de balearse en un rincón.
A veces.

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«Roboto», por Francisco Toledo

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