Poesía | Conejo - Lágrimas como sepulturas. Punto final o examen de consciencia que subvierte. Adviene, por si acaso. Es inimaginable e incomprensible. Pero puede perecer, por lo tanto, su existencia es noticia fresca. Caminador del mismo foso, recuerdo de una palabra que se hace deshaciéndose, memorialista, que retrotrae y reasigna. Como homenajes a amigos desconocidos.

Lágrimas como sepulturas. Punto final o examen de consciencia que subvierte. Adviene, por si acaso. Es inimaginable e incomprensible. Pero puede perecer, por lo tanto, su existencia es noticia fresca. Caminador del mismo foso, recuerdo de una palabra que se hace deshaciéndose, memorialista, que retrotrae y reasigna. Como homenajes a amigos desconocidos. 

Por Antonio Montesanto | Ilustración: Gustavo Oliveira

 

A Crimson (mi conejo)

Los ingleses cenan faisanes los días de noviembre,
y es de noche;
en mis ojos sólo hay vino,
pero no importa;
todavía se habla del amor
en el fondo de un plato;
has pasado la servilleta por tu boca,
a lo mejor un postre
a lo mejor un café.
Una vez mi conejo tocó mis piernas,
sólo quería comer;
mi mujer olía la muerte en los acoplados
y se tapaba la nariz;
yo tomo cerveza en los bares,
y la civilización pide cazuelas.
Una vez mi conejo acarició mi carne
y yo sentí ternura;
pero mi lágrima
entonces,
no era más que una lágrima
en una ciudad hambrienta.
Los ingleses comen faisanes,
y en mi barrio se tocan guitarras;
y se habla del amor
y se llena la barriga;
debería haber criado un ternero
donde vivía;
a lo mejor mi mujer hubiese visto los ojos;
y no el humo del sabor
y no el humo;
“ellos no sufren, ellos…
además, hay tantos”;
Pero ¿y los ojos, los ojos?
“No sé loco, aflojá, que la carne está a punto”.
Pero una vez Crimson tocó mis piernas,
me besó con sus labios calientes;
y yo tuve ganas de morder un corazón humano,
y comerme una lengua civilizada;
o cenar la pierna de algún burgués
o lamber la costilla del hombre más puro;
tan sólo una vez,
quise mirar el fondo del tacho de basura;
para aprender a pronunciar, la palabra humanidad,
sin equivocarme;
tan sólo una vez,
quise olvidar los ojos de mi conejo;
que saltaban,
por mi pieza
por la casa
alegres
a veces recuerdo su muerte y la mía,
y aquella pala oxidada,
sepultando su amor;
entonces, me lleno el vaso de cerveza,
y me río.

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