El amanecer del día es, también, el de la voz que grita y se desgarra; esa contemplación clara de las primeras horas es una en el tiempo, una en el paisaje y una en las vísceras soliviantadas. En definitiva, es siempre la misma. Ese destello fugaz y perpetuo, quizás, es el mismo que se condensa en las líneas del texto. 

Por Carolina Diez

Las leyes del mundo no son mis leyes. Bramó y desnudóse con aire apacible. Las voces del pueblo no son mis voces. Gritó y sus manos arrancaron los trapos que le cubrían los pies. Son muchas mis voces también. Murmuró quitándose los harapos de la cintura también. La tierra que pisamos es mi tierra. Subió a la piedra. Los ojos del cosmos nos miran hoy como siempre. Los ojos de los rostros atontados se reclinaron hacia el cielo. Ese cielo es nuestro. Detrás de su cuerpo estalló una luz en multicolores. Adorar al cielo. Adorar a la tierra. Adorarnos a nosotros. Cayó. Espasmos. El telón se cerró. Las palmas de los rostros atontados chocaron multiplicidad de veces a destiempo. Se encendió la luz, todos salieron de vuelta al mundo, ordenadamente, apacibles. Detrás del telón, el actor recogió sus trapos y salió. Llevaba una botella en la mano, la sangre de Dios.
Post anterior

Siguiente post

Apuntes sobre lo autobiográfico