Las mujeres van. Cantan, pueblan las calles, las veredas, los colectivos, las plazas. Llevan los gritos. Marcan la cancha y avanzan. Están a pesar de todo. Están por todas partes, para que el mundo las vea aunque intente cerrar los ojos. El planisferio no miente, la marcha se contagia en todos los continentes. A medida que avanzan se van transformando. La piel deja de ser el límite y las sensaciones se enredan. Consignas, banderas, colores. Todas ellas logran formar un solo cuerpo más grande que el Monumento. Por ellas, tiembla la Matria.

Por Luciana Ayuste | Especial para El Corán y el Termotanque – Fotografía: Agencia Sin Cerco

El martes a la tarde subo al 110. No había mucha gente así que pude elegir asiento. Por cuestiones prácticas elegí uno de los últimos y pude presenciar una clase magistral de Patriarcado. Dos nenes (el menor habrá tenido unos 7 años) sacaban la cabeza por la ventanilla para «chiflarles» o «piropear» a las mujeres que veían. El mayor incentivaba al menor al grito de «Dale, dale, chiflale». No podía dejar de verlos y sentir que la primera escuela del machismo es el hogar. Los padres no les decían nada.

Así siguieron hasta que me bajé y con un nudo en la garganta pensé que perdíamos la batalla. Si dos pibes eran capaces de cosificar de esa forma, ¿qué podríamos esperar de los adultos?

Con esos pensamientos empecé el miércoles, día de la mujer. No podía sacarme de la cabeza a esos dos chicos. Los pensé y creo que los voy a seguir pensando por un buen tiempo.

A las 17:30 habíamos quedado en encontrarnos con las chicas para ir a la marcha. Otra vez me subo al 110 pero esta vez la energía era otra. El colectivo rebalsaba de mujeres de todas las edades.

Marco tarjeta y alguien me chista: «¿Nena, vas a la marcha? ¡Hoy viajamos gratis!», me dice la voz de una señora. Cuando logro encontrarla veo que es una jubilada que lleva puesta una remera con la cara de Milagro Sala y replanteo aquel pensamiento y me digo «A lo mejor no todo está perdido». Le agradezco la información que ya sabía pero que por despiste había olvidado.

Cerca de la plaza San Martín empiezo a escuchar el murmullo de mujeres que de manera organizada o desorganizada empiezan a juntarse. Sigo el sonido de los bombos que siempre me suenan a democracia. Abrazo a mis compañeras mientras hablo con otras por teléfono. Si el clima acompaña hoy va a ser la primera marcha feminista de Esmeralda, hija de una gran amiga, que nació hace poco más de un mes.

Nos acomodamos como podemos entre una marea de mujeres que cantan «Se va a acabar, se va a acabar, se va a acabar, el patriarcado se va a acabar». Nos contagiamos y repetimos el canto. Algunos compañeros también se suman y me alegra que ellos también quieran que la historia cambie. Pienso: «Seguro que alguna vez le chistaron a alguna chica. A lo mejor, esos pibes del colectivo, también puedan dejar de chistar y canten nuestro canto. Ojalá».

Las columnas de mujeres que van caminando son inmensas. Se pide a gritos que no nos maten. Se interpela a los vecinos que miran desde los balcones «Señor, señora no sea indiferente, matan a las mujeres en la cara de la gente». Algunos por vergüenza o culpa entran a sus casas. Otros se quedan mirando y yo deseo que bajen o por lo menos atiendan a nuestras palabras.

Mientras la tarde avanza, me doy cuenta de que vestimos a la ciudad de reclamos y de colores. Somos mujeres, conocemos nuestra realidad. Sabemos que a pesar de ser mayoría, ocupamos en menor cantidad cargos jerárquicos. Sabemos que muchas de nuestras compañeras en algún momento fueron o son acosadas, violentadas, maltratadas o ninguneadas por un sistema patriarcal opresor. Somos las primeras en ser despedidas. Sabemos que al patrón le salimos caras porque podemos embarazarnos y nos lo hacen saber. Ahora entendemos que el trabajo doméstico es trabajo y que en muchas ocasiones hasta es trabajo esclavo.

