Los cristales que muestran al mundo han ganado la batalla. Desde su invierno o su alcance han reconfigurado los vínculos con la «realidad», multiplicándolos. Observadores observados, preocupados por mostrarse, atraviesan la cotidianidad en infinitas direcciones casi sin cambiar de silla. Ahora, los paisajes se transforman –otra vez– y mientras las piernas avanzan sobre terrenos conocidos, las [nuevas] tecnologías desatan nuevas estéticas que desafían la intensidad de las sensibilidades.

Por Aníbal Rossi | Ilustración: Emendez

I

El pasado me envía postales

Me recuerdo en casa, no tengo más de diez años y estoy junto a mis hermanos mirando una película en «la pieza del tele». Así le llamábamos a la habitación en la que estaba el televisor, la videocasetera y la CZ Spectrum de teclado de goma negro. No era una pieza para dormir, era una pieza para ver. Mi tío ha venido de visitas por unas horas, trabaja de repartidor de gaseosas de la empresa Coca Cola y en alguna de sus pausas laborales aprovechó para mirar con nosotros una de esas películas de acción que tanto le apasionan. «Alquilé una de tiro’ patada’ y puñete’», nos dijo (como siempre) al llegar e inmediatamente nos reunimos frente a la pantalla y de espaldas a la ventana que estaba debidamente cerrada para que la luz del exterior no perturbase. Los VHS que traía del videoclub El jardín solían ser de sangrientas películas japonesas o de las no menos sangrientas protagonizadas por Steven Seagal en las que el tipo fajaba a todo el mundo sin que se le cayera ni una gota de transpiración. El tiempo de atención que generalmente podía yo dedicarle a esos films nunca sobrepasaba los primeros 15 minutos. Mis hermanos las miraban hasta el final, sin embargo, por más que me esforzaba no las comprendía. Pero esta vez es diferente. La película me atrapa y me quedo a ver…

Lo recuerdo. Han pasado unos veinte minutos y luego de una pantalla en negro y una voz en off me impacta un plano contrapicado apuntando al techo de una especie de laboratorio. Una mano ocupa casi toda la pantalla mientras gira como si ajustara un lente, en simultáneo  se oye una voz diciendo «empieza a rodar». La lluvia en la pantalla interrumpe periódicamente. Luego de la última interrupción un grupo de personas vestidas con guardapolvos blancos hablan entre sí y consigo mismas mientras realizan operaciones sobre el dispositivo de visión (sobre la cámara, digamos) que los hace visibles en primer plano. Luego una mujer con lentes gigantes se acerca y ordena colocar algo encima. Inmediatamente se sobreimprime una cuadrícula verde sobre la imagen inicial y comienzan a verse texto y figuras geométricas que comentan o añaden información a lo que se ve.  La teoría siempre va a la saga de la ficción.

Realidad superpuesta. Collage | Emendez Pintora

Ahí estaba. No me propuse encontrarlo ni mucho menos buscarlo, pero ahí estaba. Mensajes desde un pasado misterioso. Esa escena que se instaló en los intrincados pliegues de mi memoria para saltar a la superficie más de veinte años después se adhería sin pedir permiso a un concepto que en el presente insistía que lo piense: Realidad Aumentada. Eso era lo que me fascinó siendo un niño aquella tarde de finales de los 80: el modo en que Robocop veía el mundo. En las calles de la Detroit distópica de la ficción él perseguía criminales mientras nosotros lo mirábamos cómodamente desde el sofá, sin sospechar siquiera que en la Rosario del 2016 algunos con una visión sucedánea saldrían a la calle, pantalla en mano, a la caza de la ficción mientras otros ajenos paseantes los mirarían con extrañada sospecha cuando no con desprecio.

A veces el pasado me envía postales…

II

Está obsoleto

Hace unos días comprendí que la Realidad Aumentada estaba obsoleta. Fue luego de ver una imagen de una campaña de Unicef en mi timeline de Facebook. «Que la realidad aumentada no nos tape la realidad», decía el texto que acompañaba la publicación en la fanpage de Unicef, en la que se hacía clara alusión a Pokemon Go y tenía cerca de ocho mil trescientas reacciones y había sido compartida en más de veintitrés mil oportunidades (sin contar las múltiples repercusiones en Twitter). Entre los comentarios, que no eran pocos, había opiniones encontradas pero para mi sorpresa ninguna manifestaba la pregunta ¿qué es la realidad aumentada?

«Solo cuando algo está obsoleto –dice McLuhan– la gente está lo suficientemente familiarizada para hacerlo funcionar. La obsolescencia no significa la conclusión, sino el inicio de un proceso […] La gente cree que es el final pero es el inicio».

