Texto e ilustración publicados en nuestra quinta revista.

Por Leonardo Oittana | Ilustración: Ignacio Lázaro

 

Guarda las lágrimas
vida mía
para la prosa.

John Berger.

 

El tiempo ha pasado y algunas veces me pregunto si ella hubiese hecho lo mismo, si no me habría olvidado fácilmente y estaría acá, sentada sobre las baldosas frías, rodeada de mármol, cerca de mí como yo quisiera estar cerca de ella.

Por ella, por Luciana, ciertos días –como hoy, sin ir más lejos– me acuerdo de un libro de Conrad y pienso en el propio Conrad, en su largo nombre escrito en la tumba con tres errores. Luciana me contaba cosas así. Lo de Conrad me lo contó una tarde de verano en el pueblo, un año antes de que todo se volviese negro. Desde ese día me persigue la idea de que mi nombre, en un futuro que ya no me importa si es próximo o lejano, esté mal escrito en la lápida y, peor aún, que los que me visiten no se den cuenta. El de Luciana está bien escrito, sin errores, sin epitafio. No tuvo tiempo para prepararlo, sólo una larga enfermedad puede otorgar ese indeseable privilegio. De tenerlo, no estoy seguro de que elegiría uno. Quizás algún poema, a ella le gustaban mucho los poemas, leía todo el tiempo, en el trabajo, en el colectivo, antes de dormir y muchas veces, para mi absoluta sorpresa, leía cuando apenas se despertaba. En el fondo, si alguna vez pensó en eso estoy seguro de que le debe haber parecido demasiado pretencioso.

Dejar una frase para siempre: Luciana no pensaba en esos términos. Sea como sea, no lo sé. Ahora que lo recuerdo, el caso de Cervantes es parecido al de Conrad. El epitafio de su tumba tiene un error, una e en lugar de una i en el título de la obra de la que se saca la famosa frase «El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida con el deseo que tengo de vivir». Los trabajos de Persiles y Segismunda, en lugar de Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Esto va más allá de que la muerte en sí misma sea un error. Me pregunto qué puede ser peor para un escritor: que su nombre esté mal escrito en la lápida, que el epitafio no contenga esencialmente lo que fue su deseo o que la obra esté mal citada en la propia tumba. Luciana se reiría de lo que estoy pensando. Yo también, si pudiera, me olvidaría de mi risa para observar, como hacía siempre, la suya, tan ancha, tan despreocupada, tan viva, tan llena de todo lo que yo quería.

La imagino incluso riendo en el fondo de la desesperación. Luciana siempre reía. Después con su sonrisa contagiosa me hacía reír también a mí. Como en la foto. El pelo suelto y movido por el viento, largo y rubio, casi le llega a la cintura, las dos manos hacia adelante sostienen la cámara y es como si estuviesen agarrando los bordes, tiene una hermosa camisa azul y un collar gris plata, se ríe y yo me río al lado de ella, apoyo la cabeza en el hombro, con la mano derecha le rodeo la cintura. Una vez leí que hacer reír a alguien, y sobre todo de sí mismo, es una forma sutil y despreocupada del amor. Por eso tengo que reírme, me digo, aunque me sea casi imposible. Pienso en eso mientras dejo la foto a un costado, en el suelo.

 

Hoy, como tantas otras veces, vine ansioso con la intención de poder contarle lo que me pasó en el día. Sin hablar, sólo estando cerca y dejando que –ilusoriamente, lo sé– mis pensamientos se trasladen a ella. Siempre fue así: cuando a alguno de los dos nos sucedía algo curioso o simplemente cómico, lo primero que hacíamos era esperar el momento justo para contarnos la anécdota. Y reírnos (porque tengo que reírme más o al menos reírme un poco, me digo otra vez; Luciana estaría contenta de verme reír, de saber que me río y que algo puedo olvidar con eso). Varias veces salí corriendo del trabajo hasta su casa y ya después nos quedábamos juntos. Por el contrario, en otros momentos retenía la anécdota hasta una caminata nocturna o un viaje largo. Dependía del contenido. Podía ser algo que nos había pasado o algo que leímos o escuchamos. No todos los días había algo para contar, por supuesto. Pero desde hace mucho tiempo no hay mucho para contar, no hay nada. Algunos días, sentado acá en el pasillo, rodeado de mármol y flores y olor a flores, escribo algo en el cuaderno que me regaló, para apagar un poco el silencio o el ruido de las palomas entre los pinos cuando cae la tarde.