Ahora empezamos a ser conscientes de nuestros cuerpos y de nuestro rol como seres sociales. Sabemos que cada 18 horas en nuestro país muere una mujer sólo por el hecho de ser mujer  y que al Estado parece no importarle. Un estado represor que intentó recortar 67 millones de pesos asignados al Consejo Nacional de las Mujeres (CNM) y a la implementación del Plan Nacional de Acción para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres (PNA). Semanas después, se revirtió esta decisión por presiones políticas y porque estamos en año electoral (serán fascistas pero no tontos).

Empezamos a hablar de nosotras mismas. Nos damos cuenta de que muchas veces fuimos o somos más machistas que los propios hombres. Entendemos que crecer en un hogar donde mamá cocina, lava y plancha mientras que papá mira la tele, no ayuda a romper moldes. Entendemos que aunque muchas de nosotras podamos cambiar esa situación en nuestras casas, muchas compañeras todavía no pueden hacerlo y que estamos tejiendo una inmensa red de contención para ayudarlas. Avanzamos despacio pero con paso firme y decidido.

A lo largo y a lo ancho de todo el mundo, millones de mujeres copamos las calles. Parece que a pesar de las diferencias históricas y sociales seguimos reclamando igualdad en nuestros salarios, igualdad de oportunidades. Y como siempre tenemos que aclarar que no queremos ser hombres, que lo que queremos es poder gozar de los mismos derechos y condiciones. También queremos tener la libertad y la seguridad de salir a la calle y no ser acosadas ni violentadas por un sujeto que cree que su machismo lo empodera para poder hacer de mi cuerpo lo que él quiera. Queremos (quiero) no tenerle miedo a la soledad de la noche.


Llegando al monumento me doy cuenta de que somos más de las que yo creía. Nos cuesta avanzar entre la multitud y así pierdo a mi grupo. Es sorprendente y cuesta no emocionarse de que seamos una inmensidad de mujeres ocupando ese espacio.

El documento realizado entre organizaciones feministas, sociales, gremiales y políticas comienza a leerse: «El mundo se ha convertido en un lugar hostil: las desigualdades aumentan, la riqueza se concentra en unos pocos poderosos. Los Estados de nuestra América y del mundo se cierran, ajustan y recortan políticas sociales; avanzan sobre los derechos conquistados, persiguen a migrantes y criminalizan a los sectores populares. Y la voz principal que se alza a nivel internacional en contra de todo esto es la de las mujeres. Somos el sujeto político más dinámico, organizado y, fundamentalmente, aglutinador de todos los sectores sociales: padecemos todas las opresiones —de género, raciales, de clase, de orientación sexual— y nos organizamos para luchar en consecuencia.

«En nuestro país, el movimiento de mujeres es vanguardia en lucha, reacción y organización, con el notable ejemplo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que desde la década de los setenta luchan y marchan por la aparición de sus hijos, hijas, nietos y nietas. Y también fuimos las mujeres las impulsoras del primer paro en contra del Gobierno conservador y represor de Macri y la alianza Cambiemos y, en consecuencia, creemos que para seguir enfrentando esta política, necesitamos que las centrales sindicales convoquen a un paro nacional activo contra el ajuste y por nuestros derechos…»

Aunque cuesta seguir el hilo del documento quiero seguir escuchando las voces de mis compañeras. Es imponente y categórico. Cuando termina, voy a reencontrarme con otras amigas. Finalmente, Esmeralda pudo ser parte de este suceso y aunque apenas sea una bebita, ya está marchando, ya está avanzando a una sociedad distinta. Seguramente su historia será muy diferente a la de los nenes del colectivo.

Tal vez en ella podamos sembrar con amor el respeto, la igualdad y la libertad que tanto reclamamos. Tal vez, ella pueda caminar sin miedo y sentirse verdaderamente libre. También espero que el futuro de esos nenes cambie. Quiero creer que en algún momento de su historia alguna maestra o algún maestro va a enseñarles que el piropo es una de las tantas formas de violencia machista que existen. Quiero creer que alguna vez algún adulto va a enseñarles a cuestionar sus privilegios. Quiero creer y quiero seguir contribuyendo desde el lugar que puedo para que los pibes asomen su cabeza por la ventanilla solamente para sentir el viento fresco del otoño que se asoma.

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