Si todo estaba allí y no había necesidad de explicar nada era porque la realidad aumentada como concepto se había popularizado. Una idea más o menos oscura de cómo funciona un dispositivo tecnológico estaba ahora instalada en la cabeza de la mayoría, o mejor digamos, en el imaginario social. En algunas ocasiones me he visto enrolado en la desgastante tarea de explicar el funcionamiento de aplicaciones y plataformas de uso minoritario pero a mi juicio muy potentes y de tratar, con muy escaso éxito, que las personas a las que me dirigía las incorporaran a sus hábitos digitales. Durante los años 2008 y 2009, por ejemplo, intentamos junto a otros colegas de la universidad instalar la práctica de lo que por aquel entonces llamábamos tagging o folksonomy. Términos muy en boga según la sesgada percepción de una entusiasta minoría entre la cual nos contábamos pero nuestros alumnos no. Para peor estos términos nos llegaban todos en inglés y traducirlos nos parecía una patriada inútil, incluso cuando los leíamos en castellano, tengo que confesar, hasta nos corría la sensación de que se trataba de otra cosa. Tag se decía así, en staccato y punto, cómo le íbamos a decir etiqueta. Es como si un docente de filosofía se refiriera a Nietzsche llamándolo Federico… no está mal pero no es lo mismo. En lo entreverado de las repetidas erres y la «ch» final que suena como una «sh» está Alemania, uno escucha eso y ya casi que puede verle el bigote prusiano. En cambio si le dice Federico nada de eso pasa. Bueno, nosotros éramos docentes de «nuevas» tecnologías y manejábamos el tagging y la folksonomy. No obstante nuestra obstinación casi militante, los alumnos (en su mayoría, aunque no todos, no me gusta ser derrotista) no nos entendían.

Pero 2010 marcó un punto de inflexión. La ballena azul, como les gusta llamar a Facebook a los melvillianos de la web, ya nos había tragado a todos y lejos de largarnos al tercer día aún nos sigue rumiando (quien lo hubiera dicho… Jonás era un tipo con suerte). Ese año no hizo falta explicar qué era un tag, todos ya lo sabían y no porque se hubieran propuesto aprenderlo sino porque lo ponían cotidianamente en práctica. Tampoco nos debatimos ya entre el castellano o el inglés porque Facebook había resuelto llamarlo etiqueta y a nadie le sonó mal.

Nuevamente aquí una publicidad, «We are chusmas», de la empresa Personal, daba ese año en la tecla de una obsolescencia: enseñar el tagging dejaba ser de vanguardia. En esos microensayos humorísticos y en formato audiovisual se hablaba de etiquetar sin que nadie sintiera la necesidad de explicar nada.

Analogía final: la campaña de Unicef que reclamaba «que la realidad aumentada no nos tape la realidad» es a la Realidad Aumentada, lo que el «We are chusmas» de Personal fue al etiquetado. Facebook movilizó la circulación masiva del primer concepto y Pokemon Go, seis años después, la del segundo.

III

Nudos

DORSAL LUMBAR

En el presente encuentro una verdad: me duele la espalda. Deslizo la yema de los dedos por la parte baja de la columna y toco un nudo. Por un momento se me ocurre publicar una descarga autorreferencial en Facebook para intentar conjurar el aislamiento y que parientes y amigos me lean y pongan me gusta o pregunten qué me pasó, pero finalmente desisto. Está cayendo la tarde y casi no he salido. Las lecturas, los apuntes y este escrito incierto me mantienen engrillado al escritorio con las manos y los ojos sobre las pantallas. Frente a mí destaca una versión de tapa dura de La República, siempre uso ese libro, la mayoría de las veces para apoyar el mouse cuando deja de funcionar sobre la superficie lisa de la madera. Casi nadie ignora una microscópica ficción dentro de ese texto en la que, para entrar en contacto con la verdad, el héroe platónico tiene que desatarse del dispositivo que lo obliga a ver sólo tramposas apariencias. Con dolor, según lo relata Sócrates (el ágrafo), se escapa de la infravivienda del error para salir al encuentro de lo que no cambia, dejando atrás a los otros cohabitantes. ¿Se dan cuenta? Salió al aire libre para encontrar la verdad, no se quedó inmóvil frente al saber como nos enseñaron en la escuela. Aunque con escritura, la de Platón, era una época sin libros.

Actualmente circulan imágenes que ilustran esta escena. En una de ellas se lo puede ver al iniciado filósofo (al que se le asignará un rol político de vital importancia) arribando a un bellísimo paisaje donde hay un sol radiante, el césped tan prolijo que parece un billar, a lo lejos un disimulado despuntar de montañas (como los que se ven llegando a Salta por tierra) y más cerca unos árboles bien podados mientras que, surcando el cielo, se dejan ver unos pájaros en pleno vuelo… ahí quiero estar yo ahora. No me importa si no encuentro ni una sola verdad en ese paraíso si al menos puedo llevarme la reposera, unos mates y despojarme de la que ya cargo de tanto leer y escribir.