Cae la tarde. Hay un viento frío que hela el alma. Hoy me voy a quedar un rato más. Traje el mate y unos papeles. Quería leerle algo, hace bastante que no le regalo algún poema. Le voy a leer un poema, entonces, que yo mismo escribí para ella. Saco la hoja del cuaderno; está arrugada. La miro primero, leo por arriba. No, mejor no. Lo guardo nuevamente en el cuaderno. Mañana será otro día, me digo. El hecho es que no quiero que esté sola, por eso sigo viniendo. Las primeras veces, cuando sentía que el dolor inevitablemente me iba a volver loco, traía el equipo de música pequeño de mi casa y ponía a un volumen bajo las canciones que le gustaban. Aunque el sonido era tan asordinado que prácticamente ni siquiera yo lo podía escuchar, al poco tiempo tenía que apagar la música porque lloraba de desesperación. Me deben mirar como un loco los que no me conocen y me ven por primera vez acá, sentado en un pasillo del cementerio. Los que me conocen, ya saben, lo entienden. La distancia entre la locura y la razón parece ser un asunto de comprensión, diría más: de empatía. No es normal, tampoco es ilógico. Mi familia lo entiende así, y eso me tranquiliza un poco, hace que no me sienta tan extraño. Siempre me interesaron los cementerios, es la verdad, pero nunca pensé ni por casualidad que me iba a pasar tanto tiempo en uno y sin estar muerto. La palabra exacta no es interés, sino más bien algo así como fascinación.

Cuando viajamos a Europa con Luciana una de las primeras cosas que quise hacer es visitar el cementerio de Père-Lachaise, donde está la tumba de Oscar Wilde. No es que me gustaran en particular las tumbas de escritores, era Luciana sobre todo la que leía y en definitiva podía interesarse por esas cosas. Yo no había leído a Oscar Wilde, pero sabía que su tumba ya vista desde una cierta distancia tenía algo que llamaba la atención. Marcas de rouge, por todos lados. No había casi espacios que ocupar. Cuando uno se acercaba veía una multitud de besos superpuestos. Luciana me dijo dos cosas aquella tarde en el Père-Lachaise que se me quedaron profundamente grabadas: la primera, que no eran sólo mujeres las que dejaban esos besos; la segunda, me dijo que los dejaban porque en las novelas de Oscar Wilde hasta el lector más distraído puede dar con la idea recurrente y única de que el amor está condenado a desaparecer tanto como la vida de quienes aman.

Además, Luciana, que me miraba como había hecho los primeros días que nos conocimos, agregó que el mismo Wilde confesó poco antes de morir que nunca encontró el amor verdadero y que lo peor de eso no era que no existiera o que él creyera o estuviese convencido de que no existía, sino justamente que él, Oscar Wilde, no había tenido la sabiduría, la valentía o la suerte de encontrarlo. Le recuerdo esa anécdota a Luciana o, mejor dicho, a la Luciana que mira a cámara y sonríe, le recuerdo la anécdota a la foto que siempre llevo conmigo. Me consuelo en parte, porque yo sí pude encontrar un amor verdadero pese a todo. Hablo a media voz, porque hay otras personas que vinieron a cambiar las flores y el agua en el mismo pasillo donde estoy sentado.

Entra frío por las dos entradas y en un rato me tendré que ir a casa, como todos los días. Durante las primeras semanas tuve intenciones de dormir acá. Suena terrible, pero no lo es: está comprobado que la desesperación puede llevarlo a uno a hacer las cosas que jamás imaginó. ¿Quién es la chica de ahí? Me está hablando una nena, señala con un dedo la foto y rápidamente se acerca un poco más, casi pega la cara a la imagen, me mira y me pregunta quién es la chica de la foto. No debe tener más de siete u ocho años. En un futuro no demasiado lejano podría haber sido nuestra hija. No se parece en nada a Luciana, sólo el cabello. Tiene pelo largo, lacio y de un rubio blanquecino. Me dice nuevamente algo, esta vez no llego a comprender qué me dice. Tengo en la mano la muñeca que me dio. Seguramente son sus padres los que más allá, donde casi termina el pasillo, renuevan las flores marchitas de un jarrón. La miro con ternura y no sé qué decirle. Ella me mira y está como pidiéndome que haga algo con esa muñeca. Yo siento ganas de llorar, pero me contengo. Guardo la foto en el bolsillo del pantalón.

La madre es alta y rubia, como ella. Tiene un ramo de flores violetas en la mano y se las alcanza al marido. Vinimos a visitar a Rocío, dice la nena. La miro. Mi hermana, que está acá, aclara. Me corre un frío por el pecho. No voy a llorar, me digo para mí mismo. No voy a llorar. Luciana la levantaría del suelo y le diría algo para divertirla. Pero Luciana está ahí encerrada y yo estoy solo y no sé hacer jugar a una nena. Mi hermana nos debe extrañar, me dice la nena y sonríe. ¿Me extrañará? Mi mamá dice que nos debe extrañar allá en el cielo, donde de verdad está, me dice. Le devuelvo la muñeca. Contengo una vez más las ganas de llorar, me limpio la voz y le digo: seguramente. Sí, dice ella. ¿Vos qué hacés acá?, me pregunta. Ahora su cara es seria y preocupada. Tiene la muñeca en brazos y la acuna, despacio, sin darse cuenta de lo que hace.

