Nuestro cronista se cruzó mano a mano con Rocambole, en una charla de diseño e historia. El padre de la estética ricotera, de la mano que ansía libertad y de cada uno de los discos que seguimos escuchando, habló de su nuevo libro y trazó una línea histórica que va desde La Cofradía de la Flor Solar hasta los tiempos que corren.

Por Ernesto David Sánchez | Especial para El Corán y el Termotanque

Un brazo alzado, un puño cerrado alrededor de una cadena, una silueta quemada por la luz, en medio de la oscuridad absoluta. El esclavo agita la cadena al aire mientras los músculos de su cuello se tensan, casi desgarrándose en pleno grito. Sentimos el calor en sus tendones, la vibración en su estómago y sus ojos. La palabra rebelión en su boca.

Proyectada sobre la pantalla del escenario del bar Nómade, la imagen histórica de Rocambole flota imponente. El salón es un mar de mesas y sillas, donde los comensales aplauden emocionados a Ricardo Cohen, antes de desatar el nudo en la garganta a base de cerveza bien fría. Se vislumbran algunos brazos que tienen el mismo dibujo tatuado en ellos, y no faltan las remeras con estampas ricoteras. «Todavía no puedo creer la repercusión que tiene esta imagen», dice Ricardo, «ya se me fue de las manos. Esta imagen ya no es mía, sino que es de la gente que se la apropió de una forma tan intensa».

De regreso a Oktubre: lo que quedó en el tintero es el título del nuevo libro de  Ricardo Cohen –Rocambole, en el ámbito artístico y Mono, para los amigos–. Es un libro que compila varios de los trabajos de Cohen como diseñador del arte de tapa de los discos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. En este caso, el libro se conforma con todos los trabajos que abarcaron el segundo disco de la banda: Oktubre. Un disco icónico del rock nacional que actualmente cumple 30 años de vida y que fue considerado por la revista Rolling Stone dentro de su lista de los cien mejores discos del Rock Nacional, otorgándole el cuarto puesto.

Como apertura de la presentación, Rocambole se sienta en la mesita del escenario con su botella de agua y su caja de cartón con «curiosidades» al lado. Por debajo de su poblada barba blanca, le dedica una gran sonrisa a los comensales y empieza a dar un recorrido por diferentes trabajos de su carrera, proyectándolos en las pantallas y mezclando la charla informal con una clase muy didáctica sobre la forma en la que un diseñador entiende que las imágenes trabajan en la mente y el corazón de las personas. «Denotado y connotado, acuérdense de eso», repite el Mono, divirtiéndose con este acto de tomar el conocimiento más académico, bajarlo a tierra y hacerlo caminar entre las mesas de un bar de pichincha que rebosan de papas fritas y picadas.

Foto: Diario Registrado

Terminada la exposición, el público aplaude de pie y se acercan al escenario para saludar a Ricardo y para poder chusmear intensamente la mesa en la que se encuentra el nuevo libro, junto con otros trabajos del artista. Una larga fila de personas espera para sacarse fotos con el maestro, quien se toma su tiempo para firmar cada uno los ejemplares.

Terminado el evento y con el bar casi vacío, Rocambole nos brinda un espacio para realizar la entrevista. A pesar de tener encima el cansancio de una jornada muy larga, Ricardo jamás deja de sonreírnos.

¿Cómo surge la idea de hacer el libro que compila los trabajos de Oktubre?

Bueno, uno de los motivos fue que se cumplieron 30 años del segundo disco de Patricio Rey y sus redondos, entonces parecía un buen momento para hacer un homenaje. Pero por otra parte ya habíamos lanzado en el año anterior la primera aventura editorial que fue «Rocambole: Arte, diseño y contracultura», y nos fue muy bien con ese libro. La primera edición se agotó prontamente y la segunda también. Así que, como soplaba viento de cola para hacer situaciones editoriales, vamos para adelante.

La calidad del libro es impresionante. Te dan ganas de tenerlo siempre en la mano.

Eso es algo que cuidamos mucho. Como diseñador, me parece que la mejor forma de lucir mi trabajo es que la calidad, dentro del punto de vista editorial, sea la mejor posible. Hay buen papel, buena «rústica», como se llama en la parte de encuadernación. Y en las imágenes hay una resolución muy fina, cuidando mucho el aspecto colorístico. Estuvimos bastantes horas en la imprenta, trabajando para que los colores se mantuvieran en la densidad buscada. Todo para que no se zafara ninguna situación (se ríe). Eso suele suceder las veces en que se va imprimiendo los productos en grandes cantidades, y empiezan a descalibrarse las máquinas. Justamente como sabemos que pasa eso, estuvimos constantemente vigilando.

Trabajaste en el arte de los discos de muchos artistas, desde Los Redondos, hasta Frank Zappa o Charly. Te deben haber pedido muchas veces que edites algún libro con tu trabajo.