Realidad aumentada. Cambio de piel | Emendez Pintora

 

SCRIPTORIUM

Me lo imagino a Caldicio, quien en los albores de la Edad Media trataba a Platón con la prudencia y el respeto que merece, con la misma dolencia dorsal mientras comenta y traduce El Timeo del griego al latín. Si un juguetón Duchamp del tiempo lo arrancara de su escena pretérita para colocarlo a mi lado en este momento, estoy seguro de que no sólo estaríamos de acuerdo en que nuestras dolencias son similares sino también, y mucho menos extrañado que un mingitorio en un museo, comprendería sin dudas la situación que presencia. El mobiliario rodeado de páginas y sobre todo el gesto corporal que se constituye no difieren demasiado de su actividad. Quizás lo desorienten un poco las teclas y la pantalla luminosa de la notebook, pero no le caben dudas de que me encuentro abalanzado sobre páginas en un lugar para para escribir: scriptorium.

Caldicio está a la vanguardia tecnológica, escribe en un formato muy innovador para su época: el Códice. Aún somos profundos deudores de aquel medio que significó una revolución tecnológico cognitiva fenomenal. Representó un desprendimiento radical del texto escrito respecto de su precedente, el papiro. A diferencia de este último cuya materialidad y estrategia de inscripción estaban regidas por la oralidad, es decir, se practicaba una escritura como una oralidad por otros medios, el códice inaugura una nueva metáfora, la de un espacio semiótico visual discreto: la página. Ya no la oralidad enrollada del papiro sino lo escrito como visualidad pura, como cuadro. He ahí el héroe epónimo de la pantalla.

ARTES DIÓPTRICAS

Hay pantallas por todos lados. Siempre a la mano, muchas en las manos y en las paredes, empotradas como cajas fuertes para atesorar el mundo. Hay pantallas en las salas de espera, esos pequeños y predecibles viajes en el tiempo (a veces tengo la sensación de que ya no es posible viajar sino en el tiempo). En los gimnasios frente a las bicicletas fijas, para descentrar la atención de tan servil viaje metabólico, hay pantallas… hasta en los mingitorios las he visto. En los vehículos de toda índole donde cada cristal limítrofe es en sí mismo una pantalla, allí también las hay. Como en la Virgen de la pantalla de Campin: cuadros dentro del cuadro, viajes dentro del viaje.

En ciertas páginas de El lenguaje de los nuevos medios, de Lev Manovich he leído una muy estimulante genealogía de la pantalla basada en tres criterios. Por un lado, cuenta con algunas distinciones respecto del tipo de temporalidad de las imágenes que se muestran: fijas (pasado), en movimiento (pasado presente), en tiempo real (presente) e interactivas. Por otro, se resalta la tensión planteada entre el espacio del espectador y el de la representación. Para finalmente cerrar con un análisis que, tomando como punto de inicio el concepto de artes dióptricas de Roland Barthes, atiende a la relación que dichos encuadres proponen con la corporalidad del espectador o del usuario.

El concepto de pantalla en Barthes es omnicomprensivo, según Manovich, «engloba […] la pintura, el cine, la televisión, el radar y el monitor de ordenador. En cada uno de ellos, la realidad queda cortada por el rectángulo de la pantalla […]. Este acto de dividir la realidad en un signo y en la nada a la vez desdobla al sujeto de la visión, que existe ahora en dos espacios: el físico y familiar de su cuerpo real, y el espacio virtual de una imagen dentro de la pantalla» (156).

El precio que la corporalidad ha pagado (la tuya, la mía… pero en este momento siento que sobre todo la mía) como ya vemos en esta larga tradición de dispositivos de visión ha sido la inmovilidad del cuerpo, su fijación y aprisionamiento frente al aparato de representación.

Para contrarrestar esta deuda adquirida a la cuenta de nuestra condición de sujetos (sujetados) de visión es que me he obligado a interrumpir periódicamente mi escritura para hacer unos ejercicios de estiramiento. El resultado no está nada mal pero no resuelve el problema de fondo. Llevo una vez más las yemas de mis dedos por la zona baja de la espalda y noto que el nudo se redujo notablemente. Tengo puesto ya un calzado deportivo, pero aún falta un último estiramiento, quizás el único indispensable. No es parte de los ejercicios pero me veo obligado a hacerlo si quiero alcanzar y llevar conmigo el smartphone. Finalmente abro la puerta y, al fin, salgo… al fin. Este capítulo parece comenzar a cerrarse.

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