Nunca le pregunté a Luciana si jugaba con las muñecas en su infancia. Parecía siempre tan adulta, que no me lo imagino. ¿Venís a ver a tu hermana, como yo?, me pregunta sin sacar la vista del vaivén lento que hace con las manos. No, le digo. Ella me mira. Sostiene la mirada en mí, como si no me creyera. Tal vez no crea nada de lo que le diga. Y en el fondo no sé qué decirle. Me sirvo un mate. Está helado, como el viento que corre por el pasillo. Sí, le digo, vengo a ver a alguien. Ah, dice ella. Parece olvidarse por completo de mí y enseguida se concentra en su muñeca, en una intimidad repentina le dice unas palabras que no llego a escuchar. Creo que le habla de Rocío o de que debe dormirse. Sus padres están terminando de poner las flores. La madre me mira y yo también. Me sonríe. La saludo con la mano. La nena se concentra otra vez en su muñeca. Hace frío, le digo, deberías ponerte una campera. Se mantiene todavía en esa intimidad de una niña con su muñeca. Sí, responde, siempre hace frío acá cuando venimos.

En más o menos una hora van a cerrar el cementerio para las visitas, como todos los días. Ya Marcelo relevó a Carlos en su puesto. Se queda vigilando en la pequeña casita de la entrada. Le ofrecería a la nena un mate. Con Marcelo siempre tomamos unos amargos. Me hice amigo de él cuando empecé a venir al cementerio. Al día siguiente que murió Luciana tenía tanta desesperación que me vine de noche, estacioné la camioneta en la entrada y Marcelo me salió al encuentro. Tenía cara de asustado; después comprendí que esa cara no reflejaba un miedo, sino una sorpresiva compasión. Nunca se me cruzó la idea de que el cementerio estuviese cerrado, yo vivía como en una niebla espesa, fuera del tiempo, una niebla que sigue, se disipa pero vuelve, y vuelve. Esa noche tomamos mates, cebaba él, yo lloraba y temblaba. Así fueron los primeros meses. Pero después de un tiempo, como todo, uno empieza a acostumbrarse. Primero a la idea, después al hecho. Te das cuenta a la larga de que la vida sigue, fuera de uno. Y eso mismo, que la vida siga como si nada mientras estás sufriendo ese sufrimiento sin palabras, mientras adentro la niebla promete quedarse para siempre; eso te parece injusto e inaceptable al principio pero después es lo que te puede salvar. Sacarte un poco de la niebla, eso puede, como le dije ayer a Marcelo.

Marcelo me contó en una de esas noches que durante mucho tiempo venía un tipo, estacionaba su camión mirando hacia la puerta y encendía las luces. Así se quedaba durante horas. Era repartidor nocturno de leche y su hijo de ocho años se había muerto ahogado en la pileta del club. Qué le iba a decir, me cuenta Marcelo. Lo dejaba estarse ahí estacionado durante horas, con las luces iluminando la entrada y la tumba de su hijo. Nunca se bajó del camión. Nunca intentó entrar. Era la imagen del dolor, decía Marcelo, y agregaba que uno, más tarde o más temprano, se resigna: es así, no queda otra, la vida sigue. Cada vez que lo dice me convenzo más de que aprendió a usar ese latiguillo para poder trabajar en un lugar como este.

La nena me mira y me doy cuenta que quiere decirme algo. Cuánto tiempo hace que me está mirando, me pregunto y no tengo respuesta. La madre le hace una seña. Me vuelve a saludar. También el padre levanta una mano en dirección a mí. Ahí voy, dice la nena, aún observándome. Pienso en que quizás cuando llegue a su casa, mirará el cielo y le hablará a su hermana de mí y de la foto y le contará lo que le pasó en la escuela. Antes de darme la espalda, me da un beso en la mejilla y cuando le estoy diciendo algo, ya ni sé qué, me pide silencio, que hable bajo, que voy a despertar a la muñeca. Nos vemos otro día, le digo. ¿Somos amigos?, me pregunta. Eso quería decirme, seguramente. No se animaba, pero eso quería decirme. Sí, le digo, somos amigos. Sonríe. Parece feliz. Ahora sí me da la espalda y camina. En eso me pongo a pensar en el silencio de estos lugares. Hay días en los cuales el silencio es más profundo. En este momento no tanto, porque cuando cae la tarde las palomas vuelven a sus nidos en los pinos y se sienten los movimientos de las ramas y las hojas. Luego, nuevamente, el silencio.

La nena toma de la mano a su madre. Lleva la muñeca dormida en sus brazos. Tengo que irme, porque van a cerrar el cementerio para las visitas. Ya no queda gente, no hay nadie. Me levanto despacio; siento un calambre en las piernas. Estuve mucho tiempo sentado y las baldosas hacen doler el cuerpo, como el mármol.

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