Poesía | Máquina cementera - las verrugas carcomidas se congelan y queman como el calor ahora son humo los huesos se le cortan las muñecas y las pulseras se van con las manos pero no hay sangre

Texto e ilustraciones publicados en nuestra quinta revista.

Por César Marcos | Ilustración: Pablo Elías (Owl diseños)

 

usted ahí
del otro lado
en su casa, que siente
que le revuelven las tripas
encadenado
le duelen las muñecas, las pulseras
que mira por la ventana
ve a un viejo sentado en el balcón
enfrente
en calzoncillos, a tiempo completo
escucha un grito en la calle que no ve
y un quejido demoníaco
un pibe que pasa por ese abajo
hueco escandaloso, y el viejo
que sí puede ver, no mira
de costado y de espaldas al río
que usted no llega a ver
pero pude intuir
allá atrás donde termina la calle
que tampoco ve
y el viejo no mira
y se sienta en el balcón
a pensar en un río
porque lo sabe ahí cerca
y se perfila para la bocacalle
la simulada ruina
los árboles deshidratados
de pleno enero cementoso
del sarmiento guardián, ese enero
que los parques, que los verdes
el muerto de cansancio
que se tira
y las hojas rezan una misa de trance
que el viento las ayuda
que ese enero
que no le esquiva al viejo
le pega ahí sentado en la pequeña altura
de pajareras con nariz rota
le da un sol de alternancias
mandíbulas que buscan luz, desencajadas
suplicadoras
del fresco o
un grado de lo inmenso
y el viejo ahí sentado
tabasco chamuscado quieto mármol
lo ve y siente el calor del cuerpo
que no siente el viejo
se desespera porque empiezan a arder las pulseras
tira de las cadenas, todo pesado
el río cerca ahora humedad
y lo ve y le brota un sarpullido
punzones rojos calibre en las manos
verdes poneduras sobre los ojos, toda la frente
azules anatemas, todo el esqueleto tomado
manto horrendo de espalda y pecho
y ve al viejo, en calzoncillos, en el balcón
y lo ve quieto y escucha el sofocón de un colectivo
llanta asfalto y siente más calor
el seso crudo que dimana
granos hinchados, ronchones serios
raíz de peste creciéndole
y el viejo ahí sentado, de costado
atrás el río y la humedad
abajo, esa calle que no mira
y usted se para y busca aire
o cielo
o tiempo
va y viene, se moja y es inútil
estalla en un vómito aceitoso
embadurnado sin cara no ve la calle
el hueco
pero sí al viejo
que apenas se mueve, ahí sentado
que no lo observa, se acomoda y sigue
nada
y se desespera porque ahora se prende fuego
o recalienta hasta echar una humareda
es ácido ese musgo espantoso que le salió de la cara
y las manos
las verrugas carcomidas se congelan
y queman como el calor
ahora son humo los huesos
se le cortan las muñecas
y las pulseras se van con las manos
pero no hay sangre
es un seco coágulo inflamado
los poros se estiraron y succionan
y en uno o dos segundos va a estallar de nuevo
corre atormentado
se va derritiendo y no siente el aire
apenas una leve brisita
gira y la busca
está el balcón y el viejo
quieto, en calzoncillos
lo ve y el viejo a usted, no
y otra vez la comezón
el humo
las arcadas
y todo derretido abre
eso que queda de sus brazos
y siente frío
camina
y va dejando manchones de grasa
pedazos de costra cremada
escucha un chillido de frenos
la calle
y ve que el viejo no mira
por fin, busca una silla
la acomoda y se sienta
de espaldas al río.

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