Por lo general, un diseñador tiene un perfil más bajo; se lo conoce por los trabajos, que están en relación con otra cosa. En este caso, a mi me conocían por mi trabajo en relación a lo musical, pero yo siempre dibujé y pinté de la misma manera. Si vas a buscar en mis carpetas, hay trabajos que hice hace muchos años; y vas a ver que mantengo más o menos el mismo estilo, que tiene que ver con la historieta; que tiene que ver con una cosa medio macabra. Lo que pasa es que el hecho de trabajar con Los Redondos hizo que las imágenes se difundieran. Que se catapultaran de una manera realmente impensada.

Pero tu trabajo es parte de la identidad de Los Redondos. En otras bandas, tal vez no se conozcan las tapas de los discos, pero cualquier ricotero te puede decir de qué tapa es cada disco y qué temas tiene.

Bueno, ya desde mucho tiempo atrás de la etapa de Los Redondos, en los grupos con los que yo trabajaba —en este caso, La Cofradía de la Flor Solar–  ya sabíamos que el mensaje iba a ser eminentemente visual. Es decir, lo musical iba a estar unido a lo visual, e iba a contener también un elemento poético. No era que lo visual iba a estar como referente de lo que se hacía musicalmente, no. Cada parte iba a estar ensamblada de tal manera que si se sacaba alguna, el mensaje iba a estar incompleto. No se podría identificar. Entonces, cuando llega la época de Los Redondos, ya teníamos en claro que uno de los soportes más importantes para el mensaje que se quería transmitir, iba a ser lo visual.

¿Y cómo se trabajó eso puntualmente en Oktubre?

Nos reuníamos para hacer un concepto, y después cada cual se iba por su lado para hacer lo que sabía hacer. Muchas veces me preguntan «¿Y qué hacías vos? ¿Escuchabas el disco o ellos te pedían…?». No, no. No había un «ellos» que pedían. Había un trabajo en conjunto, como en una sociedad, para hacer un trabajo en común. Había aportes desde lo visual, desde lo poético y desde lo musical.

Algunas veces he trabajado como ilustrador. Y justamente «ilustrar» es reforzar, con un mensaje visual, algún otro mensaje que ya está hecho de otra manera. Puede ser literario, y entonces vos hacés la tapa o ilustraciones de un libro que ya está escrito. En mi caso, en Los Redondos, yo no ilustraba: yo aportaba. No era que una cosa venía primero y otra después, sino que la parte del mensaje que a mí me tocaba, yo la hacía desde lo visual.

La Cofradía de la Flor Solar empieza siendo un movimiento colectivo de diversos artistas y diversas disciplinas. Después se pasa a Los Redondos, que ya es una banda de música  conformada por algunos de esos artistas y, sobre el final, parece que el proyecto deriva un poco más en figuras  individuales, como Solari por un lado, Skay por otro y Rocambole también por otro. ¿Esto es así, o se puede encontrar todavía una identidad de lo que fue ese primer trabajo grupal y colaborativo?

No, es así como vos decís. Los Redondos fueron una obra colectiva, un movimiento colectivo, y terminaron siendo un unipersonal. Eso es algo que se dio de esa forma. En estos momentos yo suelo trabajar con Skay, pero ya no trabajo de la misma manera que trabajaba con Los Redondos porque esta altura a Skay lo conozco hace tanto tiempo que prácticamente ni necesitamos reunirnos para algo. Yo sé lo que está pensando y él sabe lo que yo le voy a hacer, y es una identificación por una comunicación de años.

Respecto a tu trabajo, creo que se puede percibir una coherencia en la estética de las tapas de Los Redondos a lo largo de su discografía. Tal vez Gulp! sea la tapa que más se sale de la línea. Me hace acordar más a Pollock.

Ah, sí. He utilizado estéticas muy diversas. De hecho, en Oktubre utilizo la estética de los anarquistas de principio de siglo y de la vanguardia rusa. Pero en otro disco –Bang, bang, estás liquidado– utilizo un cuadro de Goya. O sea, me valgo de elementos de la historia del arte; los redimensiono, les agrego, les saco. Quizás esa coherencia que vos decís, esté porque en el concepto hay una unidad, a pesar de que yo siempre intenté utilizar géneros estilísticos muy diversos.

A la hora de nutrir la inspiración, ¿recurrís principalmente a la pintura, o practicás también otras disciplinas artísticas?

No, mi interés profundo es con la imagen, que es en lo que siempre me desenvolví y en lo que desarrollé también una cierta técnica al respecto. No me es ajeno lo musical ni lo literario, pero más bien como consumidor. Me gusta leer, el teatro, la opera, el cine; todas esas cosas me llenan de emoción y de satisfacción. La cultura es una especie de postre que uno tiene; un menú con el que uno puede deleitarse. Menú que han hecho las generaciones de artistas y, de alguna manera, uno accede a eso porque puede, por el conocimiento, porque las encuentra en expresiones de todo tipo. Incluso me pasa con las imágenes. Me considero mucho mejor consumidor de imágenes que realizador, porque leo historietas, miro libros de historia del arte, cuando viajo voy a los museos. Por ahí como productor soy más discreto, pero soy un gran consumidor.

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