Nuestra compañera se mezcló en la multitud y con su anotador en mano fue recuperando las sensaciones de un acontecimiento increíble. Cientos de mujeres poblaron el Monumento a la Bandera y atacaron las estructuras culturales que las quieren calladas, tranquilas y sin demasiadas preguntas. Se sintieron compañeras y empoderadas. Las reacciones fueron diversas, pero saben que muchos de los ataques que reciben vienen del miedo: del miedo a la mujer sin miedo. 

Por Luciana Ayuste | Fotografía: Brenda Galinac

Cuando llego a mi casa, después de trabajar, tengo dos costumbres que con los años me han acompañado. Abro la puerta y primero vuelan las zapatillas o zapatos, es una suerte de respiro que hago para mí misma. La segunda es (sin necesidad de sacarme la remera) desprenderme el corpiño y sacarlo por una de las mangas de lo que tenga puesto. Esta costumbre no es un respiro, es la libertad más pura y simbólica que encuentro dentro de mi hogar. Esos dos «quitarme de encima» confirman que llegué y que así voy a estar cómoda por un buen rato.

No sé en qué momento específico sentimos, como mujeres, que nuestras tetas deben ocultarse o mantenerse presas del corpiño. Seguramente dentro del ámbito familiar y educativo nos van alertando que nuestro cuerpo va cambiando y que «ya se están notando» abajo de la remera los signos de nuestro crecimiento físico. Nos educan para sentir pudor, vergüenza por nuestra condición de mujer. Hay que taparse, hay que cubrir lo que la sociedad considera impúdico, nuestros pezones. Porque no es la teta en sí lo que perturba a las masas, son los pezones. Cualquier mujer que haya salido alguna vez sin corpiño y por cuestiones climáticas se haya encontrado con su remera marcada por los pezones sabe que algún macho alfa va a notarlo y hacerlo saber. Pero volviendo a la vergüenza, tengo el recuerdo de una situación en la casa de mi mamá. Salí de bañarme, me puse la bombacha pero no el corpiño y fui a la cocina a buscar un vaso con agua. Debe ser que estaba distraída y no escuché que ahí mismo estaba mi papá. Cuando me vio, me asusté, porque no me veía el torso desnudo desde que era chica. Mis manos no daban más para alcanzar a cubrirme, bailaban en mi desesperación. Salí corriendo a vestirme mientras lo insultaba. Mi viejo se sorprendió de la reacción desmedida y me dijo « ¡tanto escándalo! soy tu papá». Mi respuesta fue «sí, pero sos hombre». La vergüenza hizo que mi papá pase a ser un hombre y eso para mí representaba un sujeto que podía lastimarme, que no podía verme desnuda. Nos enseñan a taparnos para defendernos de un otro que puede ser hostil, dañino. Ya no importa la filiación sanguínea, se convirtió en una suerte de enemigo.

Ayer, antes de ir al tetazo, hablábamos con Noe –mi amiga de la vida y de las marchas– sobre lo distinta que iba a ser esta convocatoria. Si bien ya habíamos ido juntas a otras manifestaciones de mujeres, iba a ser la primera en la que muchas iban a mostrar sus tetas. Nos reímos al darnos cuenta de que a raíz del #tetazo íbamos a «conocer» las tetas de muchas amigas y conocidas. Nos resultó llamativo que algo tan común para nosotras (tener tetas) sea algo tan revelador (mostrarlas). Para el hombre no es raro verse o salir en cuero pero para nosotras es chocante porque así nos educaron. Nos formatean para cubrirnos, incluso entre nosotras. A excepción de algunas amigas, pocas se han desvestido en frente mío. Alguna me ha pedido que me vaya o cierre los ojos, como si tapándome los ojos las tetas dejaran de ser tetas.

Cuando llegamos al monumento empezamos a percibir una energía distinta, creo que ninguna sabía qué esperar o cómo reaccionar. Todavía había poca gente y un minúsculo grupo de chicas caminaba en tetas. Por lo general, estaban en un rincón con su agrupación o grupo. A medida que avanzaba la tarde fueron siendo más las que se animaban a mostrarse. Hay que reconocer que la arenga potente y emponderada de Lala Brillos (amiga personal, militante Feminista-Peronista y una de las organizadoras del evento) ayudaba. Micrófono en mano y con las tetas bien puestas, Lala nos interpelaba «Sacate la camiseta del patriarcado», «Acá no están todas las tetas. Libertad a las tetas de Milagro Sala y todas las presas por luchar». Con mucho acierto, recordó a las víctimas por femicidios, a las chicas de Necochea y al innecesario despliegue policial que se hizo en la playa (20 efectivos y 6 patrulleros para censurar tres pares de tetas. Ridículo pero real). También reivindicó la Lucha por el Cáncer de mama; Rocío (una de las poetas convocadas) marcó con su mano una pequeña cicatriz que con orgullo indicó había sido por una cirugía en la que le sacaron un pequeño tumor.

Algunas pintaron sus tetas o se escribieron consignas claras para visibilizar el motivo de su presencia: «mi cuerpo, mi decisión», «libertad», «mis tetas no son delito». De tus pudores nacerán nuestros derechos, pensaba, mientras caminaba y leía los cuerpos que funcionaban como pancartas vivientes.

El centro fuimos nosotras, con o sin corpiño. Hubo mirones que se acercaban e incluso algunos con cámaras digitales en mano. Se detectaban rápido y de esa forma también eran expulsados. Siempre con respeto, nunca con violencia. Lala también ayudaba a espantarlos «¡¿Nunca viste una teta, pajero!?». Se los invitaba a irse a sus casas. El que no ayuda, molesta. El mirón fachistoide que desde el anonimato de una PC agrede, también.

En ese enorme acto de sacarse el corpiño vi la felicidad de mis compañeras. Felicidad que aplaudo de pie y me reconforta. Sacarse de encima la vergüenza, el pudor y el temor a la opinión del otro es muy difícil. No sólo porque como mujeres tenemos la costumbre de «no mostrar» sino también porque nos dijeron que entre nosotras somos crueles. Hay una creencia popular que indica que con ferocidad nos atacamos porque somos arpías y necesitamos criticarnos. Qué poco sabe de nosotras esa sentencia. Durante toda la tarde no escuché ni una crítica sobre el tamaño de las tetas o las marcas en nuestras pieles. Si de algo sirve el #tetazo es para comenzar a sacarnos de arriba ciertas imposiciones patriarcales, ciertos mitos sobre nosotras mismas. Empezamos a cortar cadenas entre nosotras que somos nuestra propia ayuda.

Hubo algunas intervenciones, la que más me movilizó vino de la mano del coletivo No somos basura que cantaba: «Reloj de campana,/ tocame las horas,/ para que despierten las mujeres todas.// Porque si despiertan/ todas las mujeres/ irán recobrando/ sus grandes poderes». El canto era imponente, te envolvía.

Con parcantas, en tetas o a los gritos las mujeres fuimos partícipes de un aquelarre a plena luz del día. En el Monumento a la Bandera y un día de semana. Como expresó un compañero de militancia sindical: «Están hartas de no poder mostrar lo que ellas sienten que no es pudoroso y que, a mi entender, no tiene por qué serlo. Hartas de no poder amamantar en una plaza, de sentirse abrumadas al ir caminando por la calle, de sufrir acosos laborales, de ser ninguneadas. Hartas de ser calladas, violadas, golpeadas. Hartas de la hipocresía y del maltrato…» Al mensaje lo terminó así: «las tetas son pacíficas».

Las bandas que participaron del encuentro también manifestaron sus reclamos tanto con sus canciones como con sus palabras: basta de abuso policial, basta de represión. Que la música también se saque de encima el machismo. Entre banda y banda se recordaron los casos de Cristian Aldana (cantante del Otro Yo) que fue detenido luego de la denuncia de diez mujeres por casos de abuso sexual: «Qué te pasa Rock and Roll que te callás la boca ante la violencia machista. Gracias a Ariel, Felicitas y Charlie, ya no nos callamos más.»

Vanesa Baccelliere, cantante de Girda y Los Del Alba, llamó a movernos con temas de Gilda y el Tetazo de repente se conviertió en una inmensa fiesta, donde pasarla bien era lo principal. Las tetas se movían al ritmo feliz de la cumbia.

Se vivió una libertad distinta. Por primera vez nuestras tetas podían librarse del corpiño, del «qué dirán» y principalmente de ese mandato social que le pone precio a mis tetas sexualizándolas impunemente.

«La teta que molesta es la que no vende»: detrás de esa consigna hay un reclamo justo. Si la teta no es perfecta, si no sale en la tele o no es utilizada para calentar, no sirve y, por lo tanto, hay que taparla. Si los hombres deciden sobre mi cuerpo está bien. Si yo decido sobre mi cuerpo está mal. Hacer topples está bien visto en tanto y en cuanto seas sexualmente famosa y la revista más farandulera te ponga en la tapa mostrando la «figura esbelta» del verano. Si yo, simple trabajadora, decido sacarme el corpiño de la bikini voy a ser censurada, insultada y tratada, paradójicamente, como una «exhibicionista» porque no estoy autorizada, porque mis tetas no venden revistas ni fantasías.

Esas compañeras marcaron un antes y un después con sus cuerpos. Mostrarse es difícil, implica comprometerse con una misma y con una causa específica. Como dijo la compañera Carla Sacani «Esto es un acto político», y como tal, implica un cambio de concepción desde lo político. Mi cuerpo, nuestro cuerpo, es en sí un hecho político. Estamos atravesadas por una sociedad castradora, opresora, machista. No somos dueñas de nosotras mismas porque alguien nos dio el pudor. Nos regaló –y se lo estamos devolviendo– la sexualización de nuestros pechos. El patriarcado nos deja marcas todos los días desde que empezamos a ser conscientes de nuestras diferencias físicas con nuestros compañeros. Las últimas grandes manifestaciones en nuestro país las hicimos las mujeres con reclamos claros. Queremos que dejen de matarnos. Queremos vivir sin miedo. Queremos vivir. Sin embargo y a pesar de que el Estado Nacional hace oídos sordos a nuestros reclamos, nosotras nos seguimos organizando y nos seguiremos movilizando. Para el 8 de Marzo (día de la mujer trabajadora) se está gestando un paro nacional. Continuamos generando debates, revuelos culturales y cada día nos convencemos un poco más de que las calles son nuestras. No es que no tengamos miedo, vivimos en un mundo hostil que siempre busca callarnos, limitarnos y volvernos sumisas. Pero al miedo decidimos enfrentarlo, como podemos, como nos sale, pero lo enfrentamos. Algunas con mayor decisión. Otras con más timidez. Pero todas con la certeza de que así como estamos, no estamos bien.

A muchas todavía les cuesta entender que lo que se busca con este tipo de actos es lograr igualdad de derechos, que como sujetos políticos podamos decidir sobre nosotras. Hay que repreguntarse una y otra vez por qué ofende nuestra desnudez y no la masculina, por qué tengo que aprender a taparme para cuidarme, por qué no le enseñan al hombre a respetarme por mi condición de persona, por qué tengo que avergonzarme de mis tetas, por qué soy yo la que debe «encerrar» sus pechos en un corpiño y no ellos, por qué sigue habiendo una mujer que muere, cada veintiséis horas, a causa de femicidio, en nuestro país. Creo y siento que todo acto político mueve estructuras aunque mínimas. En esas fisuras crecen los debates, las luchas. Lo que hace a la sociedad moverse y evolucionar.

A pesar de la enorme movilización que me provocó estar en el Monumento con mis compañeras, me quedan dando vuelta algunos dichos en contra del Tetazo que hicieron que me pregunte: ¿Acaso es que nos tienen miedo? Las tetas no violan, no matan, no hambrean. Las tetas no insultan, no empobrecen. Ninguna teta jamás en la historia de la humanidad hizo desaparecer treinta mil vidas. Y aunque algunas palabras nos duelan, no importa, la convicción sigue intacta: de a poco algo se va moviendo. Durante todo el evento vi caras y rostros felices. Vi libertad, esa misma que siento yo cuando llego a casa y tiro las zapatillas y el corpiño pero a una escala superlativa. Ojalá todos y todas podamos sentirnos libres aunque sea una vez al día para poder respirar en paz.

Mis compañeras me llenaron de orgullo, siempre lo hacen en realidad. Somos nosotras las que vamos a mover el mundo sin pedirles permiso nunca más, porque cuando una siente que puede y que hay miles que te bancan, es imposible parar. Espero poder seguir creciendo junto a estas mujeres, las conozca o no. De ellas aprendo que la libertad se conquista en la acción cotidiana y en la calle. Me enseñan a desprenderme de mis micromachismos que tantas veces reproduzco sin darme cuenta. Son las que me abrazan con sus torsos desnudos y me obligan a sacarme los prejuicios.

Gracias, entonces, compañeras, por empujarme a escribir, a participar y a debatir. A lo mejor la próxima vez yo también me anime a sacarme el corpiño. Primero tengo que sacar mi propio pudor porque como bien escribió Sonia Tessa: «Cada una arrastra con años de patriarcado con su disciplinamiento de los cuerpos».

Seamos libres y al que no le guste que mire para otro lado